“A NUESTRA CULTURA LE SOBRA Y LE FALTA AGRESIVIDAD”

En conversación con Fixiones, Jaime Fernandez Miranda, psicoanalista y escritor, habló sobre las relaciones existentes entre la clínica psicoanalítica con niños y la época en que vivimos. “Lo más preocupante de nuestra época es la forma en que se construye la alteridad. Lo que ha caído no es la relación a la ley sino un modo de relación con el otro”, afirmó. 

 

Por Emiliano Benito Montelongo y Paula Corcoglioniti | Fotos: Melisa Molina

 

“A nuestra cultura le sobra y le falta agresividad al mismo tiempo. Hay un exceso de violencia y al mismo tiempo existe la promoción constante a lazos sin ningún tipo de conflictividad, sin ningún tipo de tensión agresiva”. Con esta paradoja, el psicoanalista y escritor Jaime Fernández Miranda reflexiona sobre la sociedad actual. Además de las lecturas sobre psicoanálisis y filosofía, Fernández Miranda encuentra en la clínica con niñxs un espacio a partir del cual se pueden advertir síntomas de la cultura actual. “Sin excedernos, sin edipizar, falicizar, sin traspolar conceptos que pertenecen al campo de nuestra clínica hacia el campo sociológico, nosotros leemos la cultura”, sostiene. En conversación con Fixiones, el psicoanalista abordó la cuestión del método para pensar qué nos enseña la clínica sobre la cultura y cuáles son los modos de padecimiento y de relación al otro que hoy se presentan. Para él los excesos de agresividad en algunos aspectos y su falta en otros es parte de un “narcisismo hipertrófico”, dado que “se propone un lazo donde nada del otro nos afecte ni nos genere tensión”.

 

–¿Qué nos trasmiten los niños en la clínica sobre esta época?

En El malestar en la cultura Freud propone un método para leer la cultura a través del malestar que se produce en una época. Recurre al amor universal de la moral cristiana para poder pensar la forma en que los sujetos se las arreglan con la agresividad. En este texto centra el malestar en la culpabilidad. En cambio, en la actualidad la culpabilidad prácticamente no aparece o aparece de un modo muy débil, sobre todo en estos niños contemporáneos tan inquietantes que se abocan a desbordes de agresividad y crueldad con otros niños. El método, y eso es lo interesante, es ver cómo lo que nosotros recibimos en el consultorio es un modo de malestar ligado a una época. La lectura de la cultura que podemos aportar es precisamente desde ahí. Sin excedernos, sin edipizar, falicizar, sin traspolar conceptos que pertenecen al campo de nuestra clínica hacia el campo sociológico, nosotros leemos la cultura. Estoy de acuerdo con Lacan cuando afirma que es imposible no pensar la época cuando pensamos la clínica, cuando escuchamos.

 

–Muchos analistas hablan de una época donde la ley estaría ausente. ¿Qué pensás al respecto?

Sería interesante plantear como pregunta si hay una caída de la ley o si hay otro tipo de legalidades culturales. Hemos gastado el concepto de neoliberalismo sin interrogarlo demasiado. Foucault en El nacimiento de la biopolítica plantea que el neoliberalismo introduce la noción de capital humano: cada uno es su propio capital, que tiene que cuidar, alimentar, engrandecer para poder explotarlo al máximo en la vida social. Esto introduce una forma diferente de legalidad, que no es restrictiva. Introduce un sistema de ideales muy fuerte: cada uno está librado a sí mismo. Esto es lo que se ha llamado meritocracia, éxito profesional, éxito de pareja, hasta la salud física depende de nosotros; si nos enfermamos es porque no nos hemos cuidado. En el consultorio me encuentro toda una legalidad distinta a la que describía Freud en El malestar en la cultura, hay niños sin sentimientos de culpa pero con sentimientos de insuficiencia narcisista. Es otra legalidad, porque no es que pueden hacer lo que quieren, sino que no pueden fallar ni fracasar. Como sostiene Michel Houellebecq en El mundo como supermercado, el Superyó actual es mucho más férreo y más duro que el Superyó anterior. Me parece interesante pensar que estamos todos al borde de un fracaso que nos empuja a una debacle o a un colapso narcisista insoportable, que estamos sosteniéndonos en una hipertrofia que tiene que poder todo sin fallar. Eso lo que produce es un aumento de la crueldad y de la agresividad. En este punto lo más preocupante de nuestra época es la forma en que se construye la alteridad. Lo que ha caído no es la relación a la ley sino un modo de relación con el otro. 

 

–¿Cómo pensás lo paradójico de la agresividad, que puede ser subjetivante o conllevar una dimensión destructiva? 

La sensación que tengo es que a nuestra cultura le sobra y le falta agresividad al mismo tiempo. Hay un exceso de violencia y al mismo tiempo existe la promoción constante a lazos sin ningún tipo de conflictividad, sin ningún tipo de tensión agresiva. Es parte de este narcisismo hipertrófico, porque se propone un lazo donde nada del otro nos afecte ni nos genere tensión. Y a la vez, es muy difícil pensar un lazo de amor que en algún punto no duela, que no temamos la pérdida, que no produzca un desencuentro donde se genere tensión.

 

 

–¿Cómo aparece ésto en la clínica con niños?

En el trabajo con niños se observa que a los padres les cuesta mucho generar un conflicto con sus hijos, por eso les cuesta mucho transmitir legalidades restrictivas. Pareciera que generar una conflictividad y una tensión agresiva entre el hijo y el padre, exponerse al enojo del hijo, les resulta muy angustiante. En el fondo, nuestra cultura promueve lazos de identidad o de indiferencia absoluta porque si no hay tensión entre vos y yo es porque tenemos una ilusión de que somos idénticos o porque en realidad me importa un carajo lo que vos hagas. No hay vuelta. Uno ve un exceso de una agresividad mortífera que arrasa con el cuerpo del otro, que desea la destrucción, la destitución de su cuerpo, pero al mismo tiempo se despoja a los lazos amorosos de esa cuota mínima de tensión agresiva que permite sostener el lazo sin someterse al otro. En el consultorio nos encontramos con los quilomberos del curso, quienes despliegan un nivel de crueldad sin un atisbo de sentimiento de culpa, sin ningún dilema respecto al despliegue destructivo que presentan, lo cual hace muy difícil el trabajo. Al mismo tiempo, nos encontramos con otros chicos que tienen una inhibición absoluta de la agresividad y que no se pueden defender ni habitar el lazo, entonces son siempre objeto de sometimiento; son chicos que quedan muy solos y la pasan muy mal. Por eso nos debemos una discusión seria sobre el odio y la agresividad. No podemos demonizar más al odio ni a la agresividad, por lo menos los psicoanalistas. Hay cierta línea de la agresividad que tiende a la anulación y destrucción del otro, y otra que tiende a sostener el lazo porque introduce esa mínima tensión diferenciante que nos permite estar en lazo con otros sin someternos; por eso el reconocimiento del otro es el límite. 

 

–¿Cómo se relaciona esto con los nuevos modos de jugar?

En la actualidad aparece un nuevo fenómeno: niños que ven vídeos de otros niños jugando. El video es absolutamente pasivizante. En lugar de jugar Minecraft miran a alguien jugar Minecraft. Anne Dufourmantelle escribió un libro llamado Elogio del riesgo porque la gran cuestión está en el riesgo. En cambio, cuando juega el otro, arriesga el otro. ¿Cuántos pibes se frustran porque no les sale el dibujo exactamente igual?, ¿cuántos pibes esperan que el otro resuelva para no exponerse? Para no exponer el error y que algo no salga como uno quiera. Es más sencillo ver jugar a otro, más si el otro juega muy bien, que ponerte a jugar vos, que la cosa no te salga. Todo juego supone un riesgo, supone encontrarse con lo imprevisto. Más los juegos virtuales que son games, juegos reglados donde se gana o se pierde. Hay un riesgo donde vos podés perder, donde la cosa no va a salir como vos querés. Creo que hay algo que tiene que ver con el riesgo y con que perder resulta cada vez más insoportable. Es cada vez más de vida o muerte. Cuando la cuestión ficcional cae, cuando queda completamente afuera, algunos chicos se ponen muy mal si pierden, la cuestión lúdica cae. En el fondo es ser arrasado por otro o arrasar al otro, se juega una cuestión mucho más real. Entre derrotar y arrasar o ser derrotado y arrasado no hay mucha diferencia. Eso hace cada vez más difícil jugar. Es mucho más fácil ver cómo otro se equivoca, de última nos reímos. Desde el Fort-Da freudiano, la técnica de juego kleiniana y el playing winnicottiano, lo que planteo en otro texto es que en realidad nosotros subestimamos los juegos reglados, el game. En inglés hay dos términos: play y game. El game son los juegos reglados donde se trata de ganar o perder. Nosotros no le dimos bola a eso y vos sabés que cuando viene un pibe de ocho o nueve años ya no juega más con soldaditos ni muñequitos, ya no juega más al play, te va a proponer jugar a las cartas, te va a proponer jugar al jenga, a un juego reglado de ganar o perder.  Nosotros no podemos más descuidar una teorización sobre eso. Pablo Peusner, alguien que yo quiero mucho, es uno de los pocos a quienes he escuchado dar conferencias sobre los juegos reglados.

 

–¿Cómo pensás la posición del analista ahí?

A  veces restaurar el carácter ficcional del juego es importante. Pero al decirle a un pibe “esto es sólo un juego”, él te puede preguntar por qué alguien lloraba cuando Argentina perdía, si era sólo un juego, y tendría razón. No creo que pase por minimizar el fondo pasional que existe en los juegos, sino poder pensar por qué alguien siente que si pierde algo, lo pierde todo. Eso me parece interesante. Cómo es que si yo pierdo un partido, siento que mi narcisismo está arrasado. Me parece que hay una relación con la ley y las legalidades. Hay chicos que hacen trampa, es decir que están transgrediendo una legalidad que reconocen, y hay chicos a los que no les importa la legalidad y a mitad de un juego te dicen “ahora se puede hacer esto porque a mí me conviene”. Eso es otra cosa, querer apropiarse de la ley como amo para ser quien la dicta a su favor. La versión de un tirano no es la misma que la de quien quiere transgredir y hacer trampa, porque la trampa supone un reconocimiento de la ley como universal, la tiranía no. Yo interpreto, puedo decir que no está haciendo trampa sino que quiere que la ley sea para él, ser el amo de las normas y así no se puede jugar con otro, así se va a quedar solo. Son niños que les cuesta mucho socializar porque les cuesta mucho aceptar el límite que impone una legalidad compartida. Eso en los games se juega mucho. También el despliegue de la agresividad, con pibes que son muy crueles cuando ganan.

 

–¿Qué otras posturas se podrían tomar?

Otra cuestión para tener en cuenta es que hay ciertos momentos donde uno deja ganar a los chicos porque con un chico con un narcisismo muy férreo, una agresividad muy grande, que no puede perder, el analista no puede arrasar jugando porque lo va a angustiar y a exponer demasiado, pero un tiempo después le podés ganar y trabajar lo que le produzca perder. Otra cosa que planteo siempre es que los juegos reglados funcionan como diván en el análisis de niños, porque el niño está jugando a las cartas, no está hablando con vos, entonces se suelta, es como algo que distrae la mirada, distrae ese choque. Un niño que no agarra la caja, si se pone a hablar cara a cara con vos, le resulta bastante insoportable. Creo que los juegos reglados en una sesión a veces funcionan como diván, que a veces no importa lo que sucede en el juego, el chico está muy desapasionadamente jugando pero está distrayendo al Yo para que otra cosa tenga lugar. Eso es super interesante, yo siempre tengo las cartas ahí. Nos ponemos a jugar al chin chon y te das cuenta que no le importa pero se está distrayendo la mirada, haciendo como que estamos haciendo otra cosa y entonces te empiezan a contar. Uno hace las pausas en el juego y después, seguimos jugando, le tirás alguna interpretación y después le cantás truco, manteniendo esa ficción de distraer algo para que otra cosa emerja. Los chicos conscientemente se prestan a eso. Es muy importante el juego reglado en la sesión y es muy importante que los analistas empecemos a pensar en alguna teoría y alguna clínica ligada al juego reglado.

 

 

–En tus trabajos hacés referencia a la dominancia autista. ¿Cómo pensás esta categoría nosográfica?

El gran problema es el trastorno del espectro autista, eso rearma todas las coordenadas. A mí me resulta problemático cuando los analistas hablamos de trastorno del espectro autista porque es una categoría a combatir, no a reafirmar. Nosotros tenemos que poder plantear otra dimensión del autismo. No podemos situar, por ejemplo, en una misma categoría diagnóstica a chicos que hablan y a chicos que no hablan. Hay que reintroducir la dimensión de psicosis infantil para reorientar la clínica en función de otras variables. No es la misma clínica cuando un niño juega, que cuando tiene una relación autosensible con los objetos, es decir que usa los objetos sólo para producir sensaciones en la periferia del cuerpo para sentir que existe en ese lugar sensible. El diagnóstico de autismo terminó produciendo autismo, esto es lo que planteo en mi último libro sobre autismo. No nombra, produce algo. Genera desconexión en los padres. 

 

–¿Cómo pensás la relación entre los padres y los niñxs con la dominancia autística? 

Los padres necesitan un diagnóstico porque el hijo se les vuelve un extraño, lo dejan de comprender o no lo comprendieron nunca, porque el autismo pasa precisamente por ahí, por esa desconexión. Fijate que en los chicos a dominancia autística, inclusive muy chiquitos, no hay teoría de los padres sobre el hijo, no hay esa significación delirante que tenemos los padres sobre nuestros hijos, que son todo un conjunto de significaciones donde atrapamos a nuestro niño y lo humanizamos. El diagnóstico les permite tener una lectura de ese hijo, buscan a alguien que les diga qué le pasa a ese pibe porque ellos no lo entienden, por qué no se puede dormir o por qué no les responde. En lugar de sancionar, que es lo que solemos hacer los analistas, hay que llevarlos a hacerse una pregunta sobre lo que no entienden de su hijo y poder empezar a tejer una red de significaciones alienantes pero constitutivas para los niños. Y, por otro lado, también es cierto que esto les permite hacer lazos con otros padres. Una vez fuimos a dar una charla en Colón, provincia de Buenos Aires. Había muchísima convocatoria, me habían invitado a mí y a otra colega salteña que había trabajado cuestiones de crianza con los wichis. Contó sobre los asuntos de crianza en esa comunidad, y dijo que no hay autismo. Lo que ella trabaja no es sólo sobre una habilidad y una disposición psíquica del adulto hacia el niño sino la crianza colectiva. El año pasado en el Forum de Infancias en Rosario mencioné esto al pasar y se acercó una mujer salteña para comentarme que la crianza allá es colectiva, que las mujeres y los hombres no están solos en la crianza. A veces me pregunto si estas organizaciones de “padres TEA” no serán una forma en el fondo de hacer lazo con otros padres para sentirse menos solos frente a un hijo que se les vuelve un desconocido. A veces los padres necesitan hacer lazos con otros padres para poder leer algo de su propio hijo y tener algunas coordenadas generales, tener algún saber sobre su hijo. Una pregunta para pensar puede ser si hay algo de este exceso de diagnóstico de autismo que responde a algo de lo solitario en la crianza. Se supone que hay algo del investimiento amoroso de estos padres que no está y esto es muy moralizante, a veces los padres aman mucho a sus hijos y lo que pasa es que no se han podido conectar nunca, no quiere decir que no lo amen. Es muy desgarrador. Me pregunto también si estos padres que buscan hacer lazo a través del diagnóstico, no buscan en el fondo eso, leer a los niños con otros, pensar a sus hijos con otros, a través del estigma del autismo.

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