martes 4 octubre, 2022

EL SUEÑO DE LO REAL

 

El psicoanalista y escritor José Luis Juresa lee “Inteligencia del sueño”, el último libro publicado en Argentina de Anne Dufourmantelle. “Dofourmantelle nos ofrece en su libro – libro maravillado de lo que se encuentra en el devenir de su propia escritura – un hallazgo detrás de otro en relación a ese sueño que no está en ningún lado “antes” sino que “vive”, como posibilidad, en el cuerpo, en las huellas circundantes del instante primigenio”.

Por José Luis Juresa |  Imagen: “El sueño”, Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí

 

“La humanidad tiene necesidad de figuras de intercesión para que el sujeto pueda significar una palabra o un evento singular como no viniendo absolutamente de él”

A.D

1.

Entre las cuestiones por fuera del sentido común que aborda el psicoanálisis, está el interrogante “¿cómo puede ser que soñando se resuelvan cosas?” El título del libro de Anne Dufourmantelle, “Inteligencia del sueño” invita a indagar en su lógica, la del sueño, que nos habita en el cuerpo tal como si tuviéramos otras vidas posibles por hacer aparecer y eso fuera Real (tal vez de ahí la inquietud latente en el “irse” a dormir arriesgándose a soñar). Allí, en lo onírico, el cuerpo se reduce a su materialidad mínima, la de las imágenes del sueño, y nos devuelve a una suerte de lenguaje originario y sin palabras, mediante una reducción de los entreveros del significante y su sentido. Nos acerca a lo que podríamos analogizar a través del horizonte de sucesos de un agujero negro que sostiene la realidad de nuestro universo, en este caso nuestra realidad. ¿Podríamos resolver siquiera alguno de los enigmas del deseo sin esa reducción corpórea al mínimo de su acción y sin esa gravitación de lo “oscuro”, antireflejo, que se hace sentir desde su centro? (y que Freud denominó “ombligo del sueño”)

2.

En un grupo de estudio que coordino, una participante hizo referencia a la película de Guillermo del Toro, “La forma del agua”. En la devolución traté de relacionar o de vincular “lo acuoso” a una escritura “en el agua” que trata de imaginarizar el tipo de lectura de la que se trata en reemplazo de la clásica interpretación analítica, que está enteramente en el campo del Otro, en el registro de lo simbólico, del cifrado, y del inconsciente vinculado a los enredos del significante. Busqué tomar la referencia a esa película y relacionarla con lo que hace Lacan en sus últimos seminarios, el 24 y el 25 sobre todo, en los que se va quedando sin palabras, busca imaginarizar lo Real – habla del inconsciente real o se refiere a este – dice que el psicoanálisis es una estafa, que Freud es un débil mental – todos en el campo del Otro lo somos, por supuesto, en los enredos del sentido y en la parasitación de la lengua – disuelve la escuela que había fundado, en fin…y todo ese esfuerzo lo hace jugando con…¡el toro! Esa es la figura topológica con la que busca reducir el palabrerío a imágenes, casi como un retorno a una suerte de lenguaje de la infancia, eso que vuelve en los sueños. ¡Guillermo del Toro! Me pareció, cuando me di cuenta, una de esas casualidades muy pero muy significativas, y acierta, por la vía significante, sobre aquello de lo que estamos hablando con “la inteligencia” del sueño. La poderosa imagen de la película, nos devuelve sin querer un ejemplo de un discurso sin palabras: puro “cine”. Eso son los sueños: nos “llevan a ver” cuando estamos pasivizados por la inhibición motora del dormir, y así, nos “dejamos” llevar, nos entregamos. No hay huida, al menos no tan directa.

Pero con esa pasividad no alcanza, solo es condición. La entrega, el dejase “llevar a ver” del sueño es solo una actitud contemplativa. Hay que leerlo, después, e intervenirlo, como lo hacía Lacan cuando jugaba con las figuras topológicas. Esa intervención equivalente a la intervención y manipulación de las figuras topológicas – despojado del palabrerío interpretativo – es la lectura.  La lectura funciona como un corte, un corte con la pasividad del contemplador de sueños, eso que somos al dormir. Soñamos, pero no por soñar modificamos la realidad. Allí interviene el psicoanálisis, operando una lectura bajo ciertas condiciones. No es el caso explayarnos aquí sobre esto, lo único que vamos a decir es que eso que se lee en los sueños tiene el mismo carácter que el sueño: es ocasional, no se repite del mismo modo, es decir, no está “antes”, se produce entre dos, no tiene forma previa, no está escrito, funciona del mismo modo que una escritura en el agua que pierde la forma y la huella apenas sucede, como los sueños, que se diluyen, se pierden, si se los deja pasar, salvo en algunos casos y en algunos fragmentos muy vívidos. Por decirlo de otro modo: lo que se lee en análisis es del mismo tenor que lo que se sueña. Esa lectura es parte del sueño, pero realizado, convertido en vida “vivida”.

3.

Lejos de la organicidad, el cuerpo se consuma y “nace” en el arrojo del parto y su primera desolación, que se va a repetir en el instante de la muerte, pero también de cada muerte en la vida. ¿Acaso no hablamos de ese “arrojo” al dormir, tomando el riesgo de irse a una muerte – también “pequeña” – por la que muchos analizantes sienten incluso pavor, sosteniéndose en el insomnio? Riego de morir y de nacer, al mismo tiempo, a una vida otra y desconocida. Olvidamos que allí, en esa soledad de lo nacido, y en la impavidez del anonadamiento tras el llanto, el grito, el dolor, surge la esperanza de lo abierto y del futuro, una esperanza sin respuestas “a priori” y sin libros escritos para el nacido en su singularidad. Porque de tal singularidad no hay ley que se rija para la realidad en la que se habita, y la realidad misma será atada a un vínculo inalienable con ese instante previo de lo recién nacido y su soledad indescifrable, fuera de la Otredad representada en los padres, la patria, la comunidad, los hombres y las mujeres de nuestras vidas, el mundo…la vida será en relación indestructible con las marcas, la letra de ese cuerpo arrojado a lo abierto, desconectada del otro y al mismo tiempo, propiciada y cobijada en su seno. Siempre se retornará a ese instante que preside y viene después, desde el futuro, pero estará a la vez siempre antes, y en el único lugar posible en que ese “recuerdo”, esa memoria vive, es en el cuerpo.

La inteligencia del sueño retorna una y otra vez a esos lugares, para desenredarnos de los tejes y manejes del sentido, del Otro en su pretensión de consistencia, que nos termina haciendo creer que eso que siempre estuvo “adentro” solo está afuera y me excluye, que eso que siempre habitó en mi cuerpo lo posee el Otro y sus máscaras con las que me enredo en pensamientos sinuosos y sin otro sentido que el de su propia satisfacción de redondez, de completud. Del mismo modo, los creyentes pueden enredarse en los caprichos de dios como si éstos tuvieran un propósito “para mí”, cuando lo real es que en ese enredo Dios me toma, haciendo consistir su supervivencia.

4.

No hay “otro del otro” es precisamente eso. Sin embargo, parece que el ser humano se empecina en construirlo como a un ídolo. ¿para qué? ¿Cuál es la ilusión y su porvenir? Deberíamos pensar en que no tener un cuerpo tendría sus ventajas. Una podría ser no envejecer ni morir. La otra no sentir dolor. Pero todo eso implica también no vivir. Como una suerte de pacto con el diablo, se vive pagando el costo de una promesa de no sufrimiento que al mismo tiempo nos quita la vida. Una promesa solo se realiza si se renueva como tal, es decir, si evita que el sujeto se realice en la plenitud de su existencia, su vida. Salir de la contemplación del sueño para entrar en su pantalla, agujerearla, manipular su materia, despegar de la fascinación de lo aparentemente eterno, divino. Leer un sueño equivale a darle cuerpo y para vivir hay que reconocerse teniendo un cuerpo, que no es lo mismo que poseerlo. Sin embargo, la ilusión que recorre el sistema de cabo a rabo es la ilusión de poseerlo. Todas las ideologías nos reenvían a la ilusión de ser poseedores, incluso de un cuerpo como si se tratase de una propiedad, o un campo de dominio absoluto, y las promesas se reiteran en esa dirección: dominaremos y les devolveremos la dominación (posesión) de vuestros cuerpos, que es lo mismo que decir que seremos poseedores de nuestras vidas. Tenemos un cuerpo y tenemos una vida, lo cual no quiere decir que la poseemos, como quien tiene algo en las manos y hace lo que quiere con eso. Lacan dice que las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Los sueños nos retornan a esa singularidad en el primer instante en el que la pulsión hace su recorrido: con ese primer grito, mudo primero, representado después. Luz y oscuridad en un mismo acto, divididos, como una célula en reproducción. La luz se articula a lo opaco y gravita en torno a esa marca, la de un inconsciente radical respecto del cual ese decir del que la pulsión hace eco en el cuerpo es la existencia misma.

5.

Ya no estamos en el inconsciente del puro saber, plausible de ser significado en un descifrado de los enredos del significante, el sentido que se multiplica, por su propio “empuje”, haciendo o construyendo un saber sobre el inconsciente que pareciera entretenerse con su propia jerga, su propia jeringoza, en juegos y jugarretas cada vez más comunes, más asimilados.  Vamos por ese último tramo de Lacan, harto, cansado de la ficción que se envuelve a sí misma en los vericuetos del par mentira-verdad. Ese sin salida del Otro que tiene respuestas para todo e impide la novedad, el poema, la creación de una vida que no sea simple reproducción de lo anterior (siendo que lo anterior siempre son los padres, los nuestros, los de otros, los de anteriores generaciones, los “genitores de todo lo que sigue”). En lugar del sueño del Otro, en el que vivimos enajenados en la medida en que buscamos satisfacer los pensamientos del Otro y sus representantes (la autoridad, la familia, la patria, etc) esos pensamientos, se satisfacen en nosotros y no nos dejan en paz, porque nos tapan todos los agujeros del cuerpo, y por supuesto, nos los hacemos tapar, como si temiésemos esa soledad en la que los juegos del descifrado, las grillas de los crucigramas, ya no estén a nuestra disposición, y se acabara el entretenimiento. No es el descifrado, es el poema que habla por boca del sujeto como efecto del recorrido de la pulsión, dejando que se haga eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir: decir el sueño de lo Real. Esto significa: sueño de ningún Otro. Ni siquiera del propio, es otro que también soy yo.

6.

Dofourmantelle nos ofrece en su libro – libro maravillado de lo que se encuentra en el devenir de su propia escritura – un hallazgo detrás de otro en relación a ese sueño que no está en ningún lado “antes” sino que “vive”, como posibilidad, en el cuerpo, en las huellas circundantes del instante primigenio, donde la luz se divide de la oscuridad dejando los signos mudos de lo irrepresentable, vibrando como la radiación de fondo de un decir, y en una lectura que hace a ese decir, porque decir no es lo mismo que hablar, porque decir no se dice cualquier cosa. Siempre se dice acerca de lo mismo, de modos diferentes: lo inefable de esa desolación única, singular, aferrada a fragmentos, parcialidades, signos, como se aferran dos ojos impávidos a una luz aparecida en medio de la oscuridad. Ella lo escribe:

“Esta relación original con el mundo, cuyo fantasma es el nombre administrado por la madre, una madre que antes de ser personal, es a la vez dada en su totalidad y en fragmentos: la textura de una piel, un perfume, un rayo de luz, un tobillo que avanza, la reflexión de una sombra, una mirada, el cielo en un charco de agua, un presagio, un silencio que da miedo”

Podría decir “madre” como se puede decir “madre a la tierra” sin que se la abarque, en una palabra. Derivas de la pulsión, que en sus parcialidades bordea lo imposible: la organicidad de un cuerpo que solo tiene vida por lo que sostiene de inadaptado a la mecánica de su ensamblaje bioquímico, al revés de las pretensiones de la ciencia, que busca tener “la última palabra”. Al contrario, ahí aún no hubo nadie que diga y las posibilidades de que la realidad sea de tal o cual manera se sostienen, hasta que algo colapsa en un decir, hundiendo en una “elección forzada” las posibilidades de lo aún no dicho. Allí no hay vuelta atrás: el tiempo se hace Real. El sueño de lo Real es eso: la imagen de lo que nadie espera, un agujero que da paso a un decir, el agujero de la voz y la mirada atravesados por una escucha que lee. El sueño de lo Real es lo que se convierte en vida desde las tinieblas de lo no nacido, demanda muda que no tiene asegurada su respuesta, la de volver a vivir. La vida es el único eco de la muerte.

Y el sueño de lo Real no nos piensa a nosotros, simplemente nos toca, y nos toca en la medida en que no huimos, porque el aspecto motor, no inhibido, nos multiplica en un sinnúmero de acciones distractoras, ruidos que no permiten escuchar la irradiación de fondo que queda de ese origen incierto, allí donde ya no caben los enredos de la mentira y la verdad. Soñar nos permite hacer “silencio de acciones” y dejar que el silencio se mueva en nosotros y, como un fantasma que a veces se materializa, nos roce el cuerpo, se haga pulsión del lado de la vida, se transforme en sueño, actuando como un enviado, un intercesor, un aparecido, un ángel de la anunciación o un demonio, un presagio o una adivinación en ciernes…

“El sueño viene a anunciar la realización de lo que nosotros querríamos decir, pero no sabemos vivir”

7.

Vivir, finalmente, tiene mucho que ver con un decir que sabe, pero que no se piensa. Esa es la materialidad en juego: la materialidad de un decir que nos arroja del mismo modo en que los dados dan cuenta de que los números son limitados, no son cualesquiera, pero no se sabe cuáles son hasta que se arrojan. Eso equivale a un decir, y es el decir del sueño, sueño de lo Real, que “recuerda” al sujeto, siempre desde el futuro, y lo anticipa, si hay otro que lo lea. Freud inventa un dispositivo para un lector, el analista, y leer en el sueño de lo Real, el “recuerdo” de la ligadura al Otro que le da sentido, pero no identidad. El sujeto no tiene identidad, no es estático, es una vibración, una agitación, un movimiento que por momentos deja un trazo, una huella, en su roce con el cuerpo. Pero no es definitivo y único, ni pretende coherencia absoluta. Un psicoanálisis pasa por allí, por ese acto de arrojo, para encontrarnos con lo indescifrable, el límite, las caras con las que están hechos nuestros dados, y los signos que lo componen: ya no hay más significación, ya no hay más sentido, solo “se sabe” como “sabe” el cuerpo ponerse donde vive, donde respira, y de eso, nada piensa. El Otro está ahí, sí, para jugar, para que el juego tenga sentido como tal, para que mi “acto de arrojo” se sostenga.

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