lunes 3 octubre, 2022

"HABIA UN SILENCIO QUE LASTIMABA LOS OÍDOS"

En conversación con Fixiones, el sobreviviente del buque ARA Belgrano Juan Vera y el piloto Luis Guillermo Arbini, que encontró las balsas de los tripulantes, reconstruyeron las horas fatídicas que pasaron entre el ataque inglés y el rescate de más de 700 tripulantes argentinos, en lo que fue el acontecimiento más trágico de la Guerra de Malvinas.

Por Martina Solari Arena | Fotos: gentileza Argentina.gov

El avión Neptune 2-P-111, piloteado por Luis Guillermo Arbini, partió en busca de los náufragos a las 6 de la mañana del 3 de mayo. El primer Neptune había volado durante siete horas y media, y arribado sin rastro de la tripulación. Junto a ambos aviones, se sumaría al instante a la operación de rescate el destructor ARA Piedra Buena, uno de los buques que escoltaba al ARA Belgrano, en el que navegaban 1093 tripulantes. Los participantes de la pesquisa intuían que el buque había sido atacado. Pero lo que no sabían hasta ese momento, era que el submarino nuclear británico HMS Conqueror había disparado sus torpedos tres veces sobre el ARA Belgrano, y luego huido de la zona, hundiendo a la embarcación gigantesca en cuestión de 60 minutos.

 En la tarde del 2 de mayo, el buque de la Segunda Guerra Mundial comprado en el año 1951 a Estados Unidos durante el gobierno de Juan Domingo Perón y bautizado como 17 de octubre al llegar a la Argentina, recibió el primer torpedo que sacudió y dejó sin luz a toda la embarcación. Fue también el impacto que se llevó a la mayor cantidad de víctimas: alcanzó a la nave en la parte de abajo del casco, en la zona donde se encontraban los motores y calderas, destruyendo así el cuarto de máquinas.  El ARA se clavó en el agua y desde ese momento, las vidas de los tripulantes viraron hacia el costado izquierdo babor. 

Juan Vera, de 31 años y con una carrera en las fuerzas armadas en curso, se encontraba de guardia en la cubierta principal, cerca del cuarto de operaciones. Esperaba a su relevo, que nunca llegó. “Había un silencio mortal, un silencio que lastimaba a los oidos. Alguien preguntó por ahí: ¿qué pasó?. Al instante, asumí que nos habían torpedeado”, relata Vera a Fixiones. Se dirigió a un cuarto, se colocó el salvavidas y agarró un bolso decidido a abandonar el Belgrano con la tranquilidad de un cabo principal que con años de adiestramiento y prácticas, sabía lo que debía hacer. 

En el camino encontró a un conscripto con el cuerpo quemado, sostenido por compañeros de su división. Volvió al cuarto en busca de un botiquín para ayudar. La luz de una linterna prestada lo orientó en el buque sin energía que se hundía cada minuto a minuto, sin pausa. En un espasmo, el barco se sacudió, Vera dejó caer su linterna y quedó a oscuras. Otro movimiento brusco agitó al Belgrano cuando intentaba bajar al pabellón de guerra en busca de más abrigo. Fue entonces cuando decidió no avanzar más: veía cómo la columna de humo ascendía, era peligroso. Al volver con el botiquín, un enfermero ayudaba al quemado. Retomó la huída, aunque sus compañeros de balsa ya se habían lanzado al océano. 

En sus apresurados pensamientos, apareció el equipo de comunicaciones Survivor, una radio que viajaría con él en la balsa y a la que se aferraría para salvar su vida, hasta ser escuchado. Vera estuvo a la deriva, junto a 31 compañeros en una balsa equipada para 20, hasta pasadas las 24 horas del hundimiento. 

Foto capurada por Martín Sgut, tripulante del Belgrano.

 El 3 de mayo, el Survivor logró hacer contacto con el Neptune 2-P-111. La balsa de Vera comunicó un estimado de donde se encontraban los náufragos. El viento y las olas desplazaban con tanta fuerza a las pequeñas embarcaciones que la dirección no fue acertada, pero la comunicación dejaba una certeza: había sobrevivientes. Entre olas que llegaban a casi diez metros de altura, con temperaturas de hasta 20 grados bajo cero, a kilómetros de la Antártida, 793 personas luchaban por su vida. Luego se sabría que 23 de ellos morirían, por causa de la explosión y del frío. No quedaba tiempo, había que encontrarlos de manera urgente. 

El avión que había iniciado la operación de rescate hacía unas horas se topó con una mancha de aceite flotando en la superficie del mar, proveniente del Belgrano, pero sin signos de las balsas. Con alma estrujada, durante dos horas se abocaron a investigar la presencia de posibles submarinos enemigos en la zona junto a dos  Destructores de la Armada Argentina. Cuando finalmente abandonaron la búsqueda del enemigo, era necesario repensar sus decisiones, porque el combustible cada vez era menos. Estaban en una lotería: no tenían el suficiente combustible para arribar al aeropuerto de alternativa, si es que en Río Grande, ciudad de Tierra del Fuego y localización del aterrizaje planeado, había una emergencia que imposibilitara el descenso.

“Acá se ha muerto mucha gente y se va a morir mucha gente más si no los encontramos”, recuerda haber dicho el piloto Arbini. Cuando preguntó a sus compañeros de vuelo si estaban de acuerdo y nadie contestó, asumió que era un sí. En caso de que hubiera problemas en Río Grande, al no tener el combustible suficiente para arribar en Ushuaia o Río Gallegos, tendrían que amerizar sobre el agua, al lado de la Isla de los Estados, ubicación que quedaba más cerca y ahorraban así dos horas más de operación.

Continuaron, hasta que el “tata dios” hizo lo suyo:  balsa a la vista. “Ni bien las vimos, me mandé para abajo. Sobrevolé la mayor cantidad posible de balsas para que escuchen el ruido del avión, que te eleva el espíritu a grado sumo”, comenta Arbini. “En ese momento, vimos entre 16 y 17 balsas, la mayoría con techos para protegerse de la tormenta”.

Ciento veinte kilómetros habían viajado las balsas cuando el motor del avión les abrigó el espíritu por primera vez. A 60 millas de distancia, los destructores aumentaban al máximo su velocidad compatible con el mar para rescatarlos, aunque Juan Vera, protegido por una bufanda para su resfrío, esperó varias horas más hasta subirse al destructor Bouchard, que desembarcó en Ushuaia.

El Neptune emprendió la vuelta y aterrizó en Río Grande con el tanque seco. Para disminuir el uso de combustible, volaron a 20 metros del mar, lo cual servía además para no ser detectados por los radares enemigos. Apagaron las turbinas y, gracias a las maniobras de un tripulante, llevaron el consumo de combustible al mínimo.  “Debajo de los 1000 pies –300 metros–, hay que volar con las turbinas prendidas y las mezclas ricas de combustible, para no afectar la seguridad del avión, pero nosotros volábamos con las turbinas apagadas y con las mezclas corregidas hasta 50 pies”, detalla Arbini. 

La flota marina argentina rescató a los núfragos hasta el mediodía del 4 de mayo, cuando el ARA Bahía Paraíso recogió a los últimos 18 tripulantes vivos del crucero, habiendo transcurrido más de 40 horas del hundimiento.

Juan Vera luego de arribar el 5 de mayo a Ushuaia, viajó a Punta Alta para reencontrarse con su familia. En septiembre del mismo año decidió mudarse a Ushuaia donde reside hasta la actualidad, formando parte del centro de ex combatientes de la ciudad y de la dirección del gremio ATE.  Guillermo Arbini hizo más misiones durante el conflicto, pero según él, ninguna fue más gratificante que la del 3 de mayo. 

El hundimiento del Belgrano fue la acción de guerra que más víctimas argentinas se llevó. En total fallecieron 323 víctimas. La guerra de Malvinas culminó recién el 14 de junio, cuando Argentina se rinde frente a los británicos, en Puerto Argentino.

 

Noticias relacionadas