viernes 19 agosto, 2022

CUANDO LO FANTÁSTICO NO DA TREGUA

Breves palabras sobre la obra de Tomás Downey

Por Matías Luchetta

Escribir una reseña sobre la obra de unx autorx es una suerte de homenaje. De dedicatoria, al menos. Sin querer algunas gotas de admiración van a salpicar lo escrito; se escaparán palabras de entusiasmo por los efectos que generó su lectura y la ansiedad por recomendarla, siempre torpe. No se puede ser objetivo respecto de lo que se lee. Al menos es lo primero que pienso cuando intento estas palabras. No puedo ser objetivo con lo que leí de Tomás Downey. No puedo decir: “el uso que hace Tomás de lo fantástico se evidencia por la estructura del cuento tal; la aparición de éste fenómeno es una técnica de escritura para producir tal efecto en su desenlace” y otras tantas sanatas de crítica literaria. No puedo. Pero puedo, sin embargo, ser más gráfico. Apelar a otros registros: al recuerdo, a sus imágenes, hasta a sus marcas –podría aventurar a decir-, de lo que fue leer los libros de Tomás Downey.

Tengo sobre la mesa tres libros. “Acá el tiempo es otra cosa”, publicado por editorial Interzona en 2015, ganador del primer premio del Fondo Nacional de las Artes en el año 2013 por categoría cuentos. “El lugar donde mueren los pájaros”, publicado por editorial Fiordo en 2017 –si me permiten decir, mi libro preferido- y “Flores que se abren de noche”, publicado por la misma editorial en 2021. Aparte de haber escrito estas tres joyas, Tomás tiene una activa labor como traductor, pero eso quedará, en todo caso, para otra reseña.

Es ahora donde pienso apelar más al impacto sensible que a la minuciosidad crítica. No puedo dejar de recuperar algunas imágenes hasta mucho tiempo después de haber leído sus cuentos. Pienso en el cuento “Cavayo” y lo pertinente que puede ser una planta-caballo para explicar el desamor; en “El lugar donde mueren los pájaros” (cuento homónimo al libro) y lo lejos que puede llegar una bronca infantil; en “Hombrecito” y esa sensación insoportable de no puede ser que el mundo pueda llegar a esto pero tan lejos no estamos; en “Los hombres van a la guerra” y lo imposible de olvidar, de tramitar, de elaborar, hasta de reprimir un acontecimiento. Todos cuentos fantásticos. Quiero decir, “fantásticos” porque tienen recursos que podríamos nombrar como tal y “fantásticos” como desenlace de su lectura. 

Lo fantástico no da tregua en ningún momento, tanto al lector como a los personajes de las historias que trama. No hay descanso, no hay recreo, no hay piedad. Los personajes no sólo se las tendrán que ver con los conflictos de la historia en los que están inmersos, sino –y sobre todo- con la atmósfera fantástica que los abruma, que los determina, que los sugestiona o que de una manera u otra los implica. No hay forma de escapar de lo fantástico, y no se trata de hadas o de dragones, de duendes o zombis, de elfos o unicornios. Se trata de existencias donde tarde o temprano, en algún momento de su historia, se las van a tener que ver irremediablemente con un elemento fantástico. Nadie sale de la misma manera después de eso. Puede ser lo mejor o lo peor para cada uno de los personajes. Sin ninguna duda, es lo mejor que le puede pasar a cada lector o lectora que tiene el placer de leer los cuentos de Tomás Downey.         

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