EDITORIALES EUSKALDUNES: MILITAR DESDE LA LENGUA

En diálogo con Fixiones, Hedoi Etxarte y Garazi Arrula, referentes de las editoriales Katakrak y Txalaparte, hablan sobre el rescate del idioma euskera dentro de los proyectos culturales y políticos que iniciaron en los ochenta para luchar contra el legado franquista en Navarra. 

Por Malena Costamagna Demare 

 

Katakrak y Txalaparta son dos editoriales independientes nacidas en Navarra. La primera, con un nombre que suena como una bomba, es la más grande de la región. La segunda, una de las más antiguas. Aunque los espacios desbordan la tarea exclusivamente editorial, comparten una mirada crítica y la producción de libros en euskera (en estos lares, el idioma conocido como “vasco”). Hedoi Etxarte, promotor y coordinador de Katakrak y Garazi Arrula, traductora y editora en Txalaparte, conversan con Fixiones para reflexionar sobre el lugar que ocupan y ocuparon sus editoriales en la historia de la edición independiente en Euskal Herria, y su labor dentro de ellas.

 

Tiene tantas raíces el árbol de la rabia / que a veces se quiebran / antes de dar frutos.

Audre Lorde escribió este poema durante los ochenta. En la misma época, pero muy lejos de donde vivía la estadounidense, la historia fue otra y la misma. En Euskal Herria (que quiere decir pueblo vasco en castellano y comprende el territorio de Navarra, País Vasco y la región vasco francesa) se libraba la Transición. El período histórico desde la caída de Francisco Franco al retorno de la democracia fue de efervescencia en los movimientos políticos, sociales y antimilitaristas. La rabia de las ramas quebradas durante el franquismo dio frutos y es el reloj que da inicio a la historia de las editoriales Txalaparta y Katakrak. 

 

En 1985, la asociación cultural Altaffaylla publicó Navarra 1936. De la Esperanza al Terror, libro que refleja memorias de Tafalla, zona media de Navarra, recorriendo los turbulentos tiempos desde la Segunda República, la Guerra Civil y la llegada del franquismo. Hijo de su espíritu, del equipo de Altaffaylla y con el apoyo de sus fondos, unos años después nació la editorial. “En respuesta al contexto se formaron varias editoriales y grupos culturales. Entre ellos Txalaparta, con una idea clara de resistencia y de memoria histórica”, recuerda Arrula. Durante los años franquistas, el euskera estuvo prohibido, Txalaparta crece para responderle al silencio “desde nuestro territorio, con el uso del euskera como reacción al momento histórico. Aunque la editorial se ha transformado, creo que los ejes siguen bastante vivos”, afirma la editora. 

 

 El equipo inicial de Txalaparta en los locales de Altaffaylla, su primera sede. José Mari Esparza (director), Juanjo Marco (promoción y distribución), Pernando Barrena (editor euskara), 
Mari Jose Ruiz (Altaffayla) y Tere Villar (editora castellano).
 
Del tronco a la rama

Txalaparta nombra un instrumento popular vasco de percusión, una especie de gran xilofón hecho con tablas que se golpean con palos de madera. “Fue utilizado como medio de comunicación, de diversión, de expresión comunal. Hoy Txalaparta es también el nombre de una editorial vasca, libre e independiente”, completa la web de la editorial. Sostenida por un klub de socios y socias, ofrece una librería online que amplifica cuarenta sellos independientes sumados a un catálogo propio con una producción más que variada: desde álbumes infantiles hasta cómics, pasando por la novela y el ensayo. 

 

Arrula se movía por los círculos editoriales en cercanías de José María Esparza, miembro fundados del espacio. Cuando era jóven, éste se dividía entre su trabajo como obrero en la fundición Luzariaga y su militancia cultural, desde donde nació Txalaparta. En los noventa el klub de lectores y lectoras se llamaba Gure Liburuak (nuestros libros), la red que atajaba el naciente mundo editorial en una época donde la edición era un deporte de alto riesgo. Este grupo de lectores demandaba los títulos que el sello lanzaba: “nos han agradecido lo que publicaba Txalaparta en esa época; temas y libros que no hubiesen salido en ninguna otra editorial”. Años más tarde, Arrula trabajaba en las ferias para Txalaparta mientras cursaba la carrera de Traductorado e Interpretación en la Universidad del País Vasco (UPV). En el 2019 ya era editora en el espacio. 

 

Garazi Arrula para Argia. Foto: Dani Blanco

“Nos toca un poco de todo”, ríe Arrula mientras enumera sus labores. “En las editoriales independientes en Euskal Herria somos ‘editores orquesta’. Se me queda un poco grande la orquesta, diría que somos como el director de una txaranga”, desliza Arrula. Las txarangas son pequeños grupos de músicxs que salen a las calles en carnavales o fiestas populares vascas. Tocan instrumentos de viento y percusión como la txalaparta o la gaita. A Garazi se la puede encontrar tocando diferentes instrumentos: corrigiendo o buscando textos, hablando con la prensa o con los diseñadores, en la imprenta o en las oficinas editoriales. Arrula salta, además, entre los géneros literarios que integran Txalaparta, aunque no siempre le hayan sido propios. Hace diez años que publican cómics y hace quince literatura infantil. “Luego hemos salido a las temáticas actuales desde feminismo, neocolonialismo u otro tipo de luchas para responder a las preocupaciones actuales generando debate desde un punto de vista crítico”, explica.

 

Algunos títulos de la editorial. Foto: Katakrak vía web

 

Durante los ochenta, al norte de Tafalla, en la capital de Navarra, en las calles se sabía que Katakrak era un grupo de personas que protagonizó un movimiento de ocupación. Revivían casas abandonadas con conciertos, actividades políticas y culturales. Con su permiso, veinte años después y en un marco diferente, las y los creadores de la librería y multiespacio actual ocuparon su nombre. 

 

Katakrak es una librería, editorial, cantina y espacio para eventos. Un colectivo que secunda todas las huelgas generales “vengan de donde vengan”, lee su página web. Es un punto de encuentro, una asamblea y cooperativa, una comunidad de socias y socios, un espacio inserto en redes que tejen política, proyectos autónomos y una casa que ha sido hasta el refugio donde militantes anticapitalistas han cumplido condenas. Todo ese universo se encuentra dentro de un escaparate verde, en plena calle Mayor del casco viejo de Iruña, Nafarroa, del que siempre sale música y alguna persona con una cerveza entre las manos. 

 

Adentro, en el café que antecede la librería, espera Hedoi Etxarte. Traductor, investigador y docente, le cuesta definir su rol dentro del proyecto. “Depende del día”, dice recordando a los planteos de Arrula. Etxarte coordina las actividades generales del multiespacio; se lo puede encontrar en la barra, atendiendo la librería o presentando autoras en la sala magna. “Katakrak es la segunda parte o la ampliación de un proyecto librería-cafetería que se llamó Hormiga Atómica. Cuando éste cumplió cinco años, vio que se había llegado a un techo. El grupo venía de cierta orfandad porque en 2003 se desalojó el gaztetxe Euskal Jai, un centro social enorme que había en la ciudad”, recuerda Etxarte. El movimiento de ocupación en España es amplio y sigue creciendo, con un aumento del 18 por ciento respecto al año pasado en el país y en el caso de Navarra, con tan solo 100 viviendas okupadas ya representa un 44 por ciento más que el año anterior.

 

Los gaztetxes –en euskera casas de la juventud– son espacios autogestionados donde confluyen actividades que convocan a la juventud con conciertos o talleres. De aquel frente, que escondía el gaztetxe Euskal Jai (“fiesta vasca” en euskera) en su parte trasera, ya no queda nada. En 2003, antes de que el edificio cumpla los cien años y entre bajo el manto protector de la ley, el ayuntamiento lo desalojó para su posterior demolición.

 

 La fachada de Katakrak sobre la calle Mayor, en Iruñea. Foto: Katakrak vía web

 

Katakrak es en sí mismo una apuesta diferente con una organización singular: una cooperativa de trabajo donde las jefas trabajan en la cocina y docentes como Etxarte pueden encontrarse sirviendo cervezas. “Hay una crítica radical que hacemos al modo en que el mundo funciona y se organiza. Estar en Katakrak es una forma de tomar partido, de salirse de los carriles que la gente de cierta aspiración de clase media podría tener. También da la posibilidad de hacer cosas muy bellas y en muchos casos con cierta ambición. Hoy en día Katakrak es la librería que más títulos tiene de Euskal Herria, con secciones cuidadísimas”, remarca Etxarte. 

 

La cooperativa se organiza en capas, donde el espacio más íntimo toma las decisiones estratégicas y asume las responsabilidades más fuertes. Luego está el grupo de prestamistas y de socios y socias, unas casi 400 personas que sostienen el sello. Si bien el espacio se anuncia como militante, se trata de un activismo amplio, tal como lo define Etxarte: “creo que hay uniones que se dan en positivo, por ejemplo con la guerra; de insumisión a la guerra. En lo económico también. Si no se pasan ciertas líneas rojas –que son bastante generosas–, excepto sectas, partidos y sindicatos, cualquiera puede organizar un evento aquí. El 85 por ciento de los actos que se hacen aquí vienen a nosotros. Lo único que hacemos es gestionarlas”. 

 

Sus valores no se anuncian en un slogan, pero cualquiera que se detenga un minuto frente a los libros que la editorial expone, puede encontrarlos. En palabras de Etxarte, Katakrak es un lugar “autónomo” que se posiciona desde decisiones muy básicas: el tipo de alimentos que se venden en la cantina, que en este caso son agroecológicos y de productores locales, la selección de los libros que se venden en la librería o el software libre que porta su web. Quizás el espacio se define por el cruce de esas voces; una orquesta abierta. “No son posicionamientos inmediatos. Existe una polifonía en los libros que publicamos dentro de la editorial. Lo vamos construyendo así. Desde abajo, paso a paso”, concluye Etxarte. 

 
Cuestionar el sistema desde la lengua

El punto álgido del multiespacio, fácilmente observable en el escaparate, es la producción de libros en euskera. O mejor dicho, la traducción de libros al euskera. “Variedad de textos hay en muchas editoriales, que lo hacen muy bien. Nosotros no podríamos hacerlo mejor. Pero vimos que en la traducción en general y en la traducción de ensayo en particular, podíamos aportar”, se explaya Etxarte. Aunque Katakrak no nace de lo que se suele llamar euskalgintza: espacios de fomento para la lengua vasca. “El sistema literario vasco tal y como lo conocemos tiene una paradoja: es una lengua que viene de lejos –la más antigua de Europa, previa a las invasiones indoeuropeas– que en realidad tiene un sistema literario y académico muy reciente. Entre otras cosas por la guerra del ‘36, donde muchas experiencias de educación se interrumpen”, reflexiona Etxarte. 

 

Txalaparta, por ejemplo, nace al mismo tiempo que se sistematiza la publicación en euskera. Las experiencias pedagógicas de ikastolas (escuelas donde se aprende en euskera) que se retomaban, una vez levantada la prohibición de la lengua, exigían libros de texto y materiales. “Había sido sobre todo para el público infantil y su escolarización”, dice Arrula.

 

La editora menciona otra práctica que se repite: la autotraducción en los autores y autoras vascoparlantes. “Está muy unido a la salud del sistema literario. Es una lengua minorizada y el circuito editorial está muy centrado en Madrid. Todo tiene que pasar por el castellano para consolidarse y llegar a otras lenguas”, explica Arrula. ¿Cómo difiere especializarse en la edición en euskera? Ella responde en dos direcciones: “su parte buena es que está todo por traer. Hace poco hemos sacado La campana de cristal en Sylvia Plath, esa obra maestra todavía no estaba traducida al euskara. La parte mala tiene que ver con la falta de recursos”, dice. En gran medida, los proyectos de edición independiente que apuestan por el euskera dependen de los subsidios que los gobiernos otorgan. Arrula aclara: “no quiero decir que sin esas ayudas no se publicaría, pero en gran parte gracias a ellas muchas sí se publican”. También hay una suerte de balance, explica la editora: para que algunas obras más minorizadas sean viables, Txalaparta tiene que mechar con bestsellers que se venden más y prestan los fondos para las obras que lo requieren. “Es lo mejor que podemos hacer”, desliza, “publicar temas de calidad y generar un espacio donde el público euskaldun encuentre respuestas o un lugar donde habitar”.

 

La otra dificultad a la que se enfrentan las editoriales que apuestan por los libros en euskera es la falta de lectorado. “Siempre decimos que hay más escritores que lectores”, comenta Arrula. Y además aclara que la preocupación por la falta de lectorado no incluye solo a las editoriales, es común a la región. “La lectura en euskera va ligada a la situación de la lengua y de la normalización lingüística. Mientras no se pongan más recursos, no se empuje hacia la regularización y la obligatoriedad de la lengua, tenemos un reto muy difícil”, reflexiona. Desde Katakrak, Etxarte explica que existen entre un millón y 800 mil personas euskaldunes –que hablan euskera–, de ellas solo entre un diez y un ocho por ciento compran libros en su idioma y solo una décima parte compraría, por ejemplo, Kobazuloaren poza (La alegoría de la caverna) de Platón. 

 

Eduardo Galeano en Iruñea sosteniendo “Palabras que caminan” en su traducción al euskara por Txalaparta, 2001. Foto: Txalaparta vía web
 
La furia que creó el bosque

“Hemos llegado muy al final de esta historia. Nuestra aportación es pequeña”, rescata Etxarte. Katakrak publica alrededor de seis títulos al año, el aporte es significativo porque parte de la nada, como reflexionaba Arrula: “está todo por traer”. Recuerda a tiempos lejanos, cuando llegaban a Argentina las primeras traducciones en castellano de autores transatlánticos, que abrían mundos en las cabezas de sus lectoras y lectores. “Este otoño trajimos las cartas de Gramsci, de quien no había nada. Tradujimos Walden de Thoreau, del que tampoco había nada. De Aneli Frimer es el segundo libro que hemos traducido y en este caso nuestra alegría era que lo publicamos antes en euskera que en castellano y en francés, que es algo que intentas pero que en general es muy difícil porque el mundo editorial en castellano es uno de los más dinámicos del mundo”, repite Etxarte. Otro de los esfuerzos de la editorial es la producción de nuevos prólogos para sus ediciones, que proponen lecturas innovadoras desde el idioma diferente, y retoman la importancia que aquel título tiene para la editorial. El impulso del euskera también se da desde los frentes tradicionales, como los comunicados de las actividades o los grupos de lectura euskaldunes. 

 

Al analizar la trayectoria del idioma en relación a la Guerra Civil, Etxarte explica que en Navarra el euskera tiene que ver con una posición antifranquista: “estar en contra Franco es estar en contra de todo lo que Franco simboliza. Si el proyecto franquista es autoritario, gris, religioso en un sentido opresor, españolista y demás, pues entonces para oponerse a ello se está a favor del euskera, se intenta generar modelos menos autoritarios, menos capitalistas; organizarse de otra manera, más democrática”. 

 

En ese territorio al norte, vehiculizado por un idioma que parece tener la edad y el misterio de sus montañas, hay un mundo editorial que crece con fuerza. “En Navarra, para ser los hablantes que somos y la población que tenemos, hay cinco editoriales que publican sistemáticamente en euskera. Es una barbaridad comparado con Vizcaya o con Jara (lugares dentro de País Vasco, comunidad limítrofe con Navarra), que no hay”, afirma Arrula. Si en algún momento se cayeron las ramas, el mundo editorial independiente euskaldun parece ya un bosque. “Creo que hay un potente y una fuerza editorial en Navarra”, cierra la editora de Txalaparta.

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