miércoles 25 mayo, 2022

TOXICOMANÍAS: ¿EL PROBLEMA ES EL OBJETO?

La tragedia de Puerta 8 puso en el centro del debate el consumo de drogas, el fracaso del abordaje punitivista y la necesidad de una perspectiva de salud integral para pensar el asunto. ¿Qué herramientas brinda el psicoanálisis para pensar y tratar casos de consumos problemáticos?, ¿cuáles son las características del contexto que empujan a los sujetos a consumir todo tipo de sustancias? 

Por Emiliano Montelongo | Fotos: Melisa Molina

 

Nosotros llevábamos la enfermedad antes de haber consumido la primera dosis, porque había algo que andaba mal, había algo que estaba vacío y que pensábamos que debíamos llenar. (Pablo Ramos, 2016)

Decenas de muertos e internados por consumir cocaína adulterada que fue vendida en el barrio Puerta 8, del partido bonaerense de Tres de Febrero. Casos de externación, alta y vuelta al consumo que llevó a una nueva internación. En este caso puntual se trató de adultos, principalmente de baja condición socioeconómica. Sin embargo, los consumos problemáticos son transversales a diferentes generaciones y clases sociales.

A grandes rasgos se pueden plantear dos tipos de posturas en relación al tratamiento de esta problemática: una punitivista, que apunta al aumento de personal policial, defendiendo lo que supone una lucha contra el narcotráfico; y, por otra parte, una perspectiva que tiene en cuenta la subjetividad de aquellos que consumen, poniendo el foco en estrategias de promoción, prevención y atención de la salud.

Es una situación compleja alrededor de la cual se escuchan voces disímiles a la hora de elegir dónde poner el acento, los recursos públicos y la atención. Sin pretender dar aleccionamientos morales, podemos plantear que se trata de un problema de época articulado a lo singular de cada uno.

 
Un acercamiento psicoanalítico

El psicoanalista Fabián Naparstek propone pensar la historia del sujeto con las drogas como algo distinto a la historia de las toxicomanías. La primera es milenaria y se ha articulado durante mucho tiempo en torno a rituales religiosos en diversas culturas. La segunda es reciente y tiene que ver con un modo particular de relación -compulsión- que establece el sujeto moderno con los objetos de consumo.

Este segundo caso, que corresponde a las toxicomanías propiamente dichas, a las adicciones o drogadependencias – según desde donde sean nombradas- son pensadas desde el psicoanálisis como situaciones en donde se da un desenganche entre el sujeto y el Otro social, el Otro del lenguaje, el Otro del sexo, dando como resultado una relación libidinal diferente con el objeto.

Asimismo Naparstek señala que esta relación particular de consumo surge una vez que el síndrome de abstinencia es nombrado como tal luego de la aplicación de morfina a heridos durante la guerra civil de 1861 en Estados Unidos. A partir de allí, los aullidos y alaridos fueron reemplazados por el silencio en los hospitales.

Hay una relación, entonces, entre el silencio y la adicción, entre acallar un dolor y la relación compulsiva con las sustancias.

Más allá del dolor propiamente físico, podríamos pensar qué otras formas del dolor se silencian con el uso de narcóticos y qué diferentes tipos de tratamientos pueden ofrecerse, sin banalizar la cuestión proponiendo que todo es producto de lo no dicho ni realizar falsas promesas alrededor del método catártico. Pero sí pensando en los tratamientos posibles mediante la palabra que tienen en cuenta a la singularidad del sujeto.

El escritor Pablo Ramos, en su libro “Hasta que puedas quererte solo”, donde relata su paso por el programa de los Doce Pasos de Narcóticos Anónimos, afirma que escribir es, entre otras cosas, una forma de civilizar el dolor. A su vez, menciona una frase de Santa Teresa: “Las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura”. Aparece nuevamente, esta vez en el texto de alguien que ha vivido en su propia carne el problema de las toxicomanías, la importancia de la palabra como ordenadora y vehículo hacia la ternura, que es pensada por el autor como único lugar en el que es posible pensar un vínculo con el otro que no sea de hostilidad.

¿Qué perspectiva privilegiar en estas situaciones?; ¿es un problema meramente policial?; ¿se trata de un problema que debe llevarnos a replantear la relación que establecemos con los objetos de consumo? 

Juan Carlos Indart sostiene que el goce enloquece cuando queda articulado al fantasma de un Otro completo que puede alcanzar el goce total. En este caso se busca el goce absoluto que venga a resarcir al sujeto de todas las pérdidas que haya tenido en su vida. Cabe aclarar que las pérdidas son las referidas a la castración del sujeto, no hace falta imaginar que sean necesariamente muertes de alguien cercano o situaciones de ese estilo que propone el sentido común. Esas pérdidas son las que se buscan obturar en la relación compulsiva con el objeto/sustancia. Todo esto funciona de un modo particular en una época que realiza, con cada novedad, una promesa de felicidad mediante el marketing y la venta de mercancías.

Pero ese objeto supuestamente pleno nunca logra llenar ese agujero instaurado por la pérdida generalizada de la castración que nos atraviesa a todos y muy pronto el sujeto relanza el circuito pulsional en busca de un nuevo objeto, un nuevo consumo, estableciéndose una relación compulsiva. Jaime Fernández Miranda sostiene que esta compulsión se caracteriza por una alteración en la temporalidad, en donde no se puede soportar el hiato que separa el presente del futuro y prima la inmediatez. Como cantaba Luca Prodan en Sumo, no sé lo que quiero, pero lo quiero ya.

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