viernes 19 agosto, 2022

GEORGINA ORELLANO: UNA PUTA ORGANIZADA

La historia de Georgina Orellano está atravesada por el trabajo y la lucha. Hoy, en su rol como Secretaria General del Sindicato de Trabajadoras Sexuales de la Argentina, remarca la importancia de la organización colectiva en la pelea por el acceso a derechos laborales y la contención para las compañeras. En conversación con Fixiones, resalta la importancia de que el Estado tome otro rol en el tema y su postura ante una discusión que se polarizó de forma negativa: “hay que dar el salto y marcar una postura superadora”, propone.

Por: Martina Solari Arena  |  Fotos: Martina Solari Arena

 

En su perfil de Instagram Georgina Orella se define como trabajadora sexual callejera, puta feminista y peronista. Hace casi 16 años que trabaja en las calles. Cuando fue mamá de Santino, abandonó, pero las dificultades económicas y  la separación a los 19 años del padre de su hijo la llevaron a tomar la decisión de volver a las esquinas. Ahora, Santino tiene 14 y sabe que su mamá milita con las putas organizadas y es la Secretaria General de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), Sindicato de los Trabajadorxs Sexuales de la Argentina que nació como respuesta frente a la violencia policial y que está integrado a la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).  

     En el 2014 se convirtió en la Secretaria General Nacional de AMMAR con solo 28 años. Ella resolvió que la intervención de la organización, que existía desde 1994, en su vida laboral, era la mejor opción para salir de la clandestinidad y enfrentar a la violencia por parte de la policía. Organizarse, compartir la palabra y experiencias con otrxs, ahuyentó el miedo. “No es lo mismo estar parada en la esquina y saber que viene el patrullero y te puede llevar, a saber que pase lo que pase tenes que tener batería en el teléfono, que alguien va a ir a la comisaría y van a intervenir, que van a aparecer las otras compañeras”, dice Georgina. 

        La prostitución ejercida de forma voluntaria no está penalizada en la Argentina, aunque sí es un delito el proxenextismo y la trata de personas. Orellano comenta que lxs trabajadorxs sexuales se enfrentan a diario a las coimas, las detenciones, las actas contravencionales y de faltas, los desalojos, la violencia policial, la indiferencia del Estado, y la victimización de su trabajo. “El estigma PUTA nos atraviesa no solo en nuestro trabajo, sino en nuestra vida diaria”, destaca. El costo de un trabajo que no parece ser relevante para la agenda estatal, atravesado por el debate polarizado acerca de la prostitución, es que las personas que deciden ser trabajadoras sexuales pierdan derechos básicos, como el acceso a la salud, a una vivienda y a la educación. “El lugar central donde debería comenzar a hablarse con nosotras es dentro de las instituciones estatales. No pueden seguir en ese lugar de tibieza, de pensar que no existimos, porque ya existimos”, resalta Orellano. 

              “A veces las compas llegan con la soga al cuello, como decimos nosotras, y esa noche no tienen donde dormir. Nosotras prevemos para esos casos un fondo de emergencia, por si la compa no resolvió el problema, que tenga dinero para dormir en un hotel, y no atravesar situaciones de violencia”, explica la Secretaria General de AMMAR. 

            Es común también que sus hijxs sufran discriminación en los colegios por el trabajo de sus madres. Georgina cuenta que desde AMMAR se busca sensibilizar e intervenir con los directivos de los institutos, para que los hijxs de lxs trabajadorxs sexuales no tengan que dar cuenta y argumentar porque su mamá se dedica a lo que se dedica. “Los debates más políticos y militantes los hacemos nosotras. Queremos que no se vean obligadxs a levantar la mano y a tener que salir en defensa cuando se está bajando una línea donde se hace un borramiento hacia les trabajadores sexuales”, sostiene. 

          Al mismo tiempo, desde la organización se coordinan distintas estrategias para cada caso particular. La pandemia obligó a que la asis tencia se vuelque más hacia lo social. Se acompaña y asiste a todas las trabajadoras, a las endeudadas, a las inmigrantes sin documentación, a través de entregas de alimentos, artículos de higiene, y con información sobre de sus derechos y herramientas, para que conozcan el marco legal de la prostitución en Argentina. Orellanno comenta que se puede llamar por teléfono a la organización y obtener una respuesta efectiva en el momento, un acompañamiento. “Vas a irte con una contención y no te van a preguntar por qué decidís ejercer el trabajo”, agrega

Habían pasado ocho años desde su vuelta a la prostitución cuando pudo contarles a su mamá y a su hijo que no era una ama de casa. Ya no sentía vergüenza.  Las pibas no estaban solas.  Al encontrarse con otros trabajadores de la CTA, eso que les sucedía a ellas, plantea Georgina, era lo mismo que vivían los obreros, operantes de fábricas, maestras, vendedores ambulantes, cartoneros: la precarización, la explotación, los contratos inestables, el tener que trabajar horas extras para obtener más dinero. “Encontrar esa pertenencia de clase fue justamente la herramienta fundamental para abandonar la vergüenza, la culpa, los discursos victimizantes y la autodiscriminación que teníamos hacia nosotras y hacia nuestro trabajo”, reflexiona.

          Los prejuicios y las miradas victimizantes están íntimamente relacionados con la lectura de sacralización que hay de la genitalidad, opina. “Partimos de ahí, entre las buenas y malas mujeres, entre una sexualidad legítima y otra que no. El debate es moral y hasta pacato”, dice. Respecto a esto, agrega:  “No estamos a favor de cómo se polariza la discusión. La representación que hacen es una cosa adversaria a la otra, no es un partido de fútbol. Tenemos que poder dar el salto en esa polarización y marcar una postura superadora, donde haya un marco de derechos para todas. Para las que no quieran ejercer el trabajo sexual, que hayan otro tipo de ofertas laborales, concretas, reales, y para las que sí desean, que esté el marco legal”.

“Todas acordamos de que nuestro trabajo debería ser en mejores condiciones, pero ¿qué hacemos con lo que nos pasa ahora?”, pregunta retóricamente Orellano.  Cuando una trabajadora quiere acceder a la salud mental, sus problemas se los adjudican a la prostitución, les preguntan por qué no  abandonan el trabajo. Cuando se acercan a la ventanilla, se pasan la voz de que hay una puta, una trans y  asumen que por lo único a lo que irían al hospital es por un turno con la ginecóloga. Las personas reflexionan acerca de cómo debería ser el mundo, la justicia social, la sexualidad, pero “más allá de lo que vos pienses de cómo debería ser, lo cierto es que las putas existen y que no pueden existir en las condiciones tan precarias, tan indignas, expuestas a constantes vulneraciones a sus derechos”, dice Georgina. “Vayamos a preguntarles a ellas qué es lo que quieren, cómo lo quieren, qué es lo que desean. Hay que dejar de pensar que esas personas no tienen la capacidad necesaria para poder decidir sobre sus propias vidas. No son los Santi Maratea de las putas, pensemos más en sujetos políticos”, insiste Orellano.

 

Cuando menciona al feminismo cuenta que su primer contacto en el encuentro nacional de mujeres fue muy hostil. No las recibieron como habían esperado. “En el 2010 a mi me preguntaron que si tanto defendía la prostitución,  que si quería que mi hijo ejerza el mismo trabajo el día de mañana. Pero  cuando fui empleada de casas particulares no me dijeron ‘¿Querés que tu hija trabaje de lo mismo que trabajas vos?’, que estaba limpiando inodoros por muy poca plata por hora”, reflexiona Orellano y agrega: “dejé ese laburo porque no me alcanzaba para vivir”. 

         Hoy su prioridad es poder compatibilizar la maternidad con su trabajo. Labura cuando su hijo va al colegio y la cantidad de dinero que precisa, determina la cantidad de horas que trabaja. Explica que previo a organizarse en AMMAR, sus gastos eran mucho mayores porque quería pertenecer a una clase social que no pertenecía, pagaba una educación privada y un alquiler más caro. Ahora vive en Constitución, sale de su casa y ve a sus compañeras. “Vivo permanentemente con gente del mismo color de piel que tienen los mismos problemas. Antes pagaba para ser alguien”, cuenta Orellano.

“Encontrar una pertenencia de clase fue justamente la herramienta fundamental para abandonar la vergüenza, la culpa, los discursos victimizantes y la autodiscriminación que teníamos hacia nosotras y hacia nuestro trabajo”.
Georgina Orellano
Trabajadora sexual callejera
“Vayamos a preguntarles a ellas qué es lo que quieren, cómo lo quieren, qué es lo que desean. Hay que dejar de pensar que esas personas no tienen la capacidad necesaria para poder decidir sobre sus propias vidas. No son los Santi Maratea de las putas, pensemos más en sujetos políticos”.
Georgina Orellano
Trabajadora sexual callejera
 
A lo largo de tu carrera, ¿qué roces encontraste entre tu trabajo y el amor? ¿El significado de esa palabra cambió? 

 

He tenido varias relaciones y varías experiencias, algunas buenas, malas y otras regulares. Al asumir la responsabilidad afectiva cuando una está en una relación con otra persona, hay que dejar claro las cosas desde un principio. Doy por hecho que si ya me conocen así, es porque compraste el combo completo: mi militancia, mi maternidad y mi trabajo. Por suerte con mi compañera que estoy ahora podemos hablar de estas cosas, hay como un respeto y una comunicación permanente en poder decirnos las cosas que nos interpelan y poder encontrarle la raíz a la problemática y siempre volvemos a lo mismo: son los prejuicios, es la construcción del amor romántico. Poder desandar de esos mandatos lleva un tiempo, y  han hecho que el trabajo que decidí ejercer tenga que atravesar por un montón de desafíos. Siempre es un tema a debatir en nuestra organización, que lo que me pasa a mí, le ha pasado a otras compañeras. Separar lo que es un trabajo y lo que es una responsabilidad afectiva. No tengo un compromiso sexo afectivo, es un compromiso monetario, se pacta a una hora. No es que yo al cliente me lo llevo a mi casa y forma parte de mi vida. Está tan asociado el sexo con el amor, que se le hace muy difícil a muchas personas poder marcas esos límites.  

          Hoy, ya nadie más habla por ella. En su Instagram expone libremente su trabajo, sus enfrentamientos con la policía, sus experiencias con clientes y dentro de unos meses, publicará su libro “Crónicas de una Trabajadora Sexual”, que relatará aspectos personales de su vida vinculados a su trabajo. Desde esos espacios, pregunta: “¿Qué hacemos con las que sí quieren seguir ejerciendo el trabajo sexual y que están en las esquinas?, ¿cuál es la respuesta?, ¿el calabozo? o ¿les damos derechos laborales? Esa es la discusión”.

 

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