domingo 27 noviembre, 2022

“HAY COSAS QUE LOS ESCRITORES DICEN MEJOR QUE LOS ANALISTAS”

“Desarmar un párrafo de un texto, es como cuando agarraba un cochecito de pibe y desarmaba las partes a ver qué tenía adentro. Es ese resto infantil, esa investigación por cómo están construidas las cosas”, sostiene el psicoanalista y escritor Pablo Peusner en esta entrevista con Fixiones, en la que reflexiona sobre el vínculo entre la literatura y el psicoanálisis, entre el juego y el lenguaje.

 

Por: Pilar Molina, Emiliano Benito Montelongo y Matias Luchetta | Fotos: Martina Solari Arena

 

 

En el barrio de Caballito, con un mate para cada quien y protocolo mediante, el psicoanalista, editor y escritor de diversos libros como “El Otro y el niño”, “Huir para adelante”, “El psicoanálisis con niños es un chino” “Autoridad y desproporción sexual”, entre otros, y creador del blog El psicoanalista lector, Pablo Peusner, conversó con Fixiones sobre el juego en la clínica con niños y sobre la importancia de la literatura y las ficciones en su práctica profesional. “Yo leo mucho y me desespero por que otros lean, que les llegue de algún modo la literatura a la gente que quiero y que trabaja conmigo. Es mi síntoma”, apuntó. Además, reflexionó sobre la dificultad de la transmisión del psicoanálisis en las instituciones: “¿qué hace un psicoanalista en una institución, tanto clínica como de transmisión universitaria? ¿Qué hace? Yo diría, trampa.” 

–Para conversar hoy queremos convocar al Psicoanalista Lector. ¿Cómo surge esta figura? 

Vamos a empezar por el nombre. El Psicoanalista Lector es el título del primer capítulo de mi segundo libro, que recoge un seminario que dicté en el Colegio de Psicólogos de La Plata, y que se tituló “Fundamentos de la clínica  psicoanalítica lacaniana con niños”. En la primera clase, cuando me desgrabaron y establecí el texto para publicarlo, le inventé ese título  porque yo leía, de manera crítica, textos de otros psicoanalistas. No sé qué me pasó con ese significante que después volqué al blog en 2007. Desde ese momento, el significante funcionó sólo.

Leo mucho y me desespero por que otros lean, que les llegue de algún modo, la literatura a la gente que quiero, que trabaja conmigo. Es mi síntoma. Cuando encuentro un libro que me gusta mucho me desespero, y por eso cada posteo mio es “¡Por favor lean esto!”. Es algo necesario para mi. Mi fantasía de muchacho era vivir en una isla desierta llena de libros. Pero por suerte me encontré con el psicoanálisis, que me rescató. Fue como si me dijese “¿Che, no te irías con alguien más… con una pareja?, ¿no te llevarías algo… una guitarra?” Me di cuenta que mi fantasía era una locura, pero la lectura siempre me acompañó, desde muy pequeño. En mi casa no había guita, salvo para libros. Incluso en las épocas más complicadas mi viejo decía “para libros, siempre va a haber” y yo, modestamente, elegía los más baratos que había.

–¿Considerás que la literatura y las ficciones contribuyen a la formación de un psicoanalista?

Cuando comencé a leer a Freud, me di cuenta de que se apoyaba mucho en la literatura y que hay cosas que los escritores dicen mejor que los analistas. Por ejemplo, para estudiar los problemas de los llamados adolescentes, no hay mejor material que la literatura. Tiene que ver con que las tramas de la literatura nunca generalizan, siempre se cuentan historias, sin pretensión universalizante. No dice “esto que le pasó al personaje le va a pasar a todas las personas”. Es una historia. Ahí se cumple estrictamente el famoso “caso por caso” del psicoanálisis. Quizá por eso me gustan mucho las novelas y la literatura más fragmentaria, que cuenta pequeñas biografías, como el libro “Vidas minúsculas”, de Pierre Michon. Es un libro que cuenta vidas de pueblo, sencillas, pero que tienen una vida con historias valiosas. Otro escritor maravilloso que tiene la capacidad de recortar de una biografía, pequeños episodios de la vida cotidiana es Juan Forn, alguien que me parece genial y cuyo último libro -póstumo- llamado “Yo recordaré por ustedes” es sensacional. Son pequeñas historias que transmiten mucho. Esa es mi perspectiva.

 

 

–Desde la teoría psicoanalítica, cuesta abordar algunos temas y esto se logra mejor desde la literatura ¿Por qué creés que sucede? 

 

Al psicoanálisis le cuesta abordar ciertos temas porque corre riesgo de psicologizarse y –hoy- de filosofarse. No es que no lo intente, los libros están y hay un montón sobre diversos temas. Lo que pasa es que cuando los empezás a leer, aparece la generalización, que muchas veces intenta atajarse con la presentación de “un caso”. Entonces, leés un caso y parece que negara lo anterior, pero eso no es más que -como dice Guy Le Gaufey- “una viñeta pedagógica”. Al psicoanálisis le cuestan ciertos temas porque implica confrontarse con lo real, y, cuando te confrontas con lo real, no hay manual que valga. El psicoanálisis es una renuncia al manual, por eso es difícil hablar desde allí.  Ahora, si vos hablas solamente de un caso, es muy interesante, pero es muy difícil construir teoría. ¿Cómo propones una teorización con un solo caso? Hay gente que lo hace mejor… hay otros que no. De esa manera, hay libros que abordan la clínica y hay libros que abordan cierto universo teórico, y es difícil hacerlos coincidir. Es un tema permanente que tenemos los analistas en formación, lo padecimos en la facultad, se escucha en los posgrados… porque termina siendo una gran teoría, que después en los hechos no se verifica. Una modelización que no es real. 

 

–Esto que mencionas, ¿te afecta a la hora de transmitir?  

 

Claro, porque el discurso universitario no transmite, es repetición. Formo parte del mundo universitario -en este momento no en Buenos Aires, pero sí en Rosario- y he tenido la ocasión de dar clases en distintas partes de Sudamérica, y siempre es el mismo problema: ¿qué hace un psicoanalista en una institución, tanto clínica como de transmisión universitaria? ¿Qué hace? Yo diría trampa. Es lo único que puede hacer: trampear, pero no a las personas, sino al discurso. La clínica de la salud mental está estructurada sobre el discurso del Amo, que funciona. La universidad, el posgrado, la maestría, el doctorado, están sostenidos desde el discurso Universitario. Entonces, cuando uno entra en esos lugares -no hay que retroceder, hay que entrar-  deberá hacer trampa. 

El 9 de julio de 1978, Lacan cerró un congreso de la Escuela Freudiana de París sobre la transmisión. Él muchas veces se reservaba el lugar para hacer el discurso de clausura. En este caso, se habían reunido durante dos días para presentar trabajos sobre la transmisión y el día del cierre Lacan dijo: “Después de haberlos escuchado a ustedes, llego a la conclusión de que el psicoanálisis es intransmisible, no se puede transmitir. Hay que reinventarlo”. De ahí viene la consigna de la reinvención del psicoanálisis, que nos obliga a reinventarnos cada vez, con cada analizante e incluso, en cada sesión. Lo imposible tiene que ver con el método. Yo no podría dar un curso sobre la didáctica del psicoanálisis, porque el psicoanálisis se maneja con unos parámetros y variables que no son susceptibles de ser colocados, ni en un recetario ni en un manual. Esa imposibilidad es lo más rico del psicoanálisis, lo que lo acerca a la literatura y lo que permite que se transforme, casi topológicamente, como está pasando hoy en día. Algo está cambiando en el psicoanálisis de hoy, desde el momento en que estamos analizando y siendo analizados a través de las pantallas. No estamos de cuerpo presente, pero algo de la presencia real está en juego, está la voz, la mirada, el marco. Es cierto que muchas personas dijeron “yo prefiero presencial”, pero también hay quienes me dijeron “yo no voy más a tu consultorio, estoy bárbaro así, y funciona”. Y si un analizante te dice que es así, es así. 

 

–Respecto a tu ejercicio en la clínica con niños ¿encontrás alguna relación entre tu escritura y gusto por la literatura y el juego de los niños?


Sí, yo creo que hay algo infantil en todo esto. La explicación que puedo dar tiene que ver con algo infantil. Esa curiosidad… desarmar un párrafo de un texto, es como cuando agarraba un cochecito de pibe y desarmaba las partes a ver qué tenía adentro. Es ese resto infantil, esa investigación por cómo están construidas las cosas lo que después se vuelca en el juego, en la clínica y en la escritura.

El gran tema de la clínica con niños es que el juego no se interpreta analógicamente y eso cuesta un poco, sobre todo en la formación kleiniana, donde “el tren es Dick”, “la locomotora es papito”, “la estación es mamita” y así a cada objeto del juego le corresponde un término de la realidad. A eso le llamo interpretación analógica. Una cosa se corresponde con otra. En el psicoanálisis lacaniano no se interpreta así. No se interpreta el juego, se interpreta jugando. Para eso tenés que tener la capacidad de jugar y meterte en el juego, pero es algo que los adultos vamos perdiendo. No todos los adultos pueden jugar. Algunos transforman ese afán por el juego en algo más ludopático, otros se siguen juntando a jugar a la play con los amigos, al póker, etc… Uno tiene que tener una buena relación con lo infantil, porque si jugando te sentís un pelotudo, entonces está desajustada esa posición respecto de lo que necesita un analista. Si vos atendés a un niño y lo acostás en el diván -lo he escuchado- me parece que no estás entendiendo lo que es el núcleo de lo infantil. El núcleo de lo infantil es jugar, esa es la actividad principal. Ahora, nosotros como adultos tenemos que poder estar en una buena relación con eso para llevarlo adelante. 

 

–¿Cómo pensás la relación entre el lenguaje en análisis y el juego con niños ?

 

Los niños juegan en relación a cierto modo del lenguaje. Yo lo llamo “lenguaje infantil” pero va más allá de la edad del hablante. Es un modo del lenguaje del análisis, donde no se olvida la enunciación, donde el sujeto no es responsable -digamos, no hay responsabilidad en el juego- sino un modo de hacer circular y permutar el significante hasta que eso se agote. Para poder hacer eso, hay que rechazar la posición adulta, porque el adulto rápidamente lo que hace es reprimir. Vos estás con un niño y el niño te dice: “acaba de pasar volando un dinosaurio por la ventana”. -“No, pedazo de animal, los dinosaurios se extinguieron hace quinientos millones de años, ¿vos me estás tomando el pelo?”- Esa es la posición adulta. La posición infantil es: “¡Uy! ¡Me lo perdí! ¡No lo pude ver! ¿Me lo dibujas?” Y ahí le diste una vuelta más. Si estás todo el tiempo tratando de descubrir qué quiere decir “el dinosaurio” o por qué el niño usó tal palabra y no otra, entramos en una intelectualización y racionalización analógica del psicoanálisis. El psicoanálisis no es analógico, es digital.  En vez de ceros y unos tiene S1 y S2. Con eso alcanza, pero hay que hacerlo mover, ponerlo a circular. 

 

–¿Sería entonces “hacerle trampa” a la posición adulta?

 

Exacto. Cuando vos le decís a un paciente adulto: “diga todo lo que se le ocurra”- regla de la asociación libre- por supuesto que es hacerle trampa al yo. ¿Quién habla así? ¡Un niño! Un niño que todavía no se encontró del todo con la represión, porque la represión es social, no es intrapsíquica. “Shh, callate no digas eso”, “no se dicen malas palabras”. Esa es la represión. La represión es correcto/incorrecto. La regla de Freud es una invitación al lenguaje infantil y una invitación a adoptar una posición que no sea la del adulto; el adulto no habla con asociación libre, el adulto reprime.

–¿Qué sucede cuando se confrontan el discurso adulto, que muchas veces viene de los padres o la escuela bajo la forma de “conductas problemáticas del niño”, con el discurso y la posición analítica que planteas en la clínica con niños?

 

Eso es una clave en el psicoanálisis con niños. No confrontar al niño con el supuesto síntoma diagnosticado desde afuera. No hay nada que le pase a un niño que no esté presente en el juego. “¡Pero en la escuela se porta mal! ¡Que hable de eso!” No tiene mucho sentido, ni lógica. En realidad sí, tiene la lógica de la psicología, pero el psicoanálisis no opera así. Opera transversalmente, ya que no tiene sentido decirle a un chico “che, vos te estás portando mal en la escuela, ¿qué te pasa?”. “No sé”, te va a decir” o “yo no soy, es el otro”. Esas son las demandas de performance propias del capitalismo. Los papás de los niños podrían decir: “bueno, lleva tiempo y dinero y quiero resultados rápidos”. De acuerdo, pero ¿qué son los resultados?.

Hay algo que a los analistas nos falta hacer, que es tener una buena política de comunicación con padres, madres, etc, de nuestros analizantes niños. Se entendió históricamente que no responder a la demanda es no responder en absoluto. Entonces es muy complicado, porque si estás trabajando con un niño con un diagnóstico complejo y con una posición difícil, algo hay que decir. No se puede no decirle nada a los papás o mamás de los chicos en nombre de la pureza del psicoanálisis. Yo le escapo a las etiquetas diagnósticas, esas que se pueden googlear, entonces invento diagnósticos. Y más o menos funcionan, porque cumplen la función de proponer un significante sobre el cual ellos puedan sentir que efectivamente hay una lectura, una interpretación y una propuesta desde este lado, y que, a su vez, al googlear no van a encontrar nada consistente ni universalizable.  

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