domingo 27 noviembre, 2022

"EN EL PERONISMO HAY UNA BELIGERANCIA RODEADA DE GOCE"

La ironía y el humor son las herramientas con las que Pedro Saborido problematiza la realidad. En conversación con Fixiones, el escritor y guionista reflexiona sobre uno de los temas que más lo convocan: el movimiento peronista. “El peronismo se mueve en un borde de lo que supone que es una racionalidad, entonces están por meter a Cristina en cana y la defensa de repente se convierte en una fiesta”, apunta. 

Por Julián Romero l Fotos: Martina Solari Arena

Viernes a la mañana. Día frío y soleado a la vez. La moza llega y Pedro Saborido pide un cortado descafeinado, mitad y mitad. Antes de empezar avisa que al terminar tiene que ir a la verdulería, se había quedado sin tomate y sin huevos. Su voz trae recuerdos, suena conocida y claro, era la que hablaba en off en “Peter Capusotto y sus videos”. Ciclo del que fue guionista y en el que cumplió una función clave, siempre tras bambalinas. En un café ubicado a metros de la estación Belgrano R y pegadito a la plaza Castelli, Saborido recibe a Fixiones. No es una novedad que le gusta contar historias: ya escribió la del fútbol, la del peronismo y la de conurbano. Ahora va por un nuevo desafío: narrar la historia del capitalismo, libro que al momento de la entrevista estaba terminando de escribir y sobre el que prefirió mantenerse hermético, siempre bajo su interpretación con la que “se puede coincidir o no, eso ya queda a disposición de quien lee”.

El peronismo fue su gran objeto de reflexión con el que se dedicó a hacer humor, aunque nunca llegó a definirse completamente como tal. Quizás para escaparle al purismo, al peronómetro. Frente a este último punto plantea: “A veces el peronismo se dedica a mirar mucho hacia dentro, no escapa al espejo. Está constantemente definiendo quién es y quién no es peronista, como si todo el mundo fuera peronista o antiperonista”.

–Te criaste en un contexto que tenía a Perón proscripto y exiliado, ¿de qué modo llegaste a él y conociste al peronismo? 

Frente a esta pregunta yo te puedo dar dos tipos de respuestas diferentes. Una es la racional, la que correspondería y me permitiría responder de una manera más fácil. Sería decir: “bueno, lo escuché a mi papá, en casa se hablaba de política o me lo comentaron en algún lado”. La otra es mucho más compleja de explicar porque está relacionada a no saber cuándo fue que te enteraste de algo. Vos podés acordarte del primer día en que anduviste en bicicleta o que flotaste en el agua, pero hay cosas que son aún anteriores a eso. No sé cuándo fue la primera vez que vi el sol o las nubes, ni el primer día en el que me di cuenta de que llovía. Ahí está el punto: no recuerdo cuándo fue la primera vez que me enteré del peronismo o que escuché nombrar a Perón. Cuando era chico él estaba en el exilio, entonces formaba parte de los sketches de televisión, donde siempre estaba por volver, donde no se lo nombraba, donde había una pintada en la calle. El peronismo estaba en el aire, era parte de todo. Después uno se va acercando un poco más, se va enterando de cosas. Pero eso viene después y forma parte de una dimensión de estructuración teórica. Lo otro era una naturalidad.

–En ese momento, ¿el sentido común te llevaba a abrazar al peronismo?

En mi infancia veía y sentía que ser peronista era normal para mucha gente, por lo menos en el ámbito en el que yo me movía. No diría que todo el mundo lo era, pero yo lo sentía más o menos así. Había una mayoría clara, era algo natural que formaba parte de un sentido común porque representaba la felicidad del pueblo, el estar mejor. Históricamente en el movimiento hubo una permanencia, en donde uno puede acordarse de fechas, actos, nombres y situaciones. Te diría que eso era mucho más intenso antes que ahora, ese momento estaba mucho más presente. Hoy veo al peronismo mucho más circunscripto a la política, antes atravesaba casi todo.

–¿Pensás que el movimiento ahora está más segmentado?

Siento que sí, pero quizás estoy equivocado. Antes era muy natural decir, en el sentido amplio de la frase, que el pueblo era peronista. Hoy no sé si puedo terminar de afirmarlo. En ese momento sonaba convincente y no solo eso, se podía ver. Era palpable. Cualquier tipo humilde básicamente era peronista. Obviamente siempre es estadístico, pero el peronismo era abrumador, totalizaba. La frase que Leonardo Favio agarra de la novela de Osvaldo Soriano y se lo pone en la boca al Mono Gatica: “yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”, refleja un poco eso. Lo de Soriano suena inocente y en el Mono como una picardía. Me gusta el sentido que toma Gatica. Es decir que el peronismo es algo más grande, más amplio que la política en sí. Ahí vuelve la idea del sentido común.

–¿Por qué creés que siempre hubo tantas diferencias hacia dentro del movimiento?

El peronismo es un movimiento particular. Recordemos que cuando logró una de sus máximas más épicas, que fue que Perón vuelva al país luego del exilio por segunda vez, se agarraron a palos entre todos. Uno dice: “viejo, ¿era el momento más importante y pasa eso?”. Y si, ese era el momento culmine y así se festejó. Hay que tener en cuenta que es un movimiento y eso trae en sí la contradicción y el conflicto. Obviamente hay una doctrina con la que Perón quiso ordenar todo, pero Nietzsche decía que no existen hechos, existen interpretaciones, entonces todos pueden interpretar cosas distintas. Como en la religión. A partir de ahí, empiezan las variantes y los matices, ¿por qué no pasaría? Nuestra ilusión es no tener diferencias, pero eso no es más que una ilusión. La unidad en el peronismo es un sueño, pero en realidad se trata de un acuerdo, un armisticio en donde ciertos objetivos puntuales logran que haya momentos que parecen de cohesión. Por ejemplo, ganarle a Macri o defender a Cristina. La unión no surge por el amor entre los propios, sino de los miedos externos. A todo el mundo le pasa lo mismo, el famoso “no nos une el amor sino el espanto”. 

–Mencionaste a la religión, ¿pensás que el peronismo se acerca a eso?

Creo que hay una característica de cierta religiosidad en el peronismo porque termina teniendo altares y una Santa Evita. Tiene que ver con esa idea de lo milagroso y tiene su lógica porque para mucha gente tener vacaciones pagas y conocer el mar fue un milagro. El milagro es lo inusitado, lo que rompe la habitualidad, lo inaudito y el peronismo fue eso. Era algo que se arraigaba a tu vivir, no un tema de pensamiento sino simplemente un hecho. El peronismo es un hecho fáctico, no está construido desde una abstracción sino de una realidad efectiva. Un montón de gente sin leer la doctrina se hacía peronista por el simple motivo de que estaba mejor. No es algo pasional, sino existencial, vivencial. No se trata de una pasión que sale de un fervor, sino de una acción concreta. 

–En el libro “Una historia del peronismo” retratas el carácter escandaloso que tiene el movimiento…

Sí, y también lo intenso que es. Siempre se mueve en un borde de lo que supone que es una racionalidad, entonces están por meter a Cristina en cana y la defensa de repente se convierte en una fiesta. En el peronismo hay una beligerancia rodeada de goce, disfrute, petardos y batucadas. Se trata de un transitar hacía una épica que todo el tiempo necesita contener alegría. Alguien también podría decir que es un alivio, porque para bancar tanto tiempo en una manifestación es necesario poner música, bailar, escabiar, comer y tirar cohetes. Las patas en la fuente representaban eso. 

–¿Meter las patas en la fuente para vos no tuvo la intención de ser un acto ofensivo?

Creo que fue más un alivio. Camine desde no sé dónde, tengo los pies hinchados, hace calor y meto los pies en el agua para descansar. Es una solución frente a lo que necesito. El acto de transgresión es básicamente elegir mi bienestar ante la regla impuesta. Es como la gente que en verano pone la pelopincho en la calle, para mí representa lo mismo que las patas en la fuente. No tengo patio y hace calor, pongo la pileta en la vereda. Es un remedio que está al borde del delito, más cercano quizás a una infracción. Es la búsqueda de la felicidad. Se trata de eso, de hacer una gran nación y, mientras tanto, pasarla bien. De eso siempre habla Daniel Santoro, el peronismo reivindica el goce, no va detrás de horizontes lejanos y trascendencias, sino que busca la felicidad inmediata. 

–Siempre recalcás el componente épico que tiene el peronismo…

El movimiento le da épica a la vida, te hace sentir parte de algo que no tenés todos los días, algo que no te da subirte al bondi, ir al trabajo o mirar Netflix. Te mete en una película, en una aventura. La vida es un embole y esto le da un color diferente. No es un placer menor, es un placer emocionante. Está cerca de esa sensación que puede darte un viaje, te saca de la ruta y te eleva sobre lo que pasa en el día a día. Te hace sentir parte de una emoción. Es un rito, un ritual que genera un espacio de vida distinto al cotidiano. El peronismo tiene mucho de eso, es épica, energía, religión y fiesta.

–Después de la pandemia, de los conflictos y de las internas, la militancia está desanimada. El intento de magnicidio a Cristina fue un sacudón que pareció despabilar a la gente, ¿creés que puede reaparecer ese componente épico?

El peronismo está entrando a un momento de despertar que busca sacarse esa sensación de humillación. Cuando era chico había una serie que se llamaba Kung Fu y David Carrarine hacía de un monje shaolin que buscaba a su hermano por el oeste americano. El tipo buscaba y todos los cowboys lo insultaban, le mojaban la oreja, y él, nada. Todos esperábamos que hiciera algo, pegados a la pantalla decíamos: “dale negro, métele un roscaso”. Hasta que en el final del capítulo se calentaba y se los cargaba a todos de un tirón. Creo que el peronismo está cercano a eso. Estamos en un momento de incertidumbre y entonces ahí aparece la angustia. Por eso se pone el cuerpo para generar un hecho concreto que termine con esa sensación. El acto termina con la incertidumbre. El 17 de octubre era eso: “¿qué va a pasar con nosotros y con Perón? y bueno, vamos”. Lo mismo pasó con Cristina. Es una demostración de existencia que representa enfrentar a la angustia, al fantasma y no huir. Eso es un acto de creatividad muy rico y admirable. Lo creativo es contrario a la resignación, es seguir enfrentando la realidad, torcerla y modificarla. 

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