viernes 1 diciembre, 2023

NI LOCURA NI NORMALIDAD: LA DEMOCRACIA EN PELIGRO

La “locura” y la “normalidad” fueron los significantes que marcaron la campaña electoral, sin tomar en cuenta la dimensión que implica utilizar estas palabras desde una perspectiva de salud mental. En estos discursos, en suma, se trafican ideas respecto a la discusión más plena del escenario electoral: qué tipo de sociedad queremos construir. 

 

Por Pilar Molina y Emiliano Montelongo

 

“No vivimos en un país normal”, decía el spot con el que abría su campaña una de las candidatas a presidente de la oposición en nuestro país. “Votá al normal”, no tardaron en levantar la voz los canales del oficialismo. Las campañas electorales en Argentina dejaron ver la fascinación por el concepto de “normalidad/ anormalidad” y sobre todo el prejuicio hacia la locura.

 

Tanto para un lado u otro de la vereda, victimizando a uno de los candidatos o demonizándolo, se tomó y realzó, de manera casi obscena, el significante “loco” para hacer campaña. Fue claro con Milei, y de este modo las políticas que proclama este candidato, como los dichos misóginos, las ideas neoliberales o de tinte fascista pasaron a segundo plano en el discurso mediático y popular. Por otra parte, enunciados como “es una borracha” o “es un drogadicto” también invadieron las redes.

 

¿Qué estamos diciendo, fomentando o reproduciendo con estos enunciados, que lejos de hablar de políticas de Estado hablan de la salud mental de un sujeto particular?; ¿qué cuidados o acompañamiento está recibiendo dicho sujeto particular?; ¿cómo se trata la locura en los medios?; ¿qué hace el Estado por la salud mental?; ¿quién se ocupa de los locos y de qué locura hablamos?

 

Normalidad/anormalidad

La idea de una “normalidad” instaura, como contrapartida, la existencia de lo que está por fuera de la norma. En el curso Los anormales, Foucault recorre la construcción de dicha categoría en base a la aparición de tres figuras: el monstruo humano, figura que es a medias hombre y a medias bestia y por esto pone en tensión el discurso jurídico biológico; el incorregible que queda al margen de las técnicas modernas de domesticación del cuerpo y el comportamiento; y el niño onanista que los padres deben controlar para evitar una serie de desórdenes psicopatológicos. Siguiendo esta línea, “normales” serían entonces aquellos cuyos cuerpos y comportamientos están bajo el control de las técnicas de disciplinamiento moderno.

 

¿Las ideas y el sector que representa Milei tienen que ver con la posibilidad de expresión singular de cada sujeto, es decir con aquello que no encaja dentro de la norma?, ¿O más bien, al contrario, plantean el sometimiento general al imperativo del mercado? Apelar a la irracionalidad o a la locura de un candidato para no votarlo implica pararse desde un paradigma: el de una supuesta racionalidad que guía nuestros pensamientos y acciones. Con Freud pudimos aprender que el sujeto no es dueño de su propia voluntad. Y esto es transestructural, no se limita a los casos de psicosis. Incluso el campo de trabajo, investigación y aplicación del psicoanálisis freudiano se limitó a las neurosis, mal entendidas hoy por algunos sectores como “normalidad”.

 

“Votemos al normal” podría leerse como “votemos al neurótico”, olvidando que todos somos habitados por la locura. No se trata de caer en la ingenuidad de una despatologización políticamente correcta que sostiene que todos somos iguales. No se trata de eso. Hay que reconocer la existencia de relaciones particulares al Otro, a la ley, al deseo y al cuerpo que se juegan de formas diferentes en cada una de las estructuras: psicosis, autismo, neurosis, perversión. Se trata de pensar qué estamos defendiendo bajo la idea de una supuesta normalidad y a quiénes estamos descalificando. Se trata de las ideas que promueve cada candidato y el sector de la población que representan.

 

Antes que loco, Milei representa muchas otras cosas por las cuales la sociedad debería temer: la relativización y hasta reivindicación del genocidio que llevó adelante la última dictadura cívico-militar; la denostación del Estado, de las instituciones públicas y de toda forma de organización colectiva y solidaria; el individualismo a ultranza como premisa social; la lógica del mercado y la competencia como único ordenador de la sociedad; el insulto y la denigración del otro como forma de hacer política. En definitiva, lo que está en riesgo son los pilares sobre los que se erige la democracia.

 

La libertad

En El malestar en la cultura, Freud plantea que la libertad no necesariamente debe entenderse siempre como un patrimonio cultural. El empuje libertario puede responder a una hostilidad originaria del sujeto. Lacan afirmará por su parte que un significante en tanto tal no significa nada, sino que se define por su relación con otros significantes. La libertad como significante aislado de una cadena, como palabra suelta que se repite hasta el cansancio, no significa nada. Lo que quiere decir que puede significar cualquier cosa. Puede representar entonces una hostilidad hacia el prójimo que “no es solamente un posible auxiliar sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”, sostiene Freud en el citado texto. 

 

En una misma línea, Anne Dufourmantelle en su libro Elogio del riesgo afirma que “la libertad es casi siempre ilusoria, se apoya en condicionamientos múltiples de nuestro deseo, de nuestra educación, nuestra cultura, nuestro mundo, se enraiza ella misma en una ideología que no ofrece al sujeto más que una escapada fallida… en un espacio extremadamente restringido. El yo bajo secuestro, que invoca su propia vigilancia”.

 

¿Cuál es la libertad que propone Milei y su espacio político? Su idea de libertad se inscribe en la línea de los teóricos neoliberales que él mismo cita con Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises o Wilhelm Röpke, entre otros, que postularon la idea de que los individuos son empresas con un “capital humano” y que compiten entre sí para maximizar ganancias. No hay sociedad, no hay colectivos, sólo hay individuos aislados que compiten entre sí. La libertad, entonces, es la libertad del mercado, el sálvese quien pueda con lo que tiene y con lo que puede, escenario en el que el otro aparece como una amenaza. 

 

 
El loco

Luego de las elecciones presidenciales, Javier Milei uno de los candidatos más votados junto a Sergio Massa, fue invitado a un programa televisivo del canal Crónica, donde fue entrevistado. Durante dicha entrevista, el candidato se vio perturbado, molesto e irascible, y no conservó la timia esperable para la situación en la que se encontraba (una charla en un estudio mano a mano con un periodista). Comenzó a elevar la voz, a hacer gestos particulares con su rostro y exclamar silencio donde supuestamente no transcurría un escenario de ruidos, ni bullicios. Dicha entrevista no tardó en volverse viral en los medios masivos de comunicación y redes sociales. La invasión de frases como “se volvió loco” o “tuvo un brote psicótico”; “escucha voces”; “no voten al loco” o “pobre hombre” no tardó en llegar a oídos y bocas de todos. 

 

Dicha situación y revuelta deja ver que vivimos en una sociedad aún hoy donde se patologiza y se usan conceptos de salud mental sin la experticia correspondiente. Pocos fueron los medios que tomaron el tema con seriedad, convocando personal de salud o compartiendo información cierta sobre la salud mental y los cuidados que hay que tener, por ejemplo en caso de encontrarse o ser un sujeto en situación de riesgo o de padecimiento subjetivo. 

 

Desde 2010 rige en Argentina la ley de Salud Mental 26.657 que establece criterios claros para actuar, acompañar y decidir en caso de sujetos padecientes. Allí se consigna, por ejemplo, en el artículo 5 que “la existencia de diagnóstico en el campo de la salud mental no autoriza en ningún caso a presumir riesgo de daño o incapacidad, lo que sólo puede deducirse a partir de una evaluación interdisciplinaria de cada situación particular en un momento determinado” y también establece como criterio fundamental de acción, la lectura de riesgo cierto e inminente para sí o terceros. 

 

¿Hay profesionales tratantes para dicho candidato evaluando realmente dicho riesgo? Esa es la pregunta que debería circular en medios y no la burla vana y vacía que se hace históricamente en torno a la locura como sinónimo de maldad, peligro o irracionalidad, o por el reverso opuesto pero idéntico, la victimización y adulación por la locura o idea de “margen” o del “distinto”.

 

Mi-ley

Un significante que marca y nombra un horizonte tenebroso. Un candidato que lleva, no solo en su accionar sino también en su nombre, el significante del autoritarismo o en términos de Michael Fariña, de un efecto particularista. “El efecto particularista es distintivo de la falla ética y se verifica en la pretensión de que un rasgo particular devenga condición universal. No es ocioso adelantar aquí que es justamente en ese efecto donde radica el núcleo de la violacion a los llamados derechos humanos”.

 

No fueron pocas las ocasiones en las cuales dicho candidato, junto a Victoria Villarruel, candidata a vicepresidenta, han sostenido a viva voz enunciados de tipo particularista refiriéndose a la eliminación de todo aquello que es incompatible con sus ideas políticas o su partido. Un ejemplo es cuando Milei pidió, con el tono violento que lo caracteriza y capta el desencanto de muchos, la eliminación del artículo 14 bis de la Constitución Nacional el cual garantiza que “el trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador: condiciones dignas y equitativas de labor; jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea; participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección; protección contra el despido arbitrario; estabilidad del empleado público; organización sindical libre y democrática reconocida por la simple inscripción en un registro especial”. 

 

No es casual que apunten contra este artículo: es la normativa que sobrevive de la Constitución de 1949 impulsada por el peronismo, que establece los derechos laborales, las bases para una posible distribución de la riqueza entre capital y trabajo, y para la organización colectiva de los trabajadores y trabajadoras. En definitiva, para la idea de una sociedad con intereses contrapuestos, pero con la posibilidad de canalizarlos mediante la discusión, con la mirada puesta en la construcción de una sociedad más justa. Exactamente lo contrario a la idea de sujeto-empresa, librado a su suerte en la competencia descarnada del mercado. 

 

“Mi-ley”, la del individuo aislado en su propio universo, se transforma entonces en la única normativa válida en la sociedad. 

 

Como jóvenes, profesionales, defensores de lo público, la justicia social y los derechos humanos conquistados a lo largo de nuestra historia, nos preguntamos y convocamos a preguntarse cuál es el debate que tenemos que dar como sociedad, a días de una de las elecciones más importantes del último tiempo por lo que se pone en juego esta vez. Nos preguntamos qué reproducimos cada vez que clickeamos un video de Tik Tok y damos me gusta a un video donde se patologiza o juzga la locura y no los dichos autoritarios, las políticas de odio, de racismo, de individualismo, de nula empatía y negación hacia quienes realmente están en el margen de estos debates. Pensar como sujetos políticos, situados en un contexto, en un país y con una historia, es la responsabilidad que nos aleja de lo peligroso. Votemos sin el prejuicio a las minorías, sin rótulos de odio que lejos están de  hablar de planes de gobierno, derechos o conquistas.

 

Como afirma Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo, “allí donde la resignación es exigida, aún es posible, no moderar, no argumentar, sino simplemente optar por un no”.

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