domingo 27 noviembre, 2022

“LA CRISIS HIPERSENSIBILIZA A LOS SECTORES DOMINANTES”

En conversación con Fixiones, Diego Sztulwark, autor de La ofensiva sensible, analiza el escenario político ante el avance de las derechas, reflexiona acerca del “progresismo” y sobre las posibilidades de las izquierdas de recuperar la potencia de narrar la crisis y, así, disputar el futuro. 

Por Juan Funes |  Fotos: Martina Solari Arena

El resultado de las elecciones legislativas nos obliga a pensar a las derechas con más lucidez que nunca. Desde las izquierdas y el campo popular muchas veces damos respuestas reduccionistas a estos avances, en torno a dos ejes: la pura repetición (“son los mismos de siempre”), o bien la pura novedad (en una “nueva” derecha); se busca insertar los procesos de las derechas locales dentro de la nueva oleada “neofascista” mundial, con Donald Trump, Jair Bolsonaro y Marine Le Pen como principales referentes, o se explica el fenómeno como un eslabón más dentro de las narrativas fundantes de la derecha argentina. 

Diego Sztulwark problematiza estos ejes y busca poner a prueba un conjunto de lecturas y teorías al calor de la política y la contingencia. Muchos de los lineamientos expuestos en su libro “La ofensiva sensible”, publicado por Caja Negra en 2019, se presentan todavía más claros dos años más tarde, en el contexto de la post pandemia. Permiten pensar no solo las transformaciones de las derechas, sino también la perplejidad de las izquierdas y el campo popular. “Creo mucho en las teorías, en las lecturas, en la investigación, leer a Marx, a Trotsky, a Walsh. Pero si creemos que en una teoría ya están todos los esquemas, estamos muy equivocados. Lo dice bien Benjamin: ‘a cada generación le ha sido dada una débil fuerza mesiánica’. El poder mesiánico consiste en apropiarse de una teoría del pasado, de una manera nueva”, sostiene en conversación con Fixiones.

El derrotero de las derechas

La aparición de nuevas figuras en las filas de la derecha argentina, como Javier Milei o Jose Luis Espert, puede ser vista como una mutación, al menos desde la retórica, de los “partidos neoliberales”. Sztulwark piensa este cambio desde otra óptica. Habla de una derecha “con dos caras”, que son expuestas en función del contexto, pero que funcionan en conjunto. Denomina neoliberalismo “voluntarista–optimista” a la narrativa del emprendedurismo, el coaching, “las técnicas de la existencia ofrecen al individuo toda clase de procedimiento para la vida”, escribe en La ofensiva. La otra cara es la “neofascista”, la fase dura del neoliberalismo. Estas dos caras tuvieron su inflexión en 2017, en el corto período en el que Cambiemos ganó las elecciones legislativas de octubre y luego en diciembre desató la represión en el marco del tratamiento de la reforma previsional. 

“En la noche de las elecciones, Marcos Peña dijo en conferencia de prensa que ‘empezaba un proceso de reformas permanentes’. Después vino el 19 de diciembre –que es una fecha importante en Argentina por los ecos del 2001–, donde hubo una impugnación callejera muy fuerte a esas reformas. Tiendo a pensar que los primeros en darse cuenta de que eso ocurría, que esa impugnación era muy efectiva, fueron los llamados ‘capitales financieros’, que ya no confiaron más en Macri, lo dejaron solo. Después vino la etapa del FMI”, repasa. Es a partir de ese punto de quiebre que surge la idea de que “el macrismo pasa de una especie de voluntad de diseño político a un momento de desesperación, en donde pierde sus equilibrios internos y empieza a apostar a una cara que siempre estuvo, muy brutal. Son las dos caras que tienen las derechas: una derecha puramente de oferta subjetiva y modelizante que dice ‘con el mercado podríamos ser mejores’, y la cara represiva”, explica. 

Milei aparece como un personaje que exacerba el culto al mercado, en línea con lo que ya estaba operando desde Cambiemos. “Milei es caricatural o payasesco en el punto en que pretende que su discurso no se ligue con toda la carga de violencia que nosotros sabemos que está en la enunciación de que ‘lo mejor que somos es el mercado, y lo peor es lo ligado al Estado’. Macri no lo podía hacer. La tenía a Patricia Bullich que reprimía a los docentes en la Plaza del Congreso y a los mapuches en la Patagonia. No había que ser muy perspicaz para darse cuenta cuál era la zona de violencia. Pero con Milei es como si la red social, el Tik Tok y la televisión presentase una especie de payaso inofensivo, que lograría delirar sobre el mercado de una manera que sería muy eficaz para enunciar toda la porquería del Estado, la casta y todo lo que repite, desligado de una enunciación que tiene él con la dictadura, que lo va a perseguir siempre. Será posible, por un tiempo, para chicos de 20 años, sostener la idea de que no tenga nada que ver una cosa con la otra. Ni en Brasil ni en Vox en España pasa así. En ellos es clarísimo un nivel de intolerancia migratoria, la violencia sexista”.

Marxismo cultural

En el libro titulado “¿La rebeldía se volvió de derecha?”, Pablo Stefanoni ubica una de las claves de la narrativa de la derecha en la denuncia al “marxismo cultural”. La hipótesis implícita en esta idea es que “el marxismo perdió la batalla de la economía y el socialismo real se desmoronó, pero ganó la batalla cultural”, explica Stefanoni,. Esto se expresa en los movimientos feministas (la “ideología de género”), el ambientalismo, pero también en las industrias culturales, ¡en Hollywood!, en todo lo que estas derechas engloban bajo el manto de lo “políticamente correcto”. La versión criolla de estas afirmaciones de la derecha se vieron reforzadas en la pandemia, cuando se acuñó el término de “infectadura” y se acusó al gobierno de Alberto Fernández de comunista, pero también como respuesta conservadora ante el avance de los feminsmos.

En la lectura que hace Sztulwark, es fundamental tomarse en serio estos “delirios” de la derecha, porque entrañan su forma de ejercer el poder, bajo la forma de lo que define como una “anticipación preventiva en el sentido delirante”. Encuentra en Leviatán de Thomas Hobbes la clave para leer esta reacción de la derecha: “cuando Hobbes describe el estado de naturaleza da a entender que el propietario tiende a anticipar el deseo de los desposeídos por su propiedad a los propios desposeídos, y por lo tanto reacciona defendiéndose antes de ser agredido. La violencia viene del poseedor amenazado, pero no amenazado porque se le haya planteado una amenaza real, sino porque tiene una actitud de prevención. Quiero que la relación de dominación se mantenga, la reaseguro antes de que aparezca la tentativa igualitaria. Eso está exacerbado por la crisis económica y del Covid. La crisis hipersensibiliza a los sectores dominantes sobre lo que podría ocurrir en términos de racionalidad igualitaria ante el desastre”, sostiene.

En ese sentido, si bien no hubo políticas del gobierno nacional que puedan ser leídas como “comunistas”, avances sobre la propiedad privada, sí se dieron ciertas discusiones en torno a posibles impulsos igualitarios que alertaron a la derecha: las tomas de tierra en Güernica, la posibilidad de expropiar Vicentín, el pedido por la liberación de las patentes de las vacunas o el impuesto a las grandes fortunas. “Desde ese punto de vista, aparece un tímido fantasma de lo igualitario que tiene que ser liquidado rápido. Pasó también con Kosteki y Santillán en 2002. Cuando aparece una mínima subversión posible de las relaciones de jerarquía, sea por migración, sea por catástrofes, sea por luchas sociales, aparece también un tipo de aseguramiento preventivo que es violento, ejemplificador, brutal, paranoico, delirante. Las cosas que dice Milei son delirantes –‘Vidal chavista’, ‘Larreta socialista’–pero hay que tomárselas en serio. Primero porque la política está llena de delirios, y segundo por el contenido del delirio, no tanto por la forma delirante. El contenido del delirio es ‘hay una preeminencia étnica o civilizatoria, cultural, económica que está amenazada y yo estoy dispuesto a defender la preeminencia” ‘.

Estos discursos “delirantes” en muchas ocasiones recuperan términos de la Guerra Fría para narrar el contexto político actual, como ocurre con el “marxismo cultural”. Sztulwark sostiene que se trata de un “anacronismo” que busca “procesar lo que pasa con el neoliberalismo, que no tiene un enemigo exterior y, sin embargo, no puede sentirse cómodo porque siente una hostilidad interior”. En ese sentido, la idea de “marxismo cultural” es utilizada por la derecha para apuntar a “una rémora del marxismo que ya no es clase obrera transformadora, sino conjunto de ideas tranquilizadoras para una conciencia de izquierda derrotada”, sostiene. 

Mediante la denuncia al “marxismo cultural”, “la derecha puede estar segura de que está narrando a todos los personajes. Es la idea de progresismo que nos incomoda a todos desde siempre. Creo que está bien nombrado el ‘marxismo cultural’ desde la derecha, es una categoría bien construída desde su óptica. ¿Cómo podríamos constituir la misma categoría nosotros? El marxismo cultural no existe salvo para el pensamiento de la derecha, porque no hay un pensamiento de la izquierda que pueda pensar así. Un pensamiento de la izquierda considera la lucha de clases. A ellos los veo asustados, con una enorme capacidad narrativa de hacer de sus percepciones una lectura de la crisis”.

De esta forma, la derecha logra “distribuir personajes, hacer una narración dentro de su propio esquema y donde se cumple el objetivo del aseguramiento, que es lo que está en juego. Hay un desplazamiento muy caricatural, pero entiendo hacia donde va: están al interior de un consenso que paraliza todo, donde los ‘comunistas’ –Larreta que es zurdo, Vidal que es chavista–, son vistos como una especie de rémora marxista que está bloqueando las fuerzas productivas. Ese desplazamiento se da por la radicalización de la crisis, no por otras razones. El hecho de que la crisis desgasta, devora, exige, pide, polariza, radicaliza y todo lo que no es aseguramiento pone en riesgo las formas de dominación”.

¿Por qué la izquierda no puede narrar la crisis?

En un primero momento, la crisis desatada por la pandemia del coronavirus fue leída por las izquierdas como una oportunidad para replantear las dinámicas más brutales del neoliberalismo (del capitalismo en general): las desigualdades, la imposibilidad de pensar una vida digna bajo el totalitarismo del Capital, las condiciones precarias en las que vive un alto porcentaje de la población. Un año y medio más tarde, y con todas esas tendencias exacerbadas, las derechas parecen haber logrado imponer su interpretación de la crisis, con respuestas que apuntan a profundizar el proceso neoliberal como “salida”. 

Sztulwark sostiene que las izquierdas deben evitar dos posiciones para poder presentar las propias interpretaciones y así una visión de mundo emancipadora. “La primera es creer que ya existe escrita la teoría de lo que debería pasar. Eso es tan delirante como la derecha. La segunda es creer que se puede volver a los años setenta o que se puede volver a un punto del pasado. La teoría y el pasado son muy importantes, pero nunca congelados. El poder mesiánico del que habla Benjamin consiste en apropiarse de una teoría del pasado de una manera nueva. Creo que el 2001 fue lo más cercano que tuvimos a una imaginación diferente, a instituir de otra manera, a imaginar la tarea política, a emanciparnos de la mera repetición del lenguaje de los setenta o de izquierda. Habría que pensar mucho qué ocurrió ahí”. 

Desde esta perspectiva, Sztulwark piensa los límites de la teoría populista, que tiene “un costado caricatural, que empieza a funcionar con el ‘marxismo cultural’: una prioridad en la comunicación, una especie de decorado, escenografías populares”. El desafío para trascender la mera retórica es, para él, “que el discurso  tenga como lugar de enunciación un desplazamiento o una lucha”. “Si se habla desde el mismo lugar desde el que se habla convencionalmente, el discurso tiene el mismo régimen de verdad y de efectividad que la propia máquina de la que estás hablando”, explica, y agrega que la novedad política ocurre cuando “se logra producir un tipo de enunciación desde un desplazamiento o desde una lucha, sea en el arte, sea en la política. Ahí es cuando hay otro decir. Lo podemos ver en las vanguardias, en la revolución. Es una herencia operativa, un saber sobre el lenguaje”. 

Este es uno de los puntos clave, porque suele ser el blanco de la derecha, empecinada en denunciar la retórica de lo “políticamente correcto”. “Veo a un movimiento democrático-popular completamente sometido a una posición políticamente correcta, que hace muy de policía del lenguaje, con un compromiso muy fuerte con la derecha conservadora en defender la democracia, una suerte de pacto de dominación que consiste en que ciertas cosas no se digan brutalmente, cosa que la derecha sí hace. Por eso le va como le va, porque nombra desinhibido. Surge la pregunta: ¿la lucha de clases dónde quedó?, ¿qué pasa con las personas que en la relaciones de explotación, en las relaciones de exclusión, necesitan dar luchas para modificar las relaciones de fuerzas y para plantear una situación nueva? Sin trabajo sobre esa imaginación, sobre esa sensibilidad, no hay forma de plantear otra cosa”. 

Al mismo tiempo, se multiplican en todas las direcciones las críticas al “progresismo”, universo difuso que parece existir más como blanco de denuncia que como identidad política asumida. “El progresismo quedó entrampado en lo políticamente correcto y no creo que tenga posibilidades de salir de ahí. Es un conjunto de buenas conciencias tratando de que el fascismo, lo desagradable, lo impresentable arruine la cena. Pero también es una suerte de quietud en un momento en donde la crisis no permite quietud”, opina Sztulwark. Al mismo tiempo, reflexiona que “progresistas éramos en la época de las revoluciones socialistas, cuando representábamos el progreso como una conquista del poder de una clase ascendente, de la clase obrera”. Después de la última oleada de dictaduras en América Latina, “progresistas son los neoliberales, que tienen en sus manos un futuro de inversión del capital y van removiendo todos los obstáculos que encuentran. Nosotros somos los reaccionarios que intentamos meter lo que podemos en el medio –el kirchnerismo incluido, un poco– para detener su progresismo”, advierte. 

Según Sztulwark, son dos los frentes para atacar al progresismo y, así, también a la derecha. “El primero es el lenguaje, los enunciados de luchas, animarse a entrar en una zona mucho más oscura del lenguaje”. La segunda es “la representación del tiempo”. “Volver a ser el tiempo mucho menos lineal, mucho más complejo, con muchas dinámicas. América Latina es tiempo de la crisis: es un tiempo indígena de la descolonización, es un tiempo largo del feminismo, un tiempo largo comunitario, es un tiempo largo del reconocimiento de la clase trabajadora que reconoce sus propias mutaciones y crea sus formas”. Esta temporalidad es por su naturaleza “antiprogresista”, característica que a Sztulwark no lo incomoda: “el progresismo quedó siendo como la parte prolija y débil del neoliberalismo”. 

“Lo que hay que pensar muy bien es si está madurando algo en esta temporalidad que en algún momento pueda poner una suerte de límite al modo en que el mercado mundial interpreta y valoriza territorios y comunidades. Eso depende mucho de que estos procesos de los que estamos hablando puedan asumir la guerra en la que están metidos, porque no hay un modo pacífico de devolución del despliegue de esto. Estas capas están agredidas de continuo. El mercado mundial es agresión: de la naturaleza, de los territorios. Es inevitable, inviable, y eso está muy claro”, concluye. 

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