domingo 27 noviembre, 2022

"PENSAR EL MUNDO JUNTAS"

Las integrantes del colectivo artístico Piel de Lava repasan su historia en conversación con Fixiones. Desde la decisión de desarrollar una carrera como grupo, el posicionamiento político desde las autorías colectivas de cada una de sus obras, hasta los planes a futuro. “Tuvimos la lucidez y el privilegio de poder imaginar una adultez a nuestra medida, en banda, siempre en banda. Y la fundamos”, expresa una de las artistas.

Por Josefina Frega / Fotos: Martina Solari Arena y Josefina Frega 

Mujeres poderosas, creativas, pero por sobre todo, abiertas a explorar el arte y cuestionarse. Siempre cuestionarse. Desde hace 18 años. Ellas son el Grupo Piel de Lava, un colectivo de amigas artistas conformado por Elisa Carricajo, Valeria Correa, Laura Paredes y Pilar Gamboa. Todas actrices, dramaturgas y directoras.

“Piel de lava funciona como un laboratorio de deseo”, definen. Un deseo que para ellas “no es ni más ni menos que preguntarse ¿qué queremos actuar ahora? ¿Qué universo nos interesa investigar a partir de eso?”.  También, “es un hogar al que siempre se puede volver”. Y a pesar de que dicen que no quieren hacer un relato idílico de la amistad, sienten que sus vidas son impensables sin el grupo. “Aunque cada una haga su propio recorrido, Piel de Lava es siempre un lugar de pertenencia, referencia, identidad y prueba”, comenta Elisa Carricajo.

Petróleo, una de sus obras más resonantes, se convirtió en un fenómeno teatral y no es para menos: en la pieza logran componer a cuatro “chabones” que trabajan en un pozo petrolero, habitando identidades, investigando el género desde lo físico, de una manera muy graciosa y original. No es casual que desde que la estrenaron en 2018 en el Teatro Sarmiento, no hay lugar en el que se presenten en el que no llenen la sala.

Sin embargo, el trabajo que tienen hecho no se reduce sólo a Petróleo, sino que es uno muy extenso: Piel de Lava nace a principios de los 2000. Por aquel entonces todas estaban formándose en la actividad teatral. Compartieron docentes en común, como Rafael Spregelburd, Alejandro Catalán, entre otros. Y fue en esos talleres de investigación donde se fueron encontrando. Era una época a la que recuerdan como de “mucha ebullición teatral, de creación colectiva y de ponerse a hacer”. En el 2003 armaron su primera obra que se llamó Colores Verdaderos. “En ese entonces todavía no teníamos un nombre, ni siquiera pensábamos en eso, pero lo que sí quedaba claro y era muy contundente era la sensación de haber encontrado una pandilla. Por sobre todas las cosas, una pandilla de amigas con las que reír y pensar el mundo juntas”, relata Gamboa.

Fue recién para la creación de su segunda obra, que se llamó Neblina, que les entusiasmó la idea de ponerse un nombre. Entonces, una tarde, que Gamboa recuerda “como si hubiese sido anteayer”, en su guarida por excelencia de aquel momento que era la casa de Carricajo en Palermo, (“cuando Palermo era sólo un señor con su silla sentado en la vereda”, aclara Gamboa), se les ocurrió poner las iniciales de las cuatro y ver qué pasaba. Y ahí nació, a lo que definen con simpatía como “la tontera” de Pi (Pilar) EL (Elisa) de LA(Laura) VA(Valeria). “¡Tardamos mucho tiempo en confesar que el nombre del grupo tenía la misma lógica que la de los Midachi!”, bromea Gamboa.

Desde su formación en 2003, además de Colores verdaderos (2003), Neblina (2005) y Petróleo (2018), el grupo presentó Tren (2010) y Museo (2014), también construidas a partir de la indagación sobre mecanismos de actuación y la dramaturgia grupal. A través de estas creaciones, Piel de Lava encontró una forma de trabajar propia que “le da la bienvenida al caos”, piensa Laura Paredes. A partir de Tren, sumaron la codirección de Laura Fernández. En cine tuvieron su retrospectiva con La Flor (2018), el monumental largometraje del realizador Mariano Llinás, rodado y editado a lo largo de diez años.

-¿Cómo son los procesos de trabajo hasta que decantan en una obra?

Pilar Gamboa: -Para cada obra son procesos distintos, aunque ahora que ya pasaron veinte años de trabajar juntas vimos que tenemos un método de creación que se repite. Empezamos arrojando sobre nuestras reuniones eternas de encuentro, ensayo, merienda, cena un abanico de deseos que confluyen en un universo único que nosotras llamamos “mundo”. También investigamos y eso abarca improvisar, leer textos, ver películas, salir y escribir. Una dramaturgia desprolija de ideas, borradores y bajadas de improvisaciones que van conformando la futura obra. Y junto con Laura Fernández, que escribe y dirige con el grupo hace ya casi 10 años, mantenemos una premisa: la que escribe no corrige. El texto empieza a ser moldeado por todas las manos del grupo hasta tal punto que en un momento ya no recordamos quién escribió qué cosa. Eso es extremadamente mágico porque es la aparición de la voz colectiva por excelencia.

-¿Cómo fue evolucionando el grupo? ¿Qué sienten que se mantiene permanente y que va mutando?

Laura Paredes: -Creo que existió una evolución que tuvo que ver con auto legitimar ciertas prácticas que, vistas de afuera podían parecer caóticas, pero que son fundamentales en nuestros procesos creativos. Hay una manera de trabajar nuestra que es muy ruidosa, de mucho agite, de charlas interminables y que se vuelve una especie de maquinaria para encontrar lenguaje, dinámicas y personajes. Esa manera de trabajar es permanente y constitutiva del grupo y es la que nos lleva de una obra a la otra. Las mutaciones quizás se generan por las condiciones de producción de las obras. Petróleo la ensayamos dos meses porque se estrenó dentro del circuito oficial y Tren, dos años, porque se estrenó en el circuito independiente. Lógicamente esas condiciones materiales producen diferentes dinámicas. Y eso quizás es lo que aprendimos con el tiempo. A defender nuestra forma de trabajo y poder desplegarla en diferentes esquemas.

-En una entrevista dijeron que el grupo en sí mismo es una posición política, ¿qué significa eso para ustedes?

-Cuando publicamos nuestras obras, Rafael Spregelburd muy cariñosamente escribió en el prólogo, a propósito de la creación colectiva: “el teatro vuelve a enseñarle a la sociedad algo de su funcionamiento ideal, algo olvidado, algo cooperativo y fundamental”. Y creo que nos sentimos identificadas con algo de ese pensamiento. Aunque estemos lejos de querer enseñarle algo a alguien, tomar la decisión de insistir en una autoría colectiva es una posición política. Es creer que se puede crear con otros y que la potencia de varias cabezas entregadas a esa fricción produce algo que, de alguna manera, es nuevo. No estaba en los planes de nadie. Solo sucede allí, cuando varios cuerpos se juntan.

 

 

-¿Por qué creen que Petróleo se convirtió en un fenómeno teatral que sigue convocando al público?

Valeria Correa: -Petróleo dio en una tecla, en un contexto donde el tema de género estaba en plena ebullición a nivel popular. Fue sincrónico a la evolución de la lucha del feminismo en el sentido de ocupar el espacio público. Y, no casualmente, pero tampoco de forma premeditada, tocamos el tema desde otro punto de vista, corriendonos de la responsabilidad que puede tener un discurso puramente ideológico y militante, para hacer teatro, donde el humor o los límites de la responsabilidad son otros, y terminamos armando algo que a nosotras nos representa muchísimo en la búsqueda de romper el binarismo. Y evidentemente hubo una identificación muy catártica en el público, porque lo que se da es una fiesta de mucha conexión con lo que hacemos. También creemos que mostrarnos como grupo, que es lo que somos, pero mostrar un trabajo donde eso se vuelve evidente y donde tiene mucho valor lo grupal, es muy bien recibido y agradecido en un contexto donde todo tiende a la individual.

 

-¿Creen que Petróleo fue una bisagra para el grupo?

V.C.: -Fue una bisagra a nivel producción (porque fue la primera vez que hicimos una obra en un teatro público) y también porque pasamos de que nos vean 80 personas por función en una buena racha, a tener 2500 espectadores cada semana. Nos amplió el panorama de recepción de lo que hacemos. Y eso se volvió algo muy festivo en sí mismo, y lo es todavía.

 

-¿Les parece que la obra invita a ver cuerpos que habitan identidades que se resquebrajan, construyen, deconstruyen? 

V.C.: -Si, Petróleo invita a ver el femenino-masculino y todas las variantes que nos habitan, o todas las posibilidades de construcción y deconstrucción que tenemos, pero sin volverlo temática, sino cuerpo. Nosotras en principio buscábamos divertirnos, explorar, hacer algo nuevo para nosotras, pero descubrimos eso y mucho más: encontramos los chabones que habitaban en nosotras, toda esa energía que estaba en el closet de la actuación. Y eso es un antes y un después fascinante. Tuvimos muchísimo cuidado desde el minuto cero, de no caer en estereotipos y no habitar a estos chabones desde el prejuicio, sino desde la sensibilidad que requiere cualquier particularidad. Igualmente es algo que hicimos siempre en nuestros trabajos. Habitar sensiblemente mundos que a priori desconocíamos, quererlos en sus miserias también, darles oportunidades, y al final siempre descubrimos universos muy parecidos al nuestro. La grupalidad es compleja y alucinante en cualquier contexto.

-¿Qué balance hacen de estos años recorridos?

Elisa Carricajo: Los años recorridos ya son muchos. Casi la mitad de nuestras vidas. Y gran parte de nuestras vidas adultas. A veces dan ganas de volver y abrazar a esas jovencitas por la claridad y la tozudez de fundar un grupo. No sabíamos nada, pero a la vez creíamos que el camino iba a ser mejor juntas. Después obviamente que esa claridad tuvo que ir encontrando su forma, sus reglas, su posibilidad de permanecer en el tiempo. Y en ese camino hubo de todo. No es por hacer un relato idílico de la amistad. Pero desde acá conmueve muchas veces esa claridad. La primera obra que hicimos, Colores Verdaderos, hablaba de dos chicas de 25 años que se sentían viejas. Que pensaban que tenían que ya ser adultas y no imaginaban cómo.  Seguramente en ese momento, mientras pensábamos y nos reíamos de eso, de los signos berretas de la adultez, tuvimos la lucidez y el privilegio de poder imaginar una adultez a nuestra medida, en banda, siempre en banda. Y la fundamos.

-¿Tienen pensado algo sobre lo que les gustaría trabajar a futuro? ¿Hay proyectos en puerta?

E.C: -Actualmente acompañamos La prueba 8 de Matías Feldman, que se estrena en mayo en el teatro Cervantes. Dos de nosotras como intérpretes y el grupo en su totalidad que acompaña y complementa el proceso que escribe y dirige Matías. Es la primera vez que formamos parte como compañía de un proceso de otra compañía teatral. Además vamos a llevar adelante la curaduría de la Temporada Fluorescente. Es también la primera vez que hacemos una curaduría grupal y nos tiene bastante entusiasmadas poder poner el grupo también a imaginar en esa dimensión. Por otro lado, estamos desarrollando (muy lentamente) un trabajo audiovisual, que intuimos será algo episódico, pero que aún no sabemos para donde va a disparar. Nos tiene muy entretenidas. Con Petróleo tenemos una gira internacional para los meses de octubre y noviembre. ¡Y otro bebé (el de Pilar) en camino!

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