viernes 9 diciembre, 2022

MILES Y MILES DE CABEZAS

Por Pilar Molina

La tele estaba de fondo, como suele estar en mi casa a esas horas de la noche, acompañando, o más bien haciendo un ruido para no enfrentar, del todo, el silencio de la soledad. Ocupaba las últimas horas del día repasando la mesa y limpiando el mate, cuando me llegó el mensaje de una amiga: “poné el noticiero, intentaron matar a Cristina”. 

No tardé en encontrar las imágenes, en particular una: un hombre gatillando un arma a centímetros de la cara de la expresidenta. La imagen, repetida una y otra vez, me generaba una especie de hipnosis tenebrosa que no me dejaba pensar. No podía dejar de mirarla. Podría haber sido otra, pensaba. Imaginar esa otra secuencia, la que en definitiva era la más probable, me generaba aún más el efecto de lo siniestro. Diría, mejor, de algo ominoso. Freud describe esto como aquello que resulta extrañamente familiar y por eso nos divide y angustia. Así lo sentí, como si supiera que esa imagen se produciría.  

Pero también se me presentó como una imagen que se viene armando desde hace tiempo, el efecto de un tejido discursivo constante hecho de letras de molde, zócalos televisivos, editoriales, caricaturas misóginas, declaraciones de políticos reaccionarios, de personas conocidas, hasta tal vez amigos o familiares. Esa imagen producto del odio, como tanto se dijo en las últimas horas, no me sorprendía. No me sorprendía, pero sí  me asustaba y justamente aquello que me asustaba era que no sorprendiera. Tal vez no me sorprendía porque lo que empezó como enunciados marginales en algunos programas de televisión y en movilizaciones de un puñado de personas estridentes, está institucionalizado en partidos políticos. Más aún, es el fundamento, el motor narrativo de esos espacios conservadores. 

Del otro lado de la pantalla estaba la escena que se venía sucediendo desde hacía días en la casa de la vicepresidenta, la muestra de amor, la compañía estoica del pueblo. Eso sí me sorprendía y también me emocionaba. Sorprende el amor y no el odio. 

Paralizada por la imagen reiterada del intento de asesinato de Cristina, hablando con mi familia y amigos nos refugiamos en cosas inmanteriales, nos afirmábamos en ideas y en figuras como Evita, Néstor Kirchner o el Che Guevara, como si evocarlos nos protegiera de lo siniestro. De pronto mi ateísmo se volcaba a una creencia en el más allá, en energías extrañas, fenómenos místicos o algo por el estilo.

Quizá simplemente el amor de un pueblo la protegió. “Cristina es a prueba de balas”, leí minutos después, mientras esperaba a mis amigos para cantar y gritar que le agradecemos el coraje, para reafirmar lo que ella misma dijo hace unos días: que es una madre para todos nosotros y por eso nos protege y la protegemos. 

Me quedé hasta tarde viendo la imagen repetirse, una y otra vez, no podía hacer otra cosa. No le apuntaron a cualquier parte del cuerpo, sino a la cabeza, ahí donde se trabajan sus ideas, que son las de muchos y muchas. 

Hay solo una manera de salir de la espiral de la pantalla, de esa fascinación perversa. Y fue lo que pasó al otro día. Fuimos cientos de miles llenando la plaza, en ese gesto poderoso que tienen los cuerpos en la calle haciendo política.  “La quisieron bajar”, le decía una chica a su amiga. “Pero la elevaron”, respondió la otra. El tono místico atravesaba todas las conversaciones, la palabra “milagro” pasó por todas las bocas, por todas las cabezas. Esas miles y miles de cabezas que inundaron la calle, cargadas de ideas que no se pueden borrar con balas.

 

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