EL HOMBRE QUE VENCIÓ AL TIEMPO

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EL HOMBRE QUE VENCIÓ AL TIEMPO

Por Juan Funes

Junio de 2004. La AFA organiza un amistoso oficial a contrarreloj para que la Sub-20 de Argentina juegue contra Paraguay. Es una noche fría y brumosa. En el segundo tiempo el director técnico, Hugo Tocalli, reemplaza a Matías Abelairas por un chico categoría 1987 con la camiseta número 17, llamado Lionel Andrés Messi. En ese pibe, que mete el séptimo gol, radica el motivo por el cual se organiza ese partido impropio: vive en España desde los doce porque encontró en ese país la posibilidad de hacer el tratamiento que necesitaba por un problema de desarrollo físico y debutó en la primera del Barcelona en noviembre de 2003, pero se niega a jugar para “la roja”. No va a vestir otra camiseta que la de la Selección Argentina. Ese mismo año, Omar Souto, trabajador de AFA, contactó a Jorge Messi, el padre de la promesa, que le contestó: “los estábamos esperando”. Argentina hace su jugada para asegurar que vista la celeste y blanca. Y el cronómetro mundialista, aunque nadie lo sepa, empieza a correr.

Junio de 2005. La Sub-20, como era costumbre por esos años, ilusiona a todo el país con nuevos talentos. Messi es suplente en el primer partido, lo cual no impide que crezca el rumor: el chico bueno, buenísimo, un crack, dicen. Termina esa copa siendo titular, goleador, balón de oro y convirtiendo el gol en la final contra Nigeria. Un comienzo promisorio. La forma del tiempo, para él, todavía es la de una carrera prometedora: un futuro diseñado a su medida.

Foto: Diario AS

Junio de 2006. Con 18 años ya es un jugador reconocido en todo el mundo, deslumbra en el Barcelona. El seleccionado de José Néstor Pékerman activa la ilusión mundialista. Messi juega su primer mundial, aunque también es suplente. Entra contra Serbia y Montenegro en el segundo partido del grupo, hace su primer gol en mundiales, después es titular ante Holanda y tiene un ingreso espectacular contra México. La copa para Argentina va sobre rieles, hasta que llega Alemania en cuartos. El chico mira desde el banco cómo la hazaña de disuelve en los penales. El director técnico había decidido no ponerlo en los últimos minutos. El consuelo que nos queda a todos es que va a tener revancha en otro mundial: el tiempo todavía es una baraja cargada.

Junio de 2010. Aunque sigue siendo un chico de 22 años, ya conquistó Europa y consiguió el primer Balón de Oro. Llega al mundial como el indiscutido mejor jugador del mundo, y esta vez con un potencial catalizador: el técnico es Diego Armando Maradona, la figura más grande y legendaria del fútbol mundial. Esa sola combinación es suficiente para ilusionarnos de nuevo. Los vemos patear tiros libres juntos en los entrenamientos y compartir conferencias de prensa. Hablan un idioma que solo ellos entienden. Otra vez toca Alemania en cuartos y nos derrota como una aplanadora. En ese mundial trunco, Messi no hace goles.

Foto: Agencia EFE

Junio de 2014. Con 26 años, para el fútbol ya no es un chico. Acumula cuatro balones de oro y ya iguala la edad de Diego en el mundial ´86. El ciclo parece estar completo para la nueva coronación, como si el fútbol fuera un fenómeno cronológico. Argentina llega a la final y pierde con Alemania en tiempo extra. La imagen que guardamos en la memoria es la más dolorosa: Messi viendo la copa, los ojos a centímetros del mundo dorado que parece no estar al alcance de sus manos. El tiempo que antes sobraba ahora empieza a ser una acumulación de frustraciones.

Junio de 2016. A los 28 años, pierde con Argentina la Copa América Centenario en una final contra Chile y decide renunciar a la Selección. Empiezan a acumularse críticas que, en rigor, ya resonaban desde hace unos años. Los periodistas hacen de portavoces y brota la mezquindad de quienes creen que el éxito inmediato y fácil es la medida de todas las cosas. Al chico que hizo todo para jugar en la Selección Argentina a pesar de haber estado fuera del radar por su derrotero juvenil, se le achaca que no siente la camiseta porque no vivió acá. Se dice que es europeo, que no canta el himno, que camina la cancha, que es un pecho frío, que es millonario y no le importa ganar con la Selección. Los que nunca dudan, son los chicos: en potreros, canchas, terrenos baldíos y plazas de todo el mundo eligen la camiseta de Argentina y de Barcelona con el número 10 en la espalda. No hay esperanza más fuerte que la de la inocencia. Con ese respaldo, estoico, Messi sigue adelante, con la certeza de los que sueñan en grande.

Foto: Julio Cortez/Associated Press

Junio de 2018. Sus 30 años marcan el inicio del ocaso de su carrera. En el fútbol, como en la vida, el tiempo es tirano. La vida útil de un futbolista está ligada a la biología del cuerpo: la tragedia del futbolista es ser viejo cuando todavía se es jóven, con un enorme porcentaje de vida por delante, pero ya inútil. La Selección está en un momento de transición: parafraseando a Antonio Gramsci, lo viejo no termina morir y lo nuevo de nacer. La esperanza está condensada en Messi: ese jugador que nos acostumbró a nunca ceder en la espectacularidad de su fútbol. En ese sentido, el tiempo para él parece detenido, no avanza. Pero Argentina queda eliminada en octavos, a manos del futuro campeón, Francia. Una nueva figura emerge en el fútbol mundial: Kylian Mbappé, de 19 años.

Pasan los años y el mito del mundial crece, empieza a tomar la forma del karma, de una maldición. Un técnico joven llamado Lionel Scaloni toma el timón del seleccionado. Él y su equipo comparten con Messi la lógica de la humildad: cargan con las enseñanzas de Marcelo Bielsa y de Pékerman. Ante una nueva oleada de críticas, confían en que el tiempo les dará la razón: solo responderán en la cancha.

Julio de 2019. Argentina pierde una semifinal contra Brasil de la Copa América que se suma a los años frustrantes, pero esta vez tiene otro sabor: hay algo nuevo pasando con el grupo, todavía difícil de definir y de apreciar.

Noviembre de 2020. Muere Diego Armando Maradona. Messi hace un gol jugando para Barcelona, se saca la camiseta y debajo tiene la de Newells con el número 10. El día anterior la había encontrado de casualidad. No recordaba dónde la tenía guardada: la puerta entornada de una habitación que nadie usaba les marcó misteriosamente el camino. Messi mira al cielo y, al igual que con la copa en 2014, conecta con una fuerza que solo él sabe asimilar.

Foto: Cablera Telam

Junio de 2021. Con 34 años, Messi lidera el triunfo de la Selección en una nueva Copa América, ganando la final contra Brasil en el Maracaná. La figura de Ángel Di María se destaca con un gol etéreo y con un llanto que es el desahogo de millones de argentinos y argentinas. También, por supuesto, de Messi.

Diciembre de 2022. Messi tiene 35 años, siete balones de oro y tres hijos que le cambiaron la forma de ver la vida y el fútbol. Ahora lo disfruta, repite en varias entrevistas. Es una leyenda viva, reconocida en todo el mundo. Va a jugar su quinto mundial. Hace tiempo dejó de ser el jugador hiper explosivo que apila jugadores detrás de él con su gambeta veloz. Los casi mil partidos que tiene jugados como profesional le enseñaron a detenerse y mirar la cancha, sacar una radiografía exacta de cada partido, encontrar las grietas para elegir el momento preciso de un pase milimétrico, de un arranque a pura gambeta, de zurdazos letales. También aprendió a apoyarse en sus compañeros, a sacar lo mejor de ellos. Aprendió, sin más, a ser un líder.

La forma del tiempo ahora es la de una cuenta regresiva: es su último mundial. Algunos de los chicos que se ponían su camiseta en los potreros, que aprendieron a soñar con él, ahora son sus compañeros. Sueñan juntos. Julián Álvarez, Enzo Fernández, Cuti Romero, Nahuel Molina, Alexis Mac Allister, Dibu, Lisandro y Lautaro Martínez, entre otros. Crecieron viéndolo jugar, hacer más de 700 goles, ganar copas y romper récords de todo tipo; también lo vieron perder y empapar de lágrimas la celeste y blanca. Ahora juegan todos juntos, con él y para él, entrenan, se ríen, se divierten. La sensación que da la nueva Selección es una replica del fútbol tal cual se vive cotidianamente en Argentina, fuera de las luces del profesionalismo: un grupo de amigos que juegan a la pelota, que dejan la vida y son felices dentro de la cancha.

El mundial es una escalera en la que cada escalón es una batalla incierta. Es la condensación del fútbol en estado puro: imprevisible, te lleva del cielo al infierno en pocos minutos, el equipo más débil puede encontrar la forma de vencer al poderoso, el favorito quedar eliminado en primera ronda. Todas esas cosas pasan durante el mundial y Argentina no es ajena: pierde el primer partido con Arabia Saudita, el rival más fácil. Messi es el encargado de romper la parálisis del equipo en el segundo partido, contra México. En el tercero erra un penal ante Polonia, pero se levanta más fuerte y la Selección sale adelante en un partido impecable.

Álvaro García Linera dice que en la cárcel aprendió a “bailar con el tiempo”. El fútbol a Messi le enseñó algo parecido. Ahora cada partido es potencialmente el último de su carrera en la Selección. Sigue su camino: abre el marcador contra Australia en octavos; convierte el segundo gol contra Holanda y después el primer penal de la serie en cuartos; en semifinales abre el partido contra Croacia. Llega la final, del otro lado está Francia.

Los minutos de un partido no se detienen, tampoco las horas ni los años. La final se estira hasta la agonía de los penales. Messi sabe, desde siempre lo sabe, que hay una sola forma de vencer al tiempo. La copa del mundo, esa que vio cara a cara después de la derrota de 2014, no es un simple trofeo. Es un amuleto. Por eso después de hacer dos goles y meter el primer penal de la serie, después de ver a Montiel meter el cuarto y definitivo, mira al palco en el que está su familia y a lo lejos les grita: “ya está”. Minutos más tarde camina por la pasarela blanca en medio de un estadio en semipenumbra, pasa junto a la copa y ahora ya no solo la mira: la besa. Es suya. Ablanda la última espera, la otra serie de minutos hasta que el protocolo le permita levantarla. En la última imagen antes de la entrega, se frota las manos y sonríe.

Pasaron 18 años desde que se jugó por primera vez un partido con la celeste y blanca. Pero el tiempo ya no corre para Lionel Andrés Messi. Ahora es eterno.

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