jueves 22 febrero, 2024

“EL POEMA ES UN LUGAR DE DISPUTA”

En una nueva edición de la Feria de Editores –la ya emblemática FED, con un día más que el año pasado y un récord 22 mil visitantes–, Fixiones indagó en el protagonismo de la poesía. Editores, autores y autoras reflexionaron sobre el universo de la escritura en verso y la escena poética de Argentina.

 

Por Vek y Malena Costamagna Demare l Fotos: Lucas Rodrigues Da Cruz @lks_dng

 

“En el universo poético, cualquier imagen es posible”, dice la poeta Luciana Holograma. Un recorrido por el mal llamado hermano menor de la literatura es algo así como un viaje sin destino, pero alucinante. Algo de esa naturaleza esquiva hace que las grandes editoriales se enfoquen en la solidez de la narrativa. En la Feria de Editores es distinto y por los pasillos del Complejo Art Media se avanza lento. El gran caudal lector asiste a la Feria sabiendo que en sus mesas chicas va a poder encontrar lo que difícilmente entra en las grandes. Parte de esa búsqueda tiene que ver con la poesía. Las editoriales que apuestan por la dicha y la desdicha poética son las locales, medianas, las llamadas independientes o, como dice Marcos Gras de Santos Locos Poesía, “interdependientes”. El paseo es esperanzador. Es irónico que la poesía esté vista como menor cuando tiene la capacidad de contener al mundo como a una luciérnaga en un frasco diminuto. 

 

El incio de una apuesta

En los años noventa casi no había internet. La poesía en Buenos Aires transcurría en espacios que hoy parecen artesanales, lejanos. Marcos Gras, editor de Santos Locos Poesía, le cuenta a Fixiones que en esa época era solamente poeta, escuchaba The Cure en una compactera y organizaba un ciclo que se llamaba “Más poesía, menos policía” junto a Nicolás Castro. “Ahí leyó Mariano Blatt”, comenta Gras con una mueca mientras levanta la mano y señala el stand de Blatt y Ríos. Era difícil encontrar pares, no había ciclos multitudinarios y la poesía se movía en libros, fanzines, o directamente no circulaba. “Nací en abril del 76, soy hijo de exiliados. Pertenezco a una generación que está totalmente politizada y la personalidad de los editores siempre se filtra en su catálogo”, dice Gras. 

 

En algún lugar del país se gestaban los poetas que treinta años después llenan las mesas de estas editoriales. Pablo Gabo Moreno, editor de Caleta Olivia, los enumera: Marina Mariasch, Daniel Duran, Ricardo Strafacce, Sergio Bizzio, Fabián Casas. Gabo levanta los títulos de quienes en los noventa frecuentaban los mismos círculos, cocinados al calor de la democracia reciente. A la pregunta de cómo nació Santos Locos, Gras responde riendo: “del fracaso personal”. El rechazo de las grandes casas editoras, un intento repetido una y otra vez de publicar y nunca llegar a hacerlo. 

Marcos Gras, editor de Santos Locos Poesía. Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz

La editorial de los locos y la que lleva el nombre de aquel lugar en Santa Cruz donde nació su editor brotaron de la ausencia. El espacio vacío y la necesidad de los poetas devenidos editores de publicar voces nuevas. Al editor de Caleta Olivia le pasó lo mismo, su editorial nació “para tapar un hueco, buscar un lugar para poder expresarse, cubrir una ausencia”. En la editorial que tiene un caballo galopando en todos sus títulos, también. Carbonell quería leer lo que le interesaba: “había un hueco donde esas voces no aparecían”. Tres décadas después, la Feria de Editores aparece como la cristalización de una generación que no tenía donde reunirse, hasta que lo encontró. Y más que encontrarlo, lo construyó. 

 

A diferencia de la famosa “poesía de los noventa”, la poética cordobesa se formó en una amalgama de corrientes. “Era otra cabeza, otras letras, otras lecturas. No son posteriores a los noventa, no son clásicos, no son líricos, son otra cosa”, dice con voz paciente Alejo Carbonell, editor de Caballo Negro. Alejandro Smith y Vicente Luy son formas de acercarse a la poesía que hoy se encuentran en Luciana Holograma, Elena Anníbali o Flor López, autoras de su catálogo. Gabo agrega algo que está en boca de todos, “siempre es difícil encontrar una editorial. Argentina sufre un problema muy grande que es el costo del papel, cada vez es más difícil que surjan estos proyectos”. El hecho es que todos estos editores fueron los propios fundadores de sus editoriales. Caleta Olivia empezó con dos títulos con el deseo de publicar a sus amigos, y ahora tiene 180. Caballo Negro actualmente ronda el centenar y Santos Locos Poesía, la mitad. 

“Nací en abril del 76, soy hijo de exiliados. Pertenezco a una generación que está totalmente politizada y la personalidad de los editores siempre se filtra en el catálogo” [Marcos Gras]

La mirada de las poetas

Malena Saito escribe desde la adolescencia. Antes de publicar Amiga en Santos Locos Poesía, Saito se deslizaba, como cualquiera que creció montada en la ola digital, compartiendo poesía en blogs y, en su caso, “Retratos de gente inconexa” en un foro escolar. Al principio se abocó a la organización de ciclos de poesía y apostó al mano en mano con el reparto de fanzines. No era importante en ese momento el mundo de las editoriales o aquel universo más “formal” de publicación. 

 

Algunos años antes, otra joven poeta se asomaba en Santa Cruz. Luciana Holograma se mudó a la ciudad de Córdoba a los dieciocho años y ya nunca se movió. En ese epicentro universitario hay un foco con una potencia enorme, un punto en el que se condensan voces de provincias del norte y del sur reunidas en torno a la universidad. El fanzine fue la forma que encontró para autopublicar su deseo que aún después de ser editada por Caballo Negro, sigue recurriendo a la primera forma de su palabra impresa por las mismas razones.

"Amiga", de Malena Saito publicado por Santos Locos Poesía. Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz

Un libro hecho con fotocopias, una flor pegada y la marca de las manos. Los fanzines han estado siempre vinculados a la poesía, por la necesidad de la palabra de salir de la boca y volcarse en un lugar para que otros lo sostengan. También fue la manera que encontraron, desde los punks de los setenta hasta los rockeros de los noventa, de hacer circular sus ideas y sus letras sin muchos recursos. DIY, do it yourself. Fue esta la primera casa de Holograma: “A mi el fanzine siempre me ha resultado un lugar muy ameno, cómodo, porque siento que nace de lo íntimo y va hacia lo colectivo. Es maravilloso. En lo íntimo hay un espacio de libertad donde no hay intermediarios y eso te facilita, o al menos a mí, un lugar de expresión que es muy lindo. Eso sí lo romantizo”.

 

El libro antes de ser libro es idea como el poema antes de ser poema es sentimiento, sensación. Saito y Holograma llegaron a publicar en editoriales de formas distintas. Pero al mismo tiempo son parte de una generación de poetas que transitaron el mundo de la poesía desde la autogestión en ciclos de poesía y las diversas maneras de circulación del texto poético. Un poema no solo se lee, también se escucha, se siente. “Uno escribe para poder ser leído o comunicado por otrxs. Ahí la pregunta sería publicar cómo y dónde”, dice Saito. Holograma también se lo pregunta. Para ella, el libro y el fanzine no son excluyentes, “son dos formas que adopta la cultura impresa y responden a intenciones distintas”. 

 

Cuando tenía veinte años, Saito conoció a Clara Inés y Fernando Baroli, poetas que la invitarían a formar parte de un proyecto editorial que estaba asomando la cabeza. Elemento Disruptivo fue el nombre que adoptó el espacio que hoy tiene un lugar en la FED. Pero el proceso de pensar el libro fue un camino mucho más largo. En un poemario hay un hilo que se traza entre los poemas, una idea, una trama que les da sentido. “Pienso la obra como la historia que arma un libro. Es una búsqueda propia, una pregunta”, reflexiona Saito. A veces esa idea está de antemano, otras se trabaja en la relación autorx-editorx; el vínculo que sostiene a los libros antes de ser y les da otra vida a fuerza de cuidado y tiempo.

Editorial Caballo Negro. Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz
Instrucciones para encontrar el brillo

De camino a la FED, Gabo mira la pantalla de su celular. En su casilla hay ocho manuscritos de poetas que quieren tener un lugar en su mesa. Caleta Olivia recibe por año cerca de setecientos, publica ocho. A Santos Locos le llegan seiscientos. “Leo todo”, se jacta Gras. Publica de diez a doce en un buen año. “Nos pasa por encima la cantidad que hay para leer. Pero el fundamento nunca es el mismo para elegir un libro”, dice Carbonell. 

 

Los editores no saben lo que buscan en la poesía hasta que lo encuentran. Un poeta conocido le dijo a Gabo, “la poesía es cuando querés escribir algo y se te escapa”. Captar el secreto del hit –golpe y canción–, es similar a intentar agarrar un pez con las manos que se resbala y serpentea libre y majestuoso. Sacar las manos del agua y sentirlas empañadas de una sustancia brillante que te acompaña el resto del día. El momento pasa, pero no te olvidás de la criatura que sostuviste ni de cómo se sintió que se te escurra por la yema de los dedos. O no. Leer un poema también es ponerle nombre a una ausencia que pesa como un bloque de hierro. “A veces leo cosas que no me despiertan ese click, no tengo una palabra para explicarlo. Es la sensación de llegar a la última línea y detenerte diez segundos para decir: ah, qué bien que estuvo”, ilustra Gras. El poema es un golpe, después “miras todo y todo brilla”.

 

Para Gabo hay una búsqueda de representación, de decir lo que al otro le pasa y nunca se dió cuenta hasta que lo leyó. “Busco ese no-sé-qué”, dice Gras, que tiene un método para diseminar el ruido. “A los diez poemas me doy cuenta si me gusta o no”, confiesa. Si alguno de esos poemas le gusta, lee diez o doce más. Sino, salpica el manuscrito y si en esos saltos nada le llama la atención, lo descarta. Gruñe un poco cuando cuenta los poetas que se le escapan y después lee publicados por otras editoriales. No es magia, pero tiene un poco que ver con el azar, piensa Carbonell. Es muy difícil determinar el éxito de un título, su devenir es errante.

Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz

La escritura del secreto es parecida al proceso que hacen los editores para identificarlo. En parte es inexplicable, en otra no. La poesía para Holograma es del orden de lo maravilloso. Escribe todos los días como una práctica que la ayuda a transitar mejor por la vida y, como los editores, desecha la mayoría y se queda con las puntas. “En el universo poético cualquier imagen es posible. Una columna inmensa de sonido que se vuelve agua. Todo puede suceder, todas las metáforas imposibles que vos quieras. Eso es maravilloso”, desliza la poeta cordobesa. 

 

Del otro lado de la maravilla está la lucha con lo efímero. Lo más difícil para Saito es encontrar lo que una quiere decir y no quedarse en la expresión momentánea de un sentimiento pasajero. “No ser impresionista”, advierte. Rendirse a la demora que exige el poema en un mundo vertiginoso no es fácil.  “Los tiempos de la escritura no son los tiempos del mundo”, reflexiona Holograma y recuerda algo que aprendió durante su época de taller con Luciano Lamberti: tenes que acomodar tu vida para poder escribir. Y es cierto que eso no es fácil.

“El poema es siempre un lugar de disputa. Los sentidos implicados en la poesía están en una tensión que quizás hoy está atravesada por la tecnología y el papel de los medios digitales”  [Luciana Holograma]

“En nuestra generación hay algo de quedarse en el lugar del dolor”  [Malena Saito]

Un pez que escapa a la pantalla

“El lector de poesía es silencioso”, dice el editor de Caballo Negro, como si eso lo hubiera pensado mucho antes. “Piensa mucho lo que lee, vuelve al libro. Ahora con las redes eso cambió muchísimo. La exposición de lo que uno hace en su vida privada creció y con eso también la poesía”, agrega. Poetas y editores no logran acuerdo: ¿qué sucede con los peces cuando saltan del agua y entran sin ruido a la pantalla? 

 

“Es cierto que el poema puede vivir fuera del libro”, dice Holograma. La idea es de Gras, que habla de esa potencia poética como “una unidad en sí misma. Lo saco, lo panfleteo, lo instagrameo, se lo doy a un amigo y el poema existe y funciona más allá del autor. Si tiene algo para decir no necesita el libro. Eso no pasa con la narrativa ni con el ensayo”. 

 

En una visión reveladora, Holograma advierte que no hay que idealizar el presente y devuelve la guerra suave sobre la que se deslizan estas palabras: “El poema es siempre un lugar de disputa. Los sentidos implicados en la poesía están en una tensión que quizás hoy está atravesada por la tecnología y el papel de los medios digitales. En los setenta tenía que ver con lo político, en los ochenta con las identidades, pienso. Hay disputa simbólica en el poema, sí, pero no solo en la poesía”.

Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz

La poeta cordobesa reniega un poco cuando sus alumnos le dicen que sus poemas son largos: “noto una tendencia al poema cortito. Tenemos esta cuestión de los quince segundos de atención. Alguien escribe tres carillas y te parece larguísimo aunque en la historia de la poesía no lo es. Pienso, ¿nunca leyeron a Ginsberg?”. 

 

La respuesta de Saito va por otro lado. “Lo que uno encuentra en las redes produce pensamiento”. Para ella no es el espacio lo que es banal, sino lo que decide publicarse ahí. Internet es un espacio para publicar de otra forma y no sucumbir ante la sola respuesta del libro. Hace pensar en lo que se ve en redes y en cualquier otra espacialidad, los ciclos de poesía, una intervención callejera. “El gran secreto es que ese ‘todo’ ese ‘ser escritor’ se juega mucho más en el hacer con otros, en la comunidad. La FED es un claro ejemplo de eso”, cierra la poeta que observa otra vez en la Feria la cristalización de una escena editorial pujante. 

 

Holograma es contundente. Ella decide no publicar su obra en instagram. “Los poemas en internet están sangrando”, cita a Cecilia Pavón. Los quince segundos de atención son impropios para el poema, lo tensionan. Un fanzine tiene algo el orden de lo efímero, pero al contrario de la poesía que circula por redes sociales, propone una lectura diferente. Las lógicas de las pantallas proponen otros lenguajes. Para la poeta “la lectura del poema tiene que ver con un momento de intimidad y reflexión” y siente que en Instagram la poesía se está atando a una idea de lo cute, lo bonito y lo aesthetic, en el sentido más burdo de la palabra.

22 mil personas asistieron a la FED. Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz

En lo que sí hay consenso: lo más difícil de publicar poesía es lograr difundirla. Sea por adecuar un lenguaje con otra historia a nuevos soportes o por la distante relación entre la poesía y el periodismo. La prensa nunca fue amiga de la poesía. Esto fue claro desde el momento en que los editores recibían con sorpresa (y alegría) la presencia de Fixiones en el borde de sus mesas. “El libro debería llegar y eso es muy difícil porque hay mucha publicación, pero poca llegada. Se le da un poco más atención a la narrativa, eso hace que sea difícil hacer circular el libro”, dice Gabo de Caleta Olivia. Desde Caballo Negro el panorama es un poco más esperanzador: “se escribe buena poesía en Argentina y hay muchos lectores, sino nadie publicaría. No es fácil que se entienda el libro pero eso de ‘la poesía no se vende’ es un chamuyo. No se publicaría sino. No comés vidrios, la editorial tiene que funcionar”.

 

Gabo concuerda en el aumentó de la circulación que desemboca en un nicho en expansión: “antes un pibe de 25 años no leía poesía, hoy uno de 18 escribe”. Las consecuencias de este aumento también decantan en un apuro de los poetas por publicar obras a las que les falta trabajo sobre el texto. Mientras comparte la crítica, el editor señala un libro de Mariasch para decir que esa generación de poetas hizo el camino inverso. Entonces, dice, “lo más importante no es publicar, sino trazar un recorrido”.

“Se escribe buena poesía en Argentina y hay muchos lectores, sino nadie publicaría. No es fácil que se entienda el libro pero eso de ‘la poesía no se vende’ es un chamuyo. No se publicaría sino. No comés vidrios, la editorial tiene que funcionar” [Alejo Carbonell]

Editorial Caleta Olivia. Foto: Lucas Rodrigues Da Cruz
De qué están hechxs lxs poetas

Hay otro eco. Holograma dice, riéndose de sí misma como lo propone su nombre, que lo más difícil de escribir poesía es que no piensen que estás loca. No es una coincidencia que Gras haya propuesto, en la ficción de su identidad editorial, que son unos santos quienes la publican. 

 

El editor de Santos Locos poesía trae una imagen: una chica se acerca a la mesa de la editorial. Tiene un tatuaje de Freddy Mercury en el brazo y una remera de Nirvana. Gras se ríe, “eso en mi época era imposible”. Había una tradición de las veredas: Soda o Los Redondos, Sex Pistols o los Fabulosos Cadillacs. “Hoy todo se puede, se mete en esa coctelera y se mixea. No es un desinterés en la forma, pero hay un entendimiento de que la estructura no va por arriba del poema. La poesía es otra cosa y va por arriba de cualquier forma de expresión. No es slam o poesía lírica, no es perfo o libro, todo convive”, alumbra Gras.

Parte de este remix tiene que ver con lo que algunos críticos llaman el estallido de los géneros en la literatura, aunque toda esa diferenciación para Holograma es más una cuestión de góndola para el mercado editorial. Pero hay algo más que Malena Saito logra identificar en un gesto que, como en la poesía, alumbra la causa en el efecto. “Se quiere construir la idea de que es todo lo mismo, como si pertenecer a una generación generara una ecualización o una igualdad. Me parece que eso va en contra del poema”, esgrime. 


Hay dolores y preguntas que atraviesan a la poética contemporánea como el Ni Una Menos, como fue el No future en los dos mil. Algo de la presencia apocalíptica, la muerte del trabajo y la ansiedad también está presente en la obra de Holograma, de tantos y tantas más. Saito nota también otro aspecto, “hemos perdido el humor en la poesía, es una búsqueda que me demando a mí misma”. “Me lo decía una poeta amiga”, agrega después de un silencio: “en nuestra generación hay algo de quedarse en el lugar del dolor”.

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