domingo 27 noviembre, 2022

UNA HISTORIA QUE PREFIERO CALLAR: LA NOCHE DE LOS TRES PRESIDENTES

Esta semana se cumplen 25 años de la noche en la que Ecuador tuvo tres presidentes en simultáneo. Sí, tres. Fueron días convulsionados, en los que la sociedad y los sectores políticos ecuatorianos escribieron un capítulo más a la inestable y crítica década del noventa para Latinoamérica. Movilizaciones populares, Fuerzas Armadas involucradas, un presidente “mentalmente incapaz”, una presidenta mujer por primera vez en su historia y hasta la presencia de Domingo Felipe Cavallo, son algunos de los detalles que marcaron el 6 y 7 de febrero de 1997 en Ecuador.

Por Juan Pablo Sorrentino

“Es una historia que prefiero callar / Mas no soporto y la tengo que contar”. Así inicia la canción El Desengaño del grupo Los Iracundos, interpretada por uno de los protagonistas de esta historia. Es frecuente que desde los distintos pueblos que hacen a Latinoamérica, sus integrantes construyan una imagen de la historia de su país como algo excepcional. Quizás embebidos por un espíritu patriótico, tiendan a pensar en los distintos hechos destacados que atraviesan como momentos únicos, sin comparación ni repetición.

Sin embargo, desde nuestras independencias y revoluciones de principio del siglo XIX (e incluso puede rastrearse en la historia de las sociedades americanas mal llamadas “prehispánicas”), la evidencia histórica demuestra que los países y naciones que hoy conforma Latinoamérica han atravesado un camino que conoce más de homogeneidad, integración y procesos simultáneos, antes que de excepcionalidades y rupturas, aún reconociendo particularidades, claro.

Siguiendo esta lógica, aún en la década que se está iniciando podemos ver a Latinoamérica como un todo que se mueve hacia y desde momento-espacios históricos similares. Y la década de los noventa no fue una excepción: experimentamos cómo el neoliberalismo y los preceptos del Consenso de Washington penetraron, más temprano que tarde, en las fronteras políticas y económicas de todo nuestro continente, y Ecuador, quien protagoniza esta nota, no fue la excepción.

Si volvemos a leer el título de esta nota, nos vendrá rápidamente a nuestra memoria los tristemente célebres “cinco presidentes en una semana” de nuestro 2001. ¡¿Cómo que hubo otro país que también tuvo una crisis de representación como la nuestra?! ¡Y encima tres presidentes en un sólo día y en simultáneo! No será esta la única arista donde se toquen Argentina y Ecuador en este relato, se los adelanto. Frenemos y hagamos una aclaración. En el título hay un error. No fue “la noche de los tres presidentes”, fue “la noche de los dos presidentes y la presidenta”. Seguimos con los hechos. 

Los hechos

El primero de nuestros protagonistas es el presidente electo democráticamente en 1996, Abdalá Bucaram, quien llega al Palacio de Carondelet tras la fallida presidencia de Sixto Durán Ballén, quien durante su gestión trabó sendos acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, medidas neoliberales mediante, y llevó a Ecuador a la Guerra del Cenepa con Perú. ¿Les suena? Esa guerra en la que se acusaba a Menem y su círculo más cercano de haber traficado armas a Ecuador.

Si hiciéramos una radiografía rápida, podríamos decir que la carrera política de Abdalá Bucaram se inicia con el trágico fallecimiento en un accidente aéreo de su hermana y cuñado, el ex presidente Jaime Roldós Aguilera, a principios de los años ochenta, lo que lo lleva a fundar el Partido Roldosista Ecuatoriano. Bajo este signo, inicia su carrera política ocupando el cargo de Alcalde de Guayaquil en 1984. 

De todas formas, Abdalá Bucaram va a ser recordado, también, por su desfachatado estilo, que nos recuerda al Menem más mediático y televisivo: supo ser abanderado olímpico de Ecuador en Múnich 1972, llevaba un bigote “a lo Hitler” sin sonrojarse, tenía una mascota a quien llamaba “Bill Clinton”. Quien fue presidente del Barcelona Sporting Club de Guayaquil, era además un optimista cantautor (les recomiendo buscar en distintas plataformas el disco editado en 2020, Un loco que canta), todo un personaje.

¿Qué tiene que ver todo esto con el título de la nota? Vamos por partes. Abdalá Bucaram va a llevar adelante un programa de gobierno estrictamente neoliberal. En pocos meses todas sus propuestas económicas vinculadas al empoderamiento de la economía de los sectores populares se esfuman, dando paso a lo más ortodoxo de las recetas del Consenso de Washington, tarea coordinada y planificada por… redoblantes… Domingo Felipe Cavallo. Sí. No contento con estropear la economía argentina, el Chicago Boy del San Francisco cordobés, también hundió sus narices en Ecuador.

Si al ajuste producido por estas medidas se le suman distintas denuncias probadas por corrupción, se entiende por qué el gobierno de Abdalá Bucaram va a durar menos de seis meses. A principios de febrero de 1997, distintos ex presidentes, candidatos a presidentes, legisladores, funcionarios de distinto rango y miembros de distintos partidos políticos, comienzan a urdir la trama de su destitución. 

Tras manifestaciones populares realmente considerables a principios de febrero, en contra del antipopular presidente, el Congreso pone en marcha la destitución de Abdalá Bucaram. Apoyados en el artículo 100 de la Constitución, verdadero comodín de las democracias liberales para destituir presidentes (repasen, sino, lo ocurrido en Perú en los últimos años o en Brasil con Dilma Rousseff), sólo debían alcanzar la mayoría simple para correr a Abdalá Bucaram de su cargo. Con 44 de 82 votos, la destitución se hizo efectiva la noche del 6 de febrero de 1997. Pero a Abdalá Bucaram no se lo destituye por corrupto ni por atentar contra la economía ecuatoriana, se alega que era “mentalmente incapaz” (no es curioso que a partir de allí se lo apodara El Loco). Sin examen médico, juicio justo ni posible defensa.

A pesar de la destitución confirmada, Bucaram se niega a dejar el cargo y se recluye en su “cuna”, la ciudad de Guayaquil. Desde allí ve cómo las Fuerzas Armadas no salen en su defensa, sino que se mantienen en parsimonia, y cómo el Congreso nombra como presidente interino a quien presidía el cuerpo, Fabián Alarcón (representante del Frente Radical Alfarista, de tinte liberal clásico).

Alarcón, quien sería el segundo presidente en simultáneo en estos hechos, asume como presidente la madrugada del 7 de febrero, sin atender los reclamos de quien fuera la vicepresidente de Bucaram, Rosalía Arteaga.

Arteaga –quien fuera la fundadora del Movimiento Independiente para una República Auténtica, partido que se alió al Partido Roldosista Ecuatoriano para las elecciones de 1996– reclamaba para sí la investidura presidencial. Primer ministra mujer de la historia de Ecuador durante la presidencia de Durán-Ballén, primera vicepresidenta de la historia ecuatoriana, Arteaga contaba con el visto bueno de parte de la sociedad ya que también fue parte de la trama destituyente a Bucaram.

Si bien en 1995 se había eliminado el artículo constitucional que reconocía la sucesión presidencial al vicepresidente en caso de acefalía, los “usos y costumbres” de las democracias liberales hacían creer que Arteaga sería la designada para suceder a Bucaram. Y así fue. O, al menos, en parte.

Desconociendo la investidura de Fabián Alarcón, Arteaga se autoproclama presidenta la madrugada del 7 de febrero, convirtiéndose en la primera mandataria mujer de la historia de Ecuador. Bucaram desde Guayaquil, Alarcón por el Congreso y Arteaga por ser la vicepresidenta, Ecuador tuvo entre el 6 y 7 de febrero, tres presidentes en simultáneo. Imposible que esto funcionase.

En medio de una incertidumbre fulminante y de una movilización popular considerable, Bucaram abandona sus pretensiones y el país el 8 de febrero. Alarcón acepta la nulidad de su nombramiento el día 9. Rosalía Arteaga, entonces, será quien asuma en soledad el cargo presidencial. Durará tan solo hasta el 11 de febrero, cuando renuncia por no contar con el apoyo de las Fuerzas Armadas ni del Congreso.

Allí se abre el camino para Fabián Alarcón, quien será presidente hasta el 10 de agosto de 1998, cuando se convoquen elecciones y se reforme la Constitución. Su vicepresidente será, nada más y nada menos que… ¡Rosalía Arteaga! Con Alarcón se confirman las primeras líneas de Marx en El XVIII Brumario de Luis Bonaparte: aquello de que la historia ocurre dos veces, como gran tragedia y como miserable farsa, ya que volverá a ser asesorado en materia económica por Cavallo, se profundizaron las medidas neoliberales y fueron heridas de muerte las instituciones democráticas de Ecuador.

Advertido de lo que era capaz el Congreso, Alarcón impulsa e impone una reforma Constitucional, similar en varios puntos a la Reforma Constitucional menemista de 1994 (¡vieron que no eran pocas los vínculos con nuestros años ‘90!). La Constitución ecuatoriana de 1998 se presentará como progresista, reconociendo derechos, por ejemplo, para los pueblos originarios, pero esconderá reformas neoliberales estructurales que dotarán de “superpoderes” económicos al poder Ejecutivo, le asegurará al sector privado un lugar permanente en el diseño de la política financiera, restringirá al Congreso en su rol de organismo de control y aprobación del presupuesto y dará autonomía financiera, monetaria, crediticia y cambiaria al Banco Central.

No sería del todo correcto hablar, en este caso, de la mano invisible del mercado de Adam Smith, sino más bien de una bien visible y evidente: la de los intereses del capital financiero internacional, en su variante neoliberal globalizante, con Cavallo como emisario.

Así terminaba esta tragicómica noche de los dos presidentes y la presidenta, pero que daba inicio a un ciclo de inestabilidad política y económica que recién sería encauzado casi una década después, con el ascenso al poder de la Alianza Patria Altiva y Soberana.

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