viernes 19 agosto, 2022

“EL PASADO NOS OFRECE LA POSIBILIDAD DE PENSARNOS”

En conversación con Fixiones, la doctora en Sociología Elizabeth Jelin reflexionó acerca del modo en que se construyen memorias sociales, el diálogo entre diferentes generaciones y las posibilidades de que la sociedad, y en particular los jóvenes, se apropien de las luchas del pasado.  

Por Juan Funes |  Foto: Estrella Herrera

¿Cómo se apropian las nuevas generaciones de las luchas del pasado?; ¿se puede transmitir un legado político de resistencia y acción política?; ¿cómo se mantiene viva la memoria? La memoria misma es un campo de lucha, una resignificación constante del pasado al calor de las dinámicas políticas, sociales y culturales del presente. La doctora en Sociología e investigadora de Conicet Elizabeth Jelin dedicó buena parte de su carrera como académica al trabajo sobre las memorias en torno a la última dictadura y a la incorporación de la perspectiva de género en estos estudios. “Mis investigaciones y mis convicciones indican que cada generación va a apropiarse de lo que quiera de lo que se les quiera transmitir”, sostiene Jelin en conversación con Fixiones. Para ella la idea de “transmisión” es problemática porque supone que es una verdad la que se transmite. “La pregunta que me hago en este campo tiene que ver con qué tipo de diálogos se pueden entablar entre generaciones, de modo que esas otras y otros que supuestamente no participaron, no tuvieron experiencia, puedan apropiarse de lo que quieran. Van a hacer lo que quieran porque tienen libertad de hacerlo. Esa creo que es la clave de la cuestión”. 

“El desafío histórico reside en el proceso de construcción de un compromiso cívico con el pasado que sea más democrático y más inclusivo”, escribió Jelin en su libro La lucha por el pasado: Cómo construimos la memoria social, que reúne una serie de textos en torno a las memorias, las luchas de los organismos de derechos humanos y la última dictadura. Una de las primeras cuestiones a definir, entonces, es qué quiere decir “memoria”. “¿Es memoria la vivida, la que una tuvo en carne propia, la experiencia personal, o es compartir un contenido cultural?”, se pregunta Jelin. “Si le vamos a dar todo el poder de verdad a aquel o aquella que tuvo la experiencia en su propio cuerpo, ni esa va a ser ‘la verdad’ ni hay ahí mucha posibilidad de transmisión, porque nadie más tuvo esa experiencia”, agrega.

En sus investigaciones, Jelin habla de “familismo” para referirse el modo en que tomaron cuerpo los reclamos de derechos humanos durante y luego de la última dictadura, algo que, para ella, estableció “una especie de jerarquía de la palabra de quién puede hablar y quién tiene más legitimidad de la palabra”. En primer lugar, en ese sentido, están las víctimas, “que tienen una experiencia para contar, para expresar, lo cual tiene una parte que tiene que ver con su propio proceso psicológico, histórico, cultural de volver a encontrarse con sí mismos después del sufrimiento”. Otra parte tiene que ver “con contar, expresar, aquí yo diría transmitir, con un sentido distinto de la noción de transmitir, de que otros y otras conozcan esa experiencia. Ahí viene el testimonio”, explica.

En segundo término se formaron las organizaciones de los parientes más cercanos a las víctimas, como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, después H.I.J.O.S y Hermanos. Jelin cree que, más allá de la militancia de estos espacios, debería haber una apropiación de lo ocurrido durante la última dictadura por parte de la sociedad toda. 

El gran interrogante es cómo interpelar a los distintos sectores de la sociedad, y en particular a los y las más jóvenes, para que se involucren en la construcción de memoria, para que, en definitiva, tomen la palabra. Jelin destaca que proyectos como Jóvenes y Memoria  –iniciativa impulsada por la Comisión de la Memoria de la provincia de Buenos Aires en 2002 y de la que participaron desde entonces unos 185 mil jóvenes, según la página oficial– son buenos ejemplos. “El programa no está dictado por la consigna ‘hay que recordar el 24 de marzo’, sino que el protagonismo lo tienen los jóvenes. Ellos y ellas definen cuál va a ser su proyecto de trabajo durante el año  y trabajan sobre temas diversos: trata de personas, violencia institucional, sobre acoso, sobre contaminación ambiental. Montones de temas que hacen a los derechos humanos que se vinculan con la expansión de la noción de derechos humanos, pero que no necesariamente están directamente vinculados a algún acontecimiento de la dictadura”, sostiene. 

 

Los feminismos y la memoria

En la vasta trayectoria de Jelin como investigadora, trabajó en profundidad en torno al tema de las memorias y de los feminismos. La académica remarca una diferencia importante en el modo en que las nuevas generaciones se apropian de esas luchas, de esos movimientos. “El feminismo tiene una larguísima historia y es muy poco lo que encontramos hoy en día de recuperación de esos pasados. Parecería como que se inventó ahora. Como si empezara todo de nuevo”, advierte. 

“El pasado nos ofrece la posibilidad de pensarnos en nuestras trayectorias en un campo y en el otro”, asegura Jelin. Sin embargo, ella percibe “una gran disociación” en las generaciones de jóvenes progresistas: “por un lado van al pasado de la dictadura y dicen sigamos, mantengamos esta línea, y en el feminismo, no, lo inventamos ayer. Será que soy una vieja feminista que dice ‘ojo, chicas, que muchas de las cosas que están haciendo ahora, vayan a mirar lo que hicieron las feministas a principios del siglo XX o las más recientes, de las décadas del setenta, ochenta, noventa’”.

 

Deudas y desafíos

El avance de las derechas a nivel internacional y local presenta un desafío para quienes buscan impulsar procesos de memorias en torno a los derechos humanos, a las luchas históricas. ¿Cuál es la mejor manera de enfrentar a estos discursos? Una tendencia que muchas veces se esgrime es la de prohibir discursos negacionistas. Jelin considera que prohibir desde el Estado ese tipo de manifestaciones no es un camino inteligente. “Es fundamental mantener las libertades democráticas y que la gente, mientras no hiera a los otros, pueda hablar. Mejor que hable, porque si se les prohíbe la palabra van a gritar mucho más, van a empezar a tirar piedras y otras cosas. En un régimen democrático tenemos que ser capaces de escuchar lo que no nos gusta, siempre que sean palabras. Cuando sea otra cosa, el escenario cambia”, afirma. Lo que buscan estos sectores, en suma, es construir una narrativa en la que se victimizan por ser censurados. En ese sentido, Jelin agrega que “lo peor que se puede hacer es darles el lugar para que sean víctimas”. 

También considera que es central que sigan avanzando los juicios contra las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura. Entre las deudas sobre las que falta saldar en relación a ésto, Jelin destaca “la complicidad de la iglesia con la dictadura” y “los crímenes sexuales”. “Cuando estos crímenes y estos curas estén en el banquillo de los acusados, vamos a hablar de algo más. Hay una iglesia que quedó impune y a mí me importaría mucho que se puedan juzgar los crímenes cometidos, y no solo durante la dictadura. Son crímenes que hacen a la identidad y a la dignidad humana, de parte de quienes tendrían que ser los bastiones del humanismo”.

El desafío central de los organismos de derechos humanos y de la lucha por la memoria es siempre el mismo: transformar la realidad. La gran pregunta, apunta Jelin, es entender “cuáles son las condiciones en las que podemos emancipar, transformar, como queramos llamarle”. “Las estrategias utilizadas en los años setenta no se aplican en 2022. La conformación de la situación económica, social, cultural y política es otra. Decir ‘hagamos lo mismo’, es una ridiculez”, apunta, y subraya que “los fracasos a los que llegaron cierto tipo de estrategias, especialmente las estrategias armadas, es una enseñanza para mirar el futuro”. 

Más allá de sus análisis, de sus críticas y apreciaciones, Jelin mantiene el optimismo: “hay personas que piensan que se puede cambiar el mundo. Yo, a pesar de mi vejez, pienso que tenemos las herramientas para cambiar el mundo. El futuro no es inimaginable porque podemos imaginar cualquier futuro”.

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