viernes 19 agosto, 2022

"ESTOY DISEÑANDO UN COSMOS"

En conversación con Fixiones, el escritor Jorge Consiglio reflexiona sobre su última novela, Sodio, publicada por Eterna Cadencia en 2021. “Pensé Sodio como un texto de la velocidad. Ese fue mi norte. Si querés laburar un texto desde la velocidad, tenés que narrar de manera que tu relato esté comandado por un verbo y no por un adjetivo”, comenta Consiglio para intentar definir una novela en la que “juega con lo anfibio”, atravesada por la fantasía, el deseo, la identidad y el delirio. 

Por Emiliano Benito Montelongo y Matias Luchetta | Fotos: Martina Solari Arena

Escapando de las modas de las cervecerías y de las grandes franquicias, Jorge Consiglio propone citarnos en el histórico bar Conde de Colegiales. Próximo a la tercera edición de su aclamada novela Sodio –publicada en 2021 por Eterna Cadencia, Fixiones se sumergió en el laboratorio literario que hizo posible la creación de la obra. Composiciones, temperaturas, ensayo y error, atmósferas, deseos y fantasías dieron a luz a una de las mejores novelas argentinas escritas en este último tiempo.

–En Sodio introducís lo fantástico como un armado sutil y no de manera abrupta. ¿Nos podés contar cómo pensaste esas apariciones?

Siempre me sentí cómodo laburando dentro del realismo. Son procesos, entiendo. De hecho, mis lecturas siguen siendo realistas. No obstante, descubro dentro del realismo, sobre todo en algunos escritores argentinos de los sesenta –Bernardo Kordon, Miguel Briante, Humberto Constantini– que hasta ellos buscaban desbordarlo. Piensen que en esta época estaba entrando el psicoanálisis “a lo loco” en Argentina. Me da la sensación que hasta los más realistas nos preocupamos por eso. En mi caso, fui borrando los límites del género –como decían, no es del todo limpio en Sodio la entrada en lo fantástico– por una necesidad que empezó a gestarse con Tres Monedas. Es un corrimiento sutil que se elige y a la vez no. Entonces, ¿por qué me corro del realismo?, ¿por qué busco otra cosa? Me parece que tiene que ver con la cuestión de extrañar lo que estás contando. Elementos para extrañar tu narración, enrarecerla. La palabra “extrañar” viene de los formalistas rusos. El extrañamiento lo que genera es una especie de tembladeral que hace que ese texto salpique más. Eso finalmente tiene un efecto en la realidad. Cuando vos leés un texto que singulariza un detalle y volvés a “la realidad”, tu mirada sobre lo real se encrespó. Empezás a notar cosas que antes no notabas: “¿y esto qué era?”  

–¿Cómo trabajaste el ritmo de la novela?

Pensé Sodio como un texto de la velocidad. Ese fue mi norte. Si vos querés laburar un texto desde la velocidad –según pensé– tenés que narrar de manera que tu relato esté comandado por un verbo y no por un adjetivo. Es como una lanza. Narras y para generar más tensión describís, aunque bajes la velocidad. Esa bajada de velocidad supone un cambio de distancias con lo que narras que genera movimiento. Bajás la velocidad y generás mayor tensión. Todo esto tiene que ver, supongo, con un proceso neurótico (risas). ¿Cómo hago para generar intriga pero que no sea todo mera acción, que lo que estés narrando con velocidad suponga algo complejo y rico en imágenes?. Yo sigo laburando en poesía. Cuando vos laburas en poesía te preocupa, sobre todo, el diseño de la imagen. Su diseño tiene que tener, por lo menos, tres cosas: vértigo, perplejidad y doble fondo, es decir, que no se agote en la primera lectura. Cuando terminás de leer un poema, se genera una emoción, pero se trata de una emoción estética y no de haber decodificado el poema como si fuese el manual de una plancha. Hay un montón de cosas que probablemente no entendiste, pero eso no resta sino que impacta. Supone la inagotabilidad de la lectura.

–¿Cómo lográs combinar en Sodio elementos tan heterogéneos como el cigarrillo, la odontología y la natación?

Intenté combinar, al principio, cigarrillo y natación. Eran dos pilares. La odontología surgió después. Les cuento un poco la génesis de la idea, que siempre es bastarda, uno después dice “qué pelotudo fui”. Tuve como una especie de sueño que tenía que ver con acceder a una figura femenina, anfibia y no poder aprehenderla jamás. Esta fue la primera escena que tuve en la cabeza, andá a saber… Empecé a tironear de esa cosa que pensé que era narrable y dije “esto es una sirena”. ¿Por qué el tipo no puede llegar a ella si la sirena se le ofrece? Tiene que haber una dificultad física fuerte. Ahí pensé: “¡el cigarrillo!” El tipo fuma mucho. Es un nadador, pero fuma mucho. Entonces no le da el resto para acceder a ella. Con lo cual, se transforma en el deseo más absoluto. Estás al toque, pero no podés consumarlo. La tenés, te toca, te muerde, pero se escapa. Esa porosidad la convierte en un objeto perfecto de deseo. Parece ser algo absolutamente insólito. Una fantasía que vos te desesperás por cumplir, pero de hacerlo, en una de esas, no está tan bueno. Te desesperás por llevar a cabo una fantasía pero terminás hecho percha, no hay forma de resolverla. Está buena esa distancia entre ese ser anfibio que te demostró que si te acercás te lastima y si la seguís te ahogás, pero aún así, no dejás de perseguirla. 

–¿Lo pensaste como una metáfora?

Nunca busco metáfora de nada. Primero escribo y después lo pienso. Inevitablemente. Cuando lo termino de escribir empiezo a pensar. Hay lectores que hacen conexiones y vos después decís “¡es cierto!”, pero eso al principio no lo tenés. 

–Nos da la sensación de que los personajes de Raisa y Luis contrastan mucho con el principal, como si fuesen más determinados que él ¿Es calculado ese contraste?

Es muy cierto, pero no lo pensé así. El texto es como un árbol con ramas. Vos vas tanteando, vas desarrollando personajes y se van cruzando en la historia. Eso genera una especie de efecto cosmos: “estoy diseñando un cosmos”. Por supuesto es un artificio, estás laburando en arte, estás generando efectos: tirás, tirás y tirás. Así los vi a estos personajes. No sabía qué iba a hacer Luis. Cuando lo empiezo a narrar lo veo como un pelotudo perfecto: chupín, camisita, emprendedor, etcétera. Hay una cosa que me fascina narrar que es la alteración del personaje. De golpe, Luis comienza otra vida que nada que ver con la anterior. Pensé: cómo puede darse vuelta como una media de manera tan grotesca y al mismo tiempo seguir siendo un pelotudo. Algo de la caricatura, de exagerar los rasgos… Con respecto a Raisa, sí, hay algo biográfico en ella. A mí me gustan las mujeres así: que están y se van, tanáticas en algún punto… Entonces me encanta exprimirla y narrarla.

–¿Y con el protagonista?

Me pasa que los protagonistas que escribo no tienen un objetivo concreto en sus vidas, van como tanteando e inventando justificativos para existir. Un poco es lo que nos pasa, hacer invenciones. Son las ficciones útiles. ¿Qué te justifica? Nada. No obstante, las hacés. Hay algo que me gusta del hallazgo cotidiano. Medio te abandonás y decís “¿a ver qué me sale?”, “¿a ver qué onda acá?”. “Sigo odontología porque mi madre siguió odontología”, qué se yo. En el personaje siempre es un tanteo. Hay una escena del comienzo en que él se va a Mar del Plata por puro antojo, pero allí se da un momento de iniciación del personaje. Hay algo de aventura existencial que me encanta. Como una búsqueda de su identidad, como si buscara un espejo, pero cuando lo encuentra, duda de mirarse. 

–En ese escape a Mar del Plata el personaje empieza a apasionarse por la natación.

Exacto. Parece ser el único gesto que al tipo lo determina. Eso y el cigarrillo. Yo quería jugar ahí con lo anfibio. La metamorfosis. Eso sí lo pensé. Los géneros repiten una serie de características o elementos que se repiten. Por ejemplo, en los cuentos góticos: la sangre, el erotismo, los castillos, la oscuridad. Eso genera efectos, atmósferas, climas y temperatura en el texto. Lo que pensé es que la cantidad de pequeños detalles que incluya me sirvan para que el remate final no sea tan poco esperado, sino que pudiera con pequeñísimas pautas armar el terreno para la sorpresa. Cuando uno está elaborando un texto hay que ver qué te pide. Ahí sí es intuitivo, nunca sabés. Vas tanteando.

–¿Cuánto tiempo te llevó escribir Sodio?

Dos años y medio. Tengo mucho tiempo para escribir ahora. Gracias al azar de la vida y a mi voluntad puedo laburar de la escritura. Antes laburaba en la industria farmacéutica porque es muy difícil establecer una economía como escritor. Ahora felizmente puedo dedicarme a esto y tengo suficiente tiempo, sobre todo, para la corrección. Estoy laburando muchísimo –no sé cómo decirle– la “musicalidad” del texto. Que te pongas a leer y las oraciones, por contigüidad, te permitan que la narración fluya. Que te atrape la manera de leer. Eso es de la poesía: que cuatro oraciones tengan una relación entre sí que no sea solamente semántica. Severamente obsesivo, si querés que te diga la verdad. En algún punto es angustiante porque no va con el sentido de la productividad capitalista de “cuántas hojas escribí en un día”. Si tengo que estar una semana con dos párrafos… ¿quién me apura?  No vendo mucho. Eso me permite a mí tener cierta serenidad.

–Pero con Sodio te fue muy bien.

Sodio insólitamente llega a la tercera edición. Fue la tapa, el laburo que hice en la Biblioteca Nacional… andá a saber qué fue. Hay muchos factores que hacen que tengas o no tengas visibilidad, que no solamente tiene que ver con la escritura del texto. Vos haces todo lo posible, pero hay algo absolutamente azaroso en todo esto.

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