viernes 14 junio, 2024

“IR A LA FERIA ES MILITAR POR LA CULTURA”

Hace 48 años que existe la Feria Internacional del Libro en Argentina, pero el escenario político de 2024 transformó el espacio en otra cosa. ¿Qué gira alrededor de la FIL? ¿Qué entra y que sale de ella? ¿Cómo se ve reflejado en la Feria todo el ecosistema del libro? 

Por Victoria Pascualini y Malena Costamagna Demare l Fotos: Victoria Dinenzon

 

“Ir a la Feria del Libro tiene el mismo valor que ir a una movilización”, dice a Fixiones Alejandro Vaccaro. El presidente de la Fundación El Libro tiene una cara conocida, se volvió viral por su charla de apertura en la FIL, donde criticó abiertamente al gobierno y se refirió a la Feria como “faro de la cultura”. El lugar no es el mismo, los 45 mil metros cuadrados del predio de La Rural están más vacíos. Este año caminar entre la gente es fácil, no somos muchos. Si la feria siempre fue una pequeña ciudad, con sus relaciones de poder internas y su parcelamiento cromático, este año hubo un afuera que invadió el adentro. 

 

“La crisis socioeconómica está a la vista”, dice Vaccaro, y es cierto: la entrada pasó de 1.200 pesos a 5.000 y un libro promedio no baja de los 15 mil. Las ventas cayeron entre un 20 y un 50 por ciento, según informa Clarín. Pero, además, durante esta edición de la FIL hubo un paro general y dos marchas: la primera en favor de la educación pública, apenas un día después de haber abierto sus puertas; y la segunda, hace menos de una semana, después de que muriera Roxana, una de las cuatro mujeres víctimas de lesbicidio en Barracas. 

 

“Hay una crisis profunda de identidad como país – dice la voz gruesa de Vaccaro, sentenciante – una carencia de pensamiento, de ideas, de respuestas. Ahí la literatura juega un rol fundamental”. Ines Ripari, editora de Elemento Disruptivo, estaba por dar una charla en el stand de Orgullo y Prejuicio cuando se enteró de que Roxana había muerto asesinada, prendida fuego junto a su pareja por ser lesbiana. Iba a dar una charla junto a otros referentes en el espacio de “Orgullo y Prejuicio”. “Fue unánime: suspendimos. No éramos capaces de hablar de los artificios de la ficción cuando la realidad nos abatía por completo”, escribió la editora en su Instagram.

Ir a la Feria del Libro tiene el mismo valor que ir a una movilización.

Si uno hace el libro pero se desentiende de cómo circula, a dónde llega, a qué precio, bajo qué condiciones, es como que hace un gesto y se detiene justo cuando tiene que llegar al otro.

Frente al límite, estrategias

La Feria está definida por sus límites: el inicio y el final de cada pabellón, en un evento dedicado a la literatura, dónde empieza y dónde termina la ficción. Las decisiones dentro de la Feria dibujan límites simbólicos. En el pabellón verde hay un stand que desentona, se llama “Todo libro es político”, su estructura está hecha de madera y en la entrada tiene un cartel enorme que dice “Ministerio del Libro”, con letras iguales a las utilizadas por la Casa Rosada, que a su vez emulan las de la Casa Blanca. En esos pocos metros, entran las dieciocho editoriales que conforman el colectivo de Todo Libro es Político (La Cebra, Tinta Limón, Hekht, Tren en movimiento, Cuenco de plata, Milena Caserola, Ediciones Documenta/Escénicas, Traficante de sueños y LOM), que este año se alió con Typeo, sumando ocho más (Editorial Muchas Nueces, UBU ediciones, Astier Libros, Ediciones Hasta Trilce, Editorial El Colectivo, Ediciones del Signo, Ediciones Cúlmine y Rara Avis Editorial).

 

“Decidimos mudarnos de nuestro barrio”, cuenta Javier Bendersky, integrante de la editorial Tinta Limón y de la distribuidora La Periférica. Mientras conversa con Fixiones, una familia amiga de los integrantes del stand llega llena junto a un grupo de niñas, una de ellas pasa gateando en cuatro patas mientras Bendersky reflexiona sobre la geopolítica de la Feria. Pasaron del pabellón amarillo al verde –”con el peso que tiene”, marca Bendersky–, terreno institucional propio de las grandes multinacionales. Hubo un cambio dentro de esa constelación también, el stand de la Presidencia de la Nación estuvo ausente, su lugar fue comprado por la Provincia de Buenos Aires. 

 

Desde que existe, Todo Libro es Político desarrolla consignas que buscan convocar a los paseantes de la feria. Este año, la consigna fue el Ministerio del Libro. “A falta de políticas públicas, lo auto creamos nosotros mismos”, dice Bendersky y Martín Rec, editor de Traficante de Sueños, le hace eco: “ante la caída de tantos ministerios, era hora de crear uno nuevo”. Rec explica que la consigna tenía un eje fundamental en “hacerlo pasar por real” dice Rec, “porque es real, su revista Fixiones, ¿es real?”. La noticia del Ministerio del Libro tuvo notas dedicadas en Clarín y La Nación y hasta el mismo Javier Milei desmintió públicamente su existencia.

 

Javier Berdensky, integrante de la Editorial Tinta Limón y la distribuidora La Periférica. Foto: Victoria Dinenzon.

“Es desde el uso de la palabra donde emanan ideas, respuestas, imaginación”, dice Vaccaro. El lugar del límite también puede ser el lugar de lo nuevo. Rec está parado frente al gran cartel del Ministerio, “tiene un sello, tiene tareas, tenemos acciones en un lugar de muchísima visibilidad como lo es la Feria del Libro”. Es una forma nacida al calor de la post verdad, “una linda idea de, llamémosle, guerrilla de la comunicación, como que juega con subvertir la gramática cultural”, que hasta tuvo una charla en la Zona Futuro de la FIL: “Ministerio del Libro 2050”. 

 

Existe, eso quería decir Rec justo en el momento en que un hombre que paseaba por la Feria, se detiene delante de nosotros para sacarle una foto al cartel del Ministerio del Libro. Rec lo mira –excéntrico y enérgico, exactamente como uno imagina que se vería un editor–, y dice que para eso crearon esta propuesta, para que la gente se detenga a mirarla. Para que genere preguntas. El hombre sigue teniendo el Iphone en el aire cuando Rec le pregunta qué es lo que le llamó la atención, por qué se había parado. 

 

En medio de la entrevista con Fixiones, uno de los artífices del Ministerio del Libro hablaba con uno de los creadores de los logos originales de La Libertad Avanza. El hombre se reía, celebraba la acción de los privados, no parecía molesto porque otro haya tomado su diseño para usarlo en contra de sí mismo. La porosidad de los límites llevada al paroxismo, la Feria del Libro demuestra que sigue siendo un lugar de encuentro para imaginar lo imposible y que allí surja el encuentro. 

Desde que abrió, hace cuarenta años, la Feria del Libro es la fiesta del libro

En los momentos de desazón, el libro puede ayudar a generar otra vez el interés por la política, por la discusión.

 
El mercado del libro

Hay un distintivo. La Feria del Libro siempre ha sido tumulto, ruido de los visitantes, infinidad de propuestas. El paisaje respecto de otros años ha cambiado, algunas editoriales que antes tenían una amplia superficie ahora redujeron sus metros cuadrados o se movieron de sus posiciones típicas en la distribución geográfica de la Feria. Un ejemplo es Gato de Hojalata, que hasta el año pasado ocupaba un stand central en el pabellón verde, y en esta edición hicieron un desplazamiento a un lateral, en el limite entre el pabellon verde y el pabellon amarillo que, lejos de significar ampliacion y progreso, implica un alejamiento del centro del pabellón, de las luces, de la máxima atención, llevando al stand hacia las sombras, hacia los bordes. 

 

Otros stands han desaparecido. En su lugar, grandes carteles de colores con signos de exclamación son dueños de varios stands de la Feria. Son las librerías de saldo, explica Berdersky. “Es un universo fascinante”, dice, pero también con algunos trasfondos macabros. El Aleph, Dickens, son algunas de ellas. Cuando las editoriales grandes, como Grupo Planeta o Random House publican un libro imprimen diez mil ejemplares, “¿te pensas que los van a vender?”, pregunta, retórico. No, lo hacen porque ocupan espacio de exhibición en las grandes cadenas y en las librerías. Si venden ocho mil de esos diez mil, al resto lo “guillotinan”, se vuelve a hacer pulpa de papel y se vuelve a imprimir. Si no, se saldan a las librerías ya mencionadas. Esos dos mil ejemplares se venden a salderos, librerías que compran esos libros como por un paquete, explica. “Eso es parte de la locura de este capitalismo desaforado”, remata Bendersky. ¿Dónde queda el valor de un libro cuando es guillotinado para hacer otros libros? Aunque sean las reglas del juego, la pregunta resuena.

 

Bendersky mira alrededor y describe la feria. Entre el murmullo dice que “con los libros un poco lo que uno lee en los diarios todos los días. Hay una caída espantosa de las ventas y del público asistente”. Antes de que la FIL abriera sus puertas se desarrollaron las jornadas profesionales, un espacio exclusivo donde se venden libros con descuento y vienen compradores desde diferentes partes del mundo. También vienen muchos referentes de bibliotecas de todo el país con el subsidio otorgado por la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Públicas). Este año no hubo tal subsidio, la misma ausencia se vió en los compradores internacionales y también se reflejó en la merma de los invitados de otros países. “Fue casi un desierto en comparación a años anteriores”, ilustra Bendersky. 

 
El lugar es el tiempo del libro

Lejos de la luz fría y los pasillos de colores, Cristian De Napoli espera a Fixiones en Otras Orillas, su librería. De Napoli estudió Letras pero entró tarde al mundo librero, llegando a sus cuarenta, un camino que terminó en una librería sobre la calle Mansilla. La única en la cuadra, una casona vieja de color beige esconde un patio interno y una sala para hacer talleres. De Napoli trabajó muchos años en la Feria, hasta recuerda cuando Ray Bradbury la visitó en el 97. “Desde que abrió, hace cuarenta años, la Feria del Libro es la fiesta del libro”, cuenta, mientras fuma sentado en la pequeña sala para hacer talleres que tiene la librería. Pero cambió la situación de la literatura en general, cuenta De Napoli, “no solo las librerías, la literatura se volvió más ‘eventera’. Ahora hay muchos eventos, muchos festivales”. 

 

 

La velocidad de las calles, de la rutina, de los tiempos modernos, se refleja en la dinámica de la Feria. El tiempo de producción, los libros guillotinados y producidos para soportar a otros en las mesas de las librerías, también alteran los tiempos de lectura. Las librerías son las fiestas secretas del libro, no tan espectaculares como la FIL.

 

Como si fuera una miniatura de la ciudad, con sus mismos estratos, con sus mismos movimientos. La falta de detención, la presión comercial, los tiempos capitalistas, se vuelven incompatibles con el desarrollo de una literatura –y un mercado del libro consciente, disruptivo, inteligente-. O peor aún, en vez de verse imposibilitado, el libro se vuelve peón de estas dinámicas, un dispositivo creado con rapidez, con propósitos muchas veces más allá del literario y de efecto social. “Todo el mundo va a la Feria con otro plan; elegir algo, pero no es como la librería donde podés estar ojeando”, dice De Napoli. El tiempo en la librería es el del silencio, en la Feria vive el murmullo y la vorágine, pero también la exaltación del libro. 

 

Para Tinta Limón siempre fue importante que los precios sean accesibles, incluso hay varios de sus títulos que pueden descargarse en PDF de forma gratuita. Aunque hoy, se han visto obligados a subir los precios hasta el punto en donde Bendersky confiesa, que hasta a ellos se les dificultaría pagarlos. Ahí se detiene, en cómo la crisis socioeconómica afecta el comportamiento de los que asisten a la feria: “En la Feria, muchos años atrás, uno veía a la gente explorando, buscaba algo por curiosidad, porque le gustaba la tapa o le interesaba un tema que no conocía, hoy ya no pasa. El que compra un libro hoy es porque lo investigó, leyó la contratapa, cuenta sus monedas y compra uno”. El segundo libro, el tercer libro que se podía comprar porque alguien se lo había comentado o porque había leído una nota, “hoy ya no existe”, dice Bendersky.

 



Cristian De Napoli en su librería, Otras Orillas. Foto: Victoria Dinenzon

 

Del tallo a la rama: la cadena del libro

La mayoría de las editoriales que hace algunos años eran pequeñas e independientes, hoy ya son medianas. “Nosotros arrancamos hace diez años”, dice Bendersky. De Napoli también reconoce el crecimiento, “estas editoriales que antes eran chicas, que se pueden seguir llamando independientes, ya son ‘emprecitas’ que compran derechos, que invierten dos mil dólares en los derechos de un filósofo o un escritor”. Son apuestas, retoma Bendersky. Desde Tinta Limón piensan la publicación de un libro como una forma de proponer una discusión y de intervenir en una coyuntura política. Tinta Limón, Traficante de Sueños, Heckt, son algunos de los sellos que se dedican al ensayo político y se agrupan en Todo Libro es Político y que se dedican a ampliar discusiones desde los libros. Como dice De Napoli, “siempre están abriendo pequeñas brechas”. 

Aunque Bendersky suma otro punto: “si uno hace el libro pero se desentiende de cómo circula, a dónde llega, a qué precio, bajo qué condiciones, es como que hace un gesto y se detiene justo cuando tiene que llegar al otro”. La Periférica es una distribuidora que trabaja con 35 sellos editoriales y con más de 200 librerías en Argentina e incluso con clientes de Bolivia, Uruguay, Chile y Colombia. Hace 20 años nada de esto existía para las editoriales más pequeñas sin un sistema establecido la falla en la distribución convertía a los libros en estatuas, discusiones en potencia, detenidas. 

A diferencia de las Bibliotecas que cuentan con la CONABIP, el sector editorial no cuenta con políticas públicas. “Es un gran debate”, dice Bendersky, “si tiene que existir, hasta qué medida”. Una parte de la potencia que tiene el sector editorial argentino, reflexiona, “es que ante la carencia de apoyos estatales, el sector ha sido muy ingenioso”. Entre los productos del ingenio está la agrupación de las editoriales en una stand colectivo, donde cada editorial aporta según el porcentaje de facturación. Otro ejemplo es algo a lo que Benderky se refiere como “bolsas de dinero”, donde el dinero que las librerías le pagaban a las editoriales, si estas última no lo necesitaban inmediatamente, se lo prestaban a otra editorial dentro del colectivo que necesitara el dinero con mayor urgencia porque, por ejemplo, estaba por entrar a imprenta. 

Cuando empezaron la distribuidora, hace 15 años, eran solo dos personas en una habitación; una computadora y los libros en un rincón. “Desde el principio todo es ingenio, todo es crecimiento, porque no hay un capital invertido inicial. Sí hay mucho laburo colectivo que es nuestro principal capital”, cierra Bendersky.


Productos o talismanes

El espíritu de la editorial Tinta Limón nunca se despegó de su orígen, la militancia universitaria, que se tradujo en una motivación que sostienen: la intervención en diferentes coyunturas. Bendersky estudió historia, tanto Rec como él asumen la diversidad de procedencias de quienes crearon las editoriales. Todos y todas “aprendimos haciendo”, dice Bendersky. Estos inicios o acuerdos, casi mantras de aquello que comunicaría y representaría su editorial, se vio reflejado más tarde en títulos concretos, en lectores fieles. Las editoriales independientes, como lo es Tinta Limón, tiene un catálogo que alterna autores y autoras más o menos consagradas con novedades. Calibán y la bruja, fue un libro que le habló a un contexto específico y se transformó en referencia obligada de una nueva ola política-feminista. 

Pero el libro no fue siempre un altar divino, cargado de deseos y oraciones, de experiencias y visitas. El libro es un objeto que espera. Tinta Limón lo editó por primera vez en 2010, y no fue hasta 2018 que creció exponencialmente su venta, su difusión, su conversación. El entorno debía necesitar su lectura, su enseñanza y el libro debía estar allí para ese salto. En este punto, la figura del editor sensible y atento se vuelve imprescindible. “Creo que ninguna de las editoriales que están acá presentes publica un libro con un ojo comercial. Sí con mucha fe en eso y cuando un libro se vende mucho es una alegría pero porque quiere decir que lo que vos pensaste que iba a conectar con la gente, conectó”, ilumina Bendersky, con palabras sinceras, la labor de una editorial independiente. El ojo que permite anticipar libros como lo es el Calibán y la bruja. 

El libro que se vuelve amuleto de una época, voz de una generación, queda en la memoria, lo evocamos cuando se lo necesita, volvemos a él como a un oráculo. Cristian De Napoli, al preguntarle qué autores que se le van a la cabeza en este contexto, menciona a Rodolfo Fogwill o Salvador Benesdra. Explica que son autores que escribieron la experiencia de los noventa, que tiene muchas cosas en común con el momento actual. “Los del menemismo son años que empezaron muy para atrás. Mucha caída de empleo público y otras fuentes de trabajo. Mucho culto a la boludez”, desarrolla el librero de Otras Orillas sobre la vasta literatura que da cuenta de la época. 

Javier Bendersky, inseguro frente a la pregunta, cuenta acerca de Mauricio Lazzarato, pensador del obrerismo italiano, publicado por la misma Tinta Limón. Del otro lado, en línea con su imagen, Alejandro Vaccaro evoca a los grandes escritores del siglo de oro argentino: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Marco Denevi,  Silvino Ocampo, Carlos Mastronardi, Enrique Banch, Manuel Mujica Lainez, “es a ellos a quien tenemos que recorrer. En las páginas de sus libros vamos a empezar a encontrar respuestas a esta barbarie que planteaba Sarmiento en el siglo XIX pero hoy, desafortunadamente, la barbarie está metida dentro de la civilización y quienes propician esa barbarie están en el gobierno”. 

Lo que advierte la Argentina hoy no es exactamente una escena de apatía, dice Berdensky. “Estamos azorados por la coyuntura”, precisa, en una difícil parálisis. “Uno no termina de entender por qué no está explotando todo por los aires”, piensa sin poder comprender del todo el clima que alterna entre movilización y una extraña calma social. En los ojos azules de Bendersky, rápidamente, aparece otra interpretación: “cuando está pasando algo en la calle es cuando los libros adquieren una vida particular”. En la marcha universitaria se levantaron los libros en señal de defensa del pensamiento, en la Feria del Libro Bendersky vuelve a reivindicar su importancia, “en los momentos de desazón, el libro puede ayudar a generar otra vez el interés por la política, por la discusión”.



Noticias relacionadas